Audiocuento 31. Caperucita Roja

Hola, hola, hola. Os traigo para Semana Santa una adaptación del súpermegarchiconocido cuento de Caperucita Roja. Este cuento popular de tradición oral, ha sufrido toda suerte de venturosas y desventuradas versiones. La mía es una adaptación de la de los hermanos Grimm.

Espero que os guste. Os dejo el enlace justo AQUÍ

Caperucita

¡Feliz descanso!

Audiocuento 30-El patito feo

Buenas noches.

Hoy os traigo todo un clasico de Hans Christian Andersen. El patito feo. Lo he adaptado, porque el original se le hace muy largo a los niños más pequeños, pero en esencia se mantiene el mensaje. Espero que os guste.

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Patito feo.png

Audio-cuento 29- María Coletas

¡Hola, hola hola!

Perdón por a ausencia. He estado un poco embarullada.

Hoy os traigo un audiocuento súper cortito, en verso. Escribí María Coletas hace un par de años, inspirada, ¡cómo no! por las visicitues que pasaban mis hijas con sus hijas a la hora de comer.

Espero que os guste. Os dejo el link justo AQUÍ

María Coletas copia

Capítulo 14. Espejito, espejito.

En el vórtice atemporal del hogar, allí donde abundan chupetes, pañales, carritos de bebé, llantos nocturnos (y diurnos) , visitas al dentista, carreras para llegar a tiempo al cole, listas de la compra, coladas interminables… en fin… en ese mundo de realidades superpuestas como naipes de baraja que cualquier papá que se precie conoce al dedillo, allí, no existen los espejos.

Siguen colgados en las paredes, en el baño, en las puertas de los roperos, pero parecen haber sufrido un hechizo y no nos retienen.

Los papás, novatos o veteranos, sufrimos durante un laaaaargo tiempo una especie de vampirización que hace que los espejos no nos devuelvan la imagen.

Estamos delante de ellos. Nos lavamos la cara, nos peinamos e incluso nos acicalamos, pero realmente no nos vemos.

Y pasamos de ser pinceles a ser brochas. Nos descuidamos.

Digamos que el tumulto de quehaceres, la falta de tiempo, de fuerzas, van arrinconando a nuestra pobre vanidad hasta dejarla emparedada y casi sin aire. No muere, pero languidece  mientras observa cómo el tiempo no nos alcanza para nada y nuestra agenda rebosa de papelitos de todos los colores recordándonos tooooodo lo que nos queda por terminar e incluso por empezar. Curiosamente en ninguno de esos papelitos aparece nuestro nombre.

Ese ritual de baño, música, espuma, velitas… Esa parsimonia al hacer una deliciosa y elaborada cena para dos, ese ir a entrenar al gimnasio, diluirnos en el spa, pasear escuchando el silencio… Ese desparramar el ropero sobre la cama y probarnos esta o aquella prenda que tanto nos favorece… ¡Plasssss! ¡Despierta! La cena, la cocina, la colada, contarles un cuento, preparar las cosas para el día siguiente. 🙂

Ya sé que soy un poco hiperbólica, pero hay etapas en que casi es así.

En el capítulo 9, Mi rincón, mi tesoooooro, ya apuntaba la necesidad de reencontrarnos, de recuperarnos, de tomar un poco de aire para poder zambullirnos de nuevo en la vorágine cotidiana. Y así, igual que es vital hallar un espacio para el Nosotros, para la pareja, para amarse y resucitar, también es fundamental volver a recuperar los espejos, liberarlos del hechizo y sentirnos hermosos.

El tiempo no se va a estirar, no va a dar más de sí. Y las doscientas mil tareas que tenemos que enfrentar cada día no van a desaparecer.  Pero sí podemos tomar conciencia de nosotros mismos en esos mini instantes que tenemos. Renunciar al amado, cómodo, práctico chándal de vez en cuando; darnos el gusto de perder unos minutos en la intimidad del baño (¡¡¡¡Un hurra por el inventor del pestillo!!!!). Un poco de crema, un peinado nuevo, un atreverse a usar la báscula con los ojos abiertos, un decidirse a empezar esa dieta…

Dejar que nuestra vanidad salga de su prisión un ratito, aunque tenga que ser de noche, cuando nuestros angelitos duermen o en ese rato en que los abuelos o los tíos nos toman el relevo, nos hará mucho bien.

