¡Feliz salida y mejor entrada de año!

Yo suelo hacer el balance del año en junio, (manías de la época estudiantil) pero este año, haré una excepción.

A día 31 de diciembre del año 2013, he de reconocer que soy una de las personas más afortunadas del planeta. Hay un techo sobre mi cabeza, comida en mi frigorífico y aún puedo pagar los recibos aunque sea a base de hacer equilibrios y de estirar el euro hasta convertirlo en alambre. Pero no soy afortunada por eso. No solo por eso. Mi verdadera fortuna es poder seguir apasionándome cada día. Tengo razones para vivir, para levantarme todas las mañanas con una sonrisa aunque a veces, el espíritu masoca que habita en cada ser humano, se empeñe en ver el vaso vacío cuando realmente está a rebosar.

Mi buena mala salud es lo único que le pediría al año que entra que mejore un poco. Salud para seguir apasionándome, para seguir amando, para seguir creando. Salud para estar operativa para la gente a la que quiero y que me quiere, la que está ya aquí y la que llega. Salud para seguir trabajando y para poder concluir los proyectos (tantos) que tengo.

Egoístamente, para los míos, que no son pocos, pido que sigan bien.

Y en general, viendo el panorama, sería deseable un derroche de sentido común, que como todos sabemos, es el menos común de los sentidos.

Deseo que el 2014, sea un año apasionante, comprometido y peleón, una guerra sin cuartel a la mediocridad y una apuesta a muerte por cosas tan obsoletas como la solidaridad y el amor. 🙂

Iba a esperar a las 12 de la noche para colgar el post (que es la hora en que suelo escribir) pero me temo que voy a estar demasiado ocupada, así que

¡¡¡¡FELIZ, FELIZ 2014!!!!

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Capítulo 23. ¿Quién es el ojito derecho de papá?

La primera pregunta que se me ocurre, es por qué el derecho. Nunca hubiera dicho que un ojo fuera más importante que otro o que viera mejor. Bueno, eso sí.

Entiendo lo del brazo derecho. Ser el brazo derecho de alguien es ser útil e indispensable para ese alguien. Si ese alguien es diestro, claro. Si es zurdo, decirte que eres su brazo derecho puede ser un insulto. En plan: eres un inútil. En fin.

La cosa es que los papás y las mamás, tienen su ojito derecho, su niñ@ bonit@, aunque no quieran admitirlo. La frase ” yo quiero a todos mis hijos por igual” es un típico tópico, pero es una utopía. No es verdad. Y no es verdad, porque no se puede querer igual a personas diferentes.

Esto que voy a decir ahora, aunque parezca una obviedad, no lo es. “LOS HIJOS, SON PERSONAS”.

Desde el vientre materno van fraguando su personalidad y tienen su genio, su carácter, exactamente igual que nosotros. Y aunque el amor subyace para todos ellos, es inevitable que surja afinidad por carácter, un extra de protección si hay debilidad, otro extra de admiración si hay habilidades innatas en nuestro hijo. Puede surgir incluso irritabilidad cuando el niño de nuestras entretelas toca nuestro punto más débil (paciencia, exigencia, puntualidad, orden)

¿Y qué pasa si hay dos. Si tras nuestro primogénito, amado y único durante un tiempo, llega otro destronándole? (El Principe destronado, Miguel Delibes)

¿O tres? Por una ley de Murphy nunca formulada, en una triada de hijos, el de en medio, llamado comúnmente “el jamón del sandwich”, suele ser el peor parado de los tres. El grande es favorecido por primogénito, el pequeño, obviamente por desvalido y el de en medio, ni es grande ni es chico. Se mueve en tierra de nadie y paga los platos rotos de los otros dos. Peeeeero, esa ley cambia si el primero y el segundo son de distinto sexo o si hay un cuarto. En ese caso el pobre tercero se queda de jamón del sandwich y suele cargar con los fardos más pesados.

En fin. Hay tantas posibilidades como personas o como familias, o sea, infinitas. Pero siempre, siempre, aunque sea temporalmente, hay un preferido.

Y si bien eso es prácticamente inevitable, lo que sí se puede evitar es hacer sufrir a los otros y postergar a los menos favoritos en favor del afortunado.