Hace no mucho, me dijo una joven mamá muy querida a la que no voy a nombrar, que había renunciado a la ropa interior bonita y que usaba algo llamado “bragasostenboina” porque le resultaba cómodo. ¡¡¡Por favor!!!

Capítulo 12. ¿Todos podemos ser padres?

Hay quien dice que sobrevaloro la labor de los padres, que cualquiera puede serlo.

Objetivamente hablando es verdad. Cualquier hombre que no tenga problemas funcionales, puede engendrar. Cualquier mujer sana puede parir.

Los animales lo hacen constantemente y nadie les prepara. Pero tienen el instinto que nosotros, los infalibles humanos, hemos ido perdiendo. Un instinto que hace que incluso maten y mueran por sus crías.

Me parece, como poco, curioso que hasta para barrer las calles tenga uno que hacer un cursillo y para construir y preparar a un hijo para la vida, no te den ni media asignatura en la escuela.

Un arquitecto, precisa de años de estudio para que le permitan diseñar una casa. Cualquier error en ese diseño, puede ocasionar que los cimientos fallen y que la casa se hunda.

¿Acaso no es más delicada la formación de un ser humano? ¿Acaso equivocarse en su crianza, en su educación, en su construcción, no puede ocasionar daños irreparables que le conviertan en un déspota, un delincuente o un desvalido?

Ser PADRE, MADRE, no es una pegatina que nos colocan en la frente cuando nace nuestro bebé. Ser PADRE o MADRE, con mayúsculas, es un título que hay que ganarse y que requiere generosidad, pasión, inteligencia, sentido del humor y sacrificio. Si uno ama a sus hijos, tiene que estar preparado para la ingratitud en ocasiones, el reto, la enfermedad, la angustia de no llegar, el estrangulamiento económico, la lucha. Y tiene que resistir la tentación de ceder, de tirar la toalla.

El oficio de padres es un constante ejercicio de malabares, de improvisación dentro de la planificación, que por alguna causa secreta, acaba desbaratándose. Es poner cientos de calderos al fuego todos los días y conseguir que ninguno se arrebate. Es enfrentarse a diario con la entropía y con el caos que amenazan e invaden el orden en los armarios. Es hallar la ecuación que nos explique por qué siempre hay calcetines desparejos en la colada. Es volver a estudiar el temario de primaria y el de secundaria para poderles ayudar. Es inculcarles valores, regalarles tu tiempo, pelear…Es estar ahí.

Y aunque uno sabe que lo que hace por los hijos está bien, ellos son tercos muchas veces y no quieren tomarse el jarabe o abrigarse cuando hace frío o ponerse las zapatillas o ducharse. Y de pronto deciden que no quieren estudiar o empiezan a tener amigos que no son buenos para ellos. Y uno anda preocupado por las salidas nocturnas cuando crecen, por el alcohol, por las drogas… Cuando llega esa etapa en que son grandes, si lo has hecho medianamente bien, tus hijos salen vencedores y consiguen ser personas. Grandes personas. Los míos lo son.

Así que sí. Para mí ser madre es una profesión, una vocación que me acompañará toda la vida y la sublimo porque me he entregado a ella en cuerpo y alma y no me arrepiento ni un poco. Ahora tengo tiempo de hacer lo que no hice entonces. Tiempo de estudiar, de escribir y de ser yo también, persona. Pero sigo siendo madre, sigo ocupándome de mis niños aunque sean ya adultos. Y me encanta.

Hoy sé dónde acerté, dónde me equivoqué, cómo podría haberlo hecho mejor y como el tiempo no vuelve, lo único que puedo hacer es contarlo. Esta es mi experiencia. No soy psicóloga ni pedagoga. No pretendo sentar cátedra. Mi objetivo es compartir con los nuevos y futuros papás, entre ellos, mis hijos, cómo me fueron a mí las cosas. Igual pueden sacar algo de provecho. 🙂

Audio cuento 28-La nota vaga

Hola, hola.

¡Madre mía como va de rápido este mes de enero! Aunque igual son cosas mías… Esto del tiempo siempre resulta un misterio.

Hoy os traigo un cuento sobre una nota musical, una corchea. Pero no una corchea cualquiera. Ésta es extremadamente vaga y anda escondiéndose en todos los instrumentos para no trabajar, haciendo que el ensayo del concierto sea un desastre. Afortunadamente, el maestro de música encuentra la solución perfecta.

Os dejo el enlace al audio justo AQUÍ

la-nota-vaga

Capítulo 11. Ser PADRES, con mayúsculas

Aunque Ray Bradbury en “Fahrenheit 451” (1953) y en “el Peatón” (1951), ya predijo el creciente sometimiento del hombre a la tecnología, la previsible desaparición del libro en papel y la dictadura de las pantallas, hasta el extremo de concebir la idea de que un bombero pudiera dedicarse a quemar libros o que un peatón fuera detenido por no tener un televisor o por pasear, dudo mucho que en aquel entonces, pudiera siquiera imaginar hasta qué punto sus predicciones iban a sobrepasarle.

Baste ir a casi cualquier hogar y encontrarlo equipado con varias televisiones (habitualmente encendidas), uno, dos y hasta tres ordenadores, toda suerte de electrodomésticos, una o dos tablets y, por supuesto, varios teléfonos móviles de última generación.

Nos pasamos la vida imbuidos en la cultura del cristal, absortos en la luz titilante de las pantallas, pendientes del mundo exterior. Grandes y pequeños, abuelos… Da lo mismo la edad, el sexo, la religión… La videocultura es hoy el opio del pueblo y pocos (poquísimos) son ajenos a tal droga.

Nuestros hijos también son sus víctimas. Cada vez son más los niños que viven pegados al ordenador, a las Tablet o al Whatsapp; que controlan los dispositivos electrónicos mejor que los adultos, que pasan el día con sus ojitos fijos en tal o cual juego, superando niveles. A veces, invierten horas estrujándose el cerebro para lograr marcas o ganar al compañero de clase que tiene no sé cuántos puntos… Puffff…

Hay que salir. El mejor espectáculo del mundo está en la naturaleza y no cuesta demasiado coger unos bocadillos o unos sándwiches de atún y millo y lanzarse a la aventura de pasar un día en la playa o en el campo, paseando, brincando por las rocas, haciendo que nuestros pequeños cojan oxígeno (nosotros también), que se les pongan los cachetes colorados, que suban y bajen por toboganes naturales, que beban agua del río… Es una pasada verles disfrutar y disfrutar nosotros, hacer de la excursión un placer conjunto y, al volver a casa, ver cómo se quedan dormidos, completamente agotados y satisfechos.

Hay que leer. El libro es un mundo en el bolsillo. Es una puerta amiga abierta a la aventura. Es un sabio que nos ofrece respuestas. Miles de posibilidades se encierran en sus páginas. Leyendo, se aprende a escribir, se amplían nuestro vocabulario y nuestros horizontes, se abre nuestra mente…

Uno de los mejores regalos que le puede hacer un papá a su hijo es su propio carnet de la biblioteca. Ir los sábados con ellos a escoger un libro o a devolver el que ya leyeron es abrirles una puerta secreta y compartir con ellos una actividad que potencia su responsabilidad, su amor por la lectura y su curiosidad…

Y hay que hacer cosas con ellos. Ir a museos, a teatros, a conciertos, a ver las luces de navidad; jugar en casa juntos al parchís o al trivial o al teléfono escacharrado; enseñarles a usar el diccionario; acometer recetas de cocina juntos, aunque el resultado no se parezca ni un poco a la foto del libro, fabricar cocodrilos de papel, pintar, hacer pendientes, volar cometas…

Sí señor. No solo hay que hacer cosas por y para nuestros hijos. Hay que hacer cosas con ellos

Capítulo 10. Poli bueno, poli malo.

Mal. Fatal. Descartado. Definitivamente no funciona.

Incluso si es una táctica persuasiva, hacer que uno de los papás se quede con el papel de ogro y el otro con las mieles, puede llegar a ser catastrófico, no solo para nuestros niños, sino para nosotros como pareja.