Una de las leyes más importantes y difíciles de la Todología (Capítulo 6. La Todología), es la justicia, la equidad, que requiere de nosotros que nos elevemos por encima de nuestra condición de míseros mortales y seamos un poco divinos, un poco más perfectos y capaces de darnos por igual a nuestros hijos sin hacer patentes nuestras preferencias.

Compararles, ensalzar a uno en detrimento del otro, el trato discriminatorio favoreciendo al hijo preferido en las barbas de su hermano… eso no se puede hacer. Porque ocurre que si actuamos así, surgirán irremediablemente los celos, las envidias y los problemas fraternales, que terminan siendo irreconciliables e incluso fatales si estas diferencias en el trato, son notorias. (Caín vs Abel)

A menudo olvidamos que el mayor, cuando nace el pequeño, es una criatura en desarrollo que necesita tanta o más atención que el benjamín. Es frecuente cargarle de responsabilidades que no ha pedido, que se le exija un comportamiento que no le corresponde o que se le prive de tiempo de amor y de cariño porque el chico lo acapara todo.

Se dan cuenta. Y sufren. Y necesitan del contacto, del amor, de la palabra de aliento, de la aprobación… Lo necesitan

Los llantos del pequeño, son urgentes. Las lágrimas del mayor, son importantes. Y sería una buena cosa saber dar prioridad a lo importante frente a lo urgente y suplir el celo en el cuidado del pequeño por el don de un tiempo de calidad al mayor, que en realidad, sigue siendo pequeño.

Una buena herramienta es la empatía. (Sin exagerar). Trabajar la empatía hasta un punto razonable, hará que sepamos ponernos en la piel de nuestros hijos y saber lo que sienten frente a nuestro comportamiento. Y digo sin exagerar, porque un exceso de empatía, puede hacer que perdamos completamente la perspectiva y el mando.

En la película Parenthood (traducida como “Dulce hogar…a veces”) , se trata este problema no tanto del protagonista para con sus hijos sino del trato del padre del protagonista y la obvia preferencia de un hermano frente al otro. Muchas veces, el que menos “se lo curra” es el más favorecido.

Somos débiles, somos pequeños humanos con defectos enormes. Pero somos padres, héroes y todólogos. Y eso nos hace un poco más sabios. Solo hay que darse cuenta. Darse cuenta, es algo grande.

Capítulo 22. ¡¡¡Que viene el Coco!!!

¿Qué Coco? ¿¿¿¿¿¿Qué Coco????? ¿Y el hombre del saco? ¿Qué me decís del hombre del saco?

Por favor, por favor, analicemos esto:

“Duérmete niño,

duérmete ya.

Que viene el coco

y te comerá.

¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿??????????????????????????

¡¡¡¡¡Pero cómo se va a dormir!!!!! Lo menos que puede ocurrir es que el pobre niño no pegue ojo acechando en la oscuridad al Coco ese.

Buscando, buscando, he encontrado una lista bastante extensa de asustadores infantiles en todas las culturas. (Nada menos que 519 según la página que os dejo aquí por si alguno quiere echarle un ojo: http://encina.pntic.mec.es/~agonza59/lista.htm).

Para que os hagáis una idea, os muestro a continuación algunos ejemplos de asustadores internacionales:

Los niños del Este (Rusia, etc…) son debidamente aterrorizados por Baba Yaga, una vieja horrorosa, con dientes metálicos y nariz azul obsesionada con la juventud eterna (que obviamente no consigue)

En Inglaterra, tenemos, entre otros a Bloody Bones (Huesos sangrientos)

En Suíza, el Krampus es el enemigo de San Nicolas (Papa Noel)  y su apariencia es demoníaca. Es una especie de hombre del saco alpino.

En Alemania es muy famoso Struwwelpeter (Pedro Melenas) creado por Heinrich Hoffmann, aunque la verdad es que no es propiamente un asustador, sino un niño rebelde que hacía justo lo contrario de lo que se le mandaba.

En Perú, a Achikee, una bruja devoradora de niños.

El Tata Duende en la selva de Belice.

Hay muchísimos asustadores de niños en las culturas indígenas  (en todos los continentes)  pero no tenemos que irnos tan lejos. Aquí, en España, tenemos una colección extensa, variopinta y espeluznante de siniestros seres a los que convocamos los papás cuando no somos capaces de imponernos solitos.

El Coco, el lobo y el Hombre del Saco son comunes en toda la geografía peninsular pero luego, cada región tiene los suyos. Os dejo una pequeña muestra. En el enlace que os puse más arriba hay descripciones detalladas, algunas curiosísimas, de cada asustador. Aquí os dejo unos pocos ejemplos.

El tío Saín o tío Camuñas en Murcia.

Furtaperas en Aragón

El Bute en Andalucía.

Zamparrampa en León.

En Cataluña hay muchísmos (El Moro Muza, El Papu, El Caçamentidas, Betoni, Cul Pelat, Currucuca, el Pare geant, El Patracó, El Peirot, En Pelut, El Pisquí, Papasopas)

En Asturias no se quedan atrás ( El Bu, El Cortador, Rampayu, Rapeo, Perfeuto, El Papón, Paparroxu)

Parece que los padres necesitamos de estos ayudantes siniestros para reforzar nuestra autoridad. 519 asustadores conocidos nada menos, amén de los que seguro, seguro, cada padre se inventa para conseguir que el niño se duerma o se coma la sopa.

Yo no considero muy afortunada la idea de utilizar el miedo para conseguir que los niños hagan algo. Y menos con personajes que se los comen o les secuestran. La literatura está llena de personajes así, pobladores del lado oscuro, tenebroso; encarnaciones del mal. Y aunque apoyarse en ellos es un recurso que puede funcionar un tiempo, termina siendo contraproducente.

Es mejor tirar de la persuasión, de la autoridad, de la paciencia, del humor. Igual los resultados no son tan inmediatos pero a la larga, son más duraderos y evitarán que nuestros hijos tengan que acudir al psiquiatra cuando crezcan.

2. ¡¡¡Eureka!!!

-¡Haz los deberes nena!

-Sí mamá.

-No me digas “sí mamá” y hazlos.

-Está bien mamá.

-Te estoy oyendo trastear con la Tablet. ¡Mira que voy eh!

-¡Vale, vale, ya los hago!

Las madres tienen un oído de tísicas. No hay manera de zafarse. Yo creo que tienen un dispositivo incorporado que nos controla y nos espía a distancia.  En fin… A ver qué me queda por hacer… Una redacción. “¿Qué quieres ser de mayor?”

¡Y vuelta la mula al río!  Todos los años lo mismo y la profe no escarmienta. Me pregunto para qué querrá saberlo. Dice mi papá que tal y como va el país, estudie lo que estudie, acabaré fregando escaleras porque para cuando yo crezca, no habrá trabajo.

Pero nada, esta mujer no se da por vencida. El año pasado le escribí que quería ser bombera. Y el anterior, catadora de colchones. Ya ni me acuerdo de los otros cursos. Ella dice que soy una inconsistente. Que tengo que elegir una profesión “como Dios manda” para ser una mujer de provecho.

(…) Llevo un rato pensando y nada, no se me ocurre nada. Iré a preguntarles a mis papás.

En el salón, mi papá cabecea detrás del periódico. De vez en cuando ronca…Inútil llamar su atención.

Mi mamá anda como un ciclón por toda la casa, planchando y limpiando y arreglando y poniendo la mesa y cocinando y … ¡Qué barbaridad! Cuántas cosas hace esa mujer al  mismo tiempo. Me manda a mi cuarto a seguir con mis deberes.

Antes de irme, me quedo un rato observándoles y de repente, se me ocurre. ¡Eureka! Ya sé lo que voy a ser cuando sea mayor. ¡VOY A SER PADRE!

Capítulo 21. ¿Por dónde se abre este tupper?

¿Os acordáis del ogro del Gato con Botas, ese que podía transformarse en cualquier cosa que quisiera? El pobre infeliz no tenía muchas luces y cayó en la trampa del gato convirtiéndose en ratón. Pero en cualquier caso, su habilidad, si hubiera vivido para desarrollarla, era una pasada.

Pues aunque no os lo creáis, yo he sido testigo de la conversión de un adolescente en un tupperware. Sí, sí. Ojiplática me quedé.