Amenazarles con que va a venir papá como si fuera el coco o decirles esa frase tan típica “se lo voy a decir a papá (o a mamá)”, creará en ellos un sentimiento encontrado de amor y miedo. Y es una faena para el que carga con el papel de malo de la película. El temor no es bueno. Es respeto lo que hay que inspirar en nuestros hijos. Respeto, confianza y amor.

Los padres, ambos, debemos ser un tándem blindado y sin fisuras. Una decisión que se tome, respecto a cualquier cosa que afecte a los hijos, debe ser consensuada entre los padres y una vez tomada, mantenida.

Los niños no deben sentir que hay una parte más débil en el binomio papá-mamá, a la que convencer con llantos o pucheros. Y aún menos que hay una parte amenazadora que castiga y reprende.

Su educación es cosa de los padres, de los dos y no vale escaquearse, acomodarse en la parte divertida y consentidora mientras el otro carga con el papel de malo.

Hace no demasiados años, proponer semejante modelo de familia, de pareja, se hubiese considerado una herejía. Era el padre el que tomaba las decisiones y la madre acataba y ejecutaba las órdenes del patriarca. Los hijos obedecían. Afortunadamente, cada vez son más las familias que se fundamentan en la igualdad entre los padres y las madres y en la necesidad de trabajar en equipo para bien de todos. Es a esas parejas que se quieren y se respetan a quienes va dirigido este capítulo. Sé por experiencia que hay casos excepcionales en los que hay que tomar medidas excepcionales. Casos de parejas con un desequilibrio brutal, con problemas de relación, de violencia, de dominio, de alcoholismo, de drogas… de miedo. Para estos casos, lo que escribo no tiene manera de aplicarse. Hay que tirar por la calle de en medio. Hay que huir. Huir para salvarse uno y a los hijos.

Pero pongamos que hablamos de una pareja “normal”, si es que eso existe.

Es posible que uno de los progenitores esté más tiempo con los pequeños, por cuestión de horarios y de trabajo, pero la “política” educativa, económica y organizativa del hogar, independientemente de quién esté cuánto tiempo con ellos, ha de ser pensada de forma conjunta, coherente y sobre todo, unánime.

Y si, por desgracia, los papás se han separado, aunque parezca un imposible, es aún más necesaria esta unión de pareceres, para hacer que  los niños se sientan seguros en medio del desastre que es una separación.

Es muy triste dejar de hacer algo por nuestros hijos, solo porque “le toca” al otro estar con ellos. ¿Qué es eso de “le toca al otro”? Nuestros hijos, son nuestros, de los dos. En absoluto son un paquete que va de una casa a otra y su equilibrio, su felicidad y su salud, dependerán directamente de cómo seamos capaces de gestionar los padres nuestra relación, aunque hayamos decidido no vivir juntos.

Que nuestros hijos se conviertan en el campo de batalla de nuestras guerras de pareja, es inhumano. Hacer que seres diminutos que se están formando, tengan que tomar partido o decidir “a quién quiere más”, es horrible. Que tengan que escuchar de labios de uno de sus progenitores cosas feas y malas del otro, es un misil contra su estabilidad emocional.

Les hacemos falta los dos. Les concebimos para darles lo mejor de nosotros, para hacerles crecer felices, para darles todo nuestro amor. Si la relación de pareja se deteriora, no deberían pagarlo los niños.

Es su interés el que debe primar sobre cualquier otro.

A veces, pensamos que nuestros hijos no se enteran de nada, que ni oyen ni comprenden lo que nosotros estamos diciendo y caemos en el tremendo error de discutir delante de ellos e incluso gritarnos acaloradamente sin pensar que hay ojos y oídos pendientes de nosotros y pequeños corazones que se rompen en pedacitos cuando sus papás, lo más importante de sus vidas, se pelean.

La disparidad de opiniones es lógica y saludable. Hablando, exponiendo (no imponiendo) cada punto de vista, se suele llegar a un convenio sobre cualquier cosa. Dialogar, conseguir no enrocarse en una postura, transigir a veces, es la mejor manera de enseñar a nuestros hijos a tratar a los demás. Difícilmente podremos exigir a nuestros hijos que no se peleen si no les damos el ejemplo adecuado.