Un tupper, es un invento estupendo. Por definición, es hermético, opaco, resistente y duradero. Igualito que un adolescente en plena ebullición hormonal. La diferencia es que estos jóvenes tupper humanos se cierran al vacío por dentro y no hay por dónde abrirlos, oye. Ni una rendija, ni un resquicio. Nada de nada. Cuanto más lo intentas, más se resisten los condenados. Pruebas apalancando, girando, volviéndolos del revés, sacándoles el aire… Nada de nada.

Y ocurre sin más, casi delante de tus ojos. Un día, ya no hablan. Se sumergen en una especie de neblina sónica y deambulan por la casa ensimismados, sin prestar atención a otra cosa que su música, su teléfono, su ropa y sus amigos. Su habitación es una especie de almacén de los objetos más variopintos, todos mezclados (zapatos, calcetines, vales del burguer, cd, cómic, apuntes, dibujos que bien podrían ser las manchas del Test de Rorschach, libros del cole…) y en algún momento, uno tiene la sensación de que padecen el síndrome de Diógenes. (Ver Capítulo 16. Caos Vs Cosmos)

Preguntarles cualquier cosa es tarea inútil. Esquivan las respuestas directas y contestan con un siiii, pse, bien, vale…. Desesperante.

Y si traen a sus amigos a casa, los encierran en su leonera y evitan a toda costa que ellos y tú entréis en contacto, como si pudiera ocurrir un desastre nuclear.

Como decía en el capítulo 20, Socoooooorro, hay un adolescente en mi salón, en este punto de su desarrollo, nuestros niños se adentran en las arenas movedizas de la adolescencia y han de romper todos los estereotipos, los moldes, los iconos familiares, para crear los propios. Su grupo será referente y todo lo que haga nuestro vástago, será filtrado por el tamiz de las reglas de ese grupo. Manera de vestir, música, salidas, comportamiento, peinados… Incluso la comida.

Lo más difícil, será llegar a entablar una comunicación fluida con ellos. También en este punto, los hijos no solo cuestionan a los padres sino que descubren sus puntos débiles. Es indispensable para su crecimiento desmitificar la figura paterna, (con todo lo que eso conlleva) y crear su propia identidad, su propia visión de la vida y su propia opinión. (Sin perder jamás el respeto)

Lo cierto, es que en un principio, ni siquiera será su propia identidad. Será más bien lo que el grupo desea ver en ellos. Más adelante, también desmitificarán al grupo y serán individuos con un criterio original, pero hasta que eso suceda, la vida familiar será como una montaña rusa.

¿Habéis visto la peli de dibujos “El viaje de Chihiro” de Hayao Miyazaki? Yo la descubrí gracias a mi pareja y me impresionó. Me impresionó muchísimo. Porque narra las aventuras de Chihiro, una nena de diez años y su viaje de la niñez a la edad adulta. Según la mitología y las costumbres japonesas, este viaje, que no es otro que la adolescencia, supone la muerte de la infancia y la resurrección del individuo como una persona adulta, con una identidad definitiva, con un nombre, con una entidad.

Y lo que más me impresionó, fue que Chihiro, al descubrir que sus padres se han convertido en unos enormes cerdos que comen sin parar (la desmitificación de los padres), ha de valerse por sí misma en una ciudad encantada donde pierde hasta su propio nombre. Os la recomiendo.

Nuestros hijos, cuando emprenden ese viaje, se vuelven herméticos, como el mejor de los tupper. Necesitan saber que pueden hacerlo solos y no confían.

¿Qué hacer? Estar. Estar siempre. Mantener el orden y la rutina del hogar. Guiarles con todo nuestro amor y nuestro saber en ese viaje, manteniendo el timón, pero dejándoles que crezcan y se encuentren, que se equivoquen y rectifiquen, que se caigan y se levanten. Siempre han de encontrar nuestra mano. Siempre.

Hay que estar más que nunca. Hay que escuchar lo que no nos dicen, estar pendientes de los detalles, involucrarles en actividades familiares, mantener el nivel de exigencia, apostar por ellos. Si destacan en alguna actividad, si tienen alguna habilidad, fomentarla. No bajar el listón. Cuanto más alto lo pongamos (sabiendo que son capaces de saltarlo) más se exigirán ellos.