Si tenemos que discutir, que sea en un aparte, sin violencia, sin acritud, intentando poner como punto de mira el bienestar de nuestros hijos y la armonía de nuestra familia.

Capítulo 9. Mi rincón, mi tesooooooro

Durante mucho, mucho, muuuuuuucho tiempo, los papás sentimos que no llegamos, que la vida nos muerde el trasero, que nuestros niños y sus consecuencias nos ocupan cada minuto. Desayunos, colegios, trabajo (el nuestro, con el que sustentamos todo el tinglado), otra vez colegios, meriendas, piano, baile, deberes, baño, cenas, más deberes, casa…, preparar la ropa del día siguiente…Dormir… desayunos, colegios…

Los fines de semana, la cosa no es muy diferente. Dormimos algo más y no tenemos el trajín de ir a trabajar ni que llevar a los peques al cole, pero lo que se nos ha ido acumulando durante la semana, tenemos que hacerlo el sábado y el domingo. Y hay que ir a ver a los abuelos, quedar con los tíos, llevar a nuestros hijos a que cojan aire, al cine, a algún museo. Y ocuparnos de que hagan los deberes, meriendas, cenas, baño…

En fin… Qué voy a contar que no sepa un padre entregado. 🙂

Todas esas cosas que hacíamos antes de ser padres, han sido relegadas como por arte de magia al saco de “cuando se pueda”. Leer, escribir, dibujar, estudiar, ir al rocódromo, al gimnasio, volar en parapente, estar en silencio meditando, montar un acuario marino… Nuestras pasiones íntimas están guardadas en naftalina, como los abrigos en verano.

Aunque lo que voy a decir ahora parezca una obviedad, una perogrullada amén de un imposible, lo voy a hacer:

Los papás necesitamos sentir que seguimos siendo personas. Necesitamos un rincón, un espacio y un tiempo propios, íntimos, por mínimos que sean, para no fenecer.

Yo, como supongo casi todo el mundo, se lo robaba al sueño. Cuando mis niños estaban ya durmiendo y la casa había vuelto a ser un lugar silencioso, estudiaba, dibujaba, leía o escribía. A veces no mucho rato. El agotamiento me cerraba los ojos al cabo de apenas una hora. Pero una hora es un tesoro que da mucho de sí, si conseguimos aprovecharla.

Y está el tiempo de amar, de sentirse mimados y queridos. El tiempo de la pareja, de los padres, despojados por un rato de ese maravilloso título.

También la pareja se ve anulada, diluida al menos, por la maternopaternidad. Las conversaciones rondan siempre en torno a temas infantiles o familiares  (hijos,  cenas,  compras, lavadoras, facturas, coles, deberes, cumples, vacunas…………..).

El tú a tú, el arrebujarse el uno en el otro, el acariciarse y abrazarse porque sí, en cualquier lugar de la casa, cada vez se espacia más y terminamos la jornada desplomándonos en la cama sin mucha gana de nada más que dormir.

Ese pequeño espacio íntimo tenemos que protegerlo, cuidarlo, visitarlo asiduamente, porque los padres, necesitamos de nuestro compañero, de esa persona que ha formado junto a nosotros la familia que tanto nos preocupa y nos ocupa.

Es muy difícil, a veces imposible, dar prioridad a lo importante frente a lo urgente. Y cuando lo hacemos, tenemos un inexplicable sentimiento de culpa por no dedicarnos al 100% a nuestro oficio de papás. Sentimos que les robamos tiempo a nuestros hijos, pero no es así.

Nuestra intimidad es importante. Seguir creciendo como personas, amando, aprendiendo, acometiendo empresas propias, debe ser parte de nuestros deberes. Solo así podremos darles a nuestros niños lo mejor de nosotros.

Los hijos, crecen y vuelan. Forman sus propias familias y quedamos nosotros solos en el nido. Y de pronto, tenemos tiempo. Y no sabemos qué hacer con él.

Por eso, es imprescindible mantener siempre vivas nuestras pasiones, aunque sea al ralentí. Tenemos que estar llenos, felices, para poder retomar con éxito esa nueva etapa cuando llegue.

De momento, al tajo, pero sin perderse de vista.