Crear debates, pedirles opinión y escucharla, ser sinceros con ellos, mostrar interés por sus cosas, interés de verdad…

Uno aprende mucho de los hijos. Ellos te enseñan cosas nuevas siempre. Y a medida que van convirtiéndose en jóvenes con identidad, juicio y criterio propios, se convierten también en iguales. No hay que tener miedo de eso. Si les hemos guiado bien, serán buenas personas, con proyectos y aspiraciones genuinas y nos sentiremos orgullosos de ellos.

De eso se trata ¿no?

Capítulo 20. ¡¡¡Socooooorro. Hay un adolescente en mi salón!!!

Papás novatos, héroes y todólogos

A ver. KIT DE SUPERVIVENCIA  para afrontar esto:

  • Varios kilos de Nolotil, Ibuprofeno o similar. La adolescencia es una etapa muuuuuuuuuuy larga.
  • Tapones para los oídos. (Varios cientos)
  • Varios kilos de tila y flor de azar.
  • Un par de citas con el psiquiatra para evitar tirarnos por una ventana.
  • Una silla (ya os diré para qué)
  • Varios cursos de yoga, meditación y relajación.
  • Una reserva extra de sentido del humor.
  • Dos reservas extra de paciencia.
  • Como dos o tres toneladas de fe.
  • Más o menos lo mismo de esperanza. Se pasa. La adolescencia se pasa. Os lo juro.
  • Fuerzas para conservar el mando sin perder la cabeza.(Capítulo 7. El arte del mando)
  • Más fuerzas para no tirar la toalla.
  • Predisposición a escuchar las excusas más disparatadas y sorprendentes que jamás imaginaste.
  • Apertura de miras. Imprescindible, en serio.

Creo que no se me olvida nada.

Aquí, queridos míos, se pone…

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1. Al pie de la letra

¡Dios mío! ¿Qué me ocurre? -¡Socorroooo!- Grito pero nadie me oye. ¡Maldita sea mi suerte! Oigo pasos…Alguien viene…

-¡Mamá! ¡Bendita seas! Sácame de aquí.

-¡Qué barbaridad! Esta chica siempre deja todo tirado en el baño.

-¡¡¡¡¡Mamá!!!! Por Dios escúchame.

-Fíjate. Pantalones, zapatillas… ¡Qué desastre! ¿Y esto qué es? A ver… “Crema reductora: Lo que sobra, desaparece” ¡Ay Señor! ¡Qué tonterías!¿Dónde se habrá metido esta muchacha?

-¡¡¡ Mamáaa. Mira dentro de la ropa!!!

-En fin… Pondré ahora una lavadora.

-No por favor. Una lavadora no.¡¡¡Mamáaaaaaaaaaaa!!!

Capítulo 20. ¡¡¡Socooooorro. Hay un adolescente en mi salón!!!

A ver. KIT DE SUPERVIVENCIA  para afrontar esto:

  • Varios kilos de Nolotil, Ibuprofeno o similar. La adolescencia es una etapa muuuuuuuuuuy larga.
  • Tapones para los oídos. (Varios cientos)
  • Varios kilos de tila y flor de azar.
  • Un par de citas con el psiquiatra para evitar tirarnos por una ventana.
  • Una silla (ya os diré para qué)
  • Varios cursos de yoga, meditación y relajación.
  • Una reserva extra de sentido del humor.
  • Dos reservas extra de paciencia.
  • Como dos o tres toneladas de fe.
  • Más o menos lo mismo de esperanza. Se pasa. La adolescencia se pasa. Os lo juro.
  • Fuerzas para conservar el mando sin perder la cabeza.(Capítulo 7. El arte del mando)
  • Más fuerzas para no tirar la toalla.
  • Predisposición a escuchar las excusas más disparatadas y sorprendentes que jamás imaginaste.
  • Apertura de miras. Imprescindible, en serio.

Creo que no se me olvida nada.

Aquí, queridos míos, se pone a prueba nuestra resiliencia. (Capítulo 5. La resiliencia). Porque ese personaje que hay en el salón, dedos y ojos apresados en el móvil, con unos cascos en las orejas que no sirven para mucho porque la música atronadora se escapa de ellos y llega hasta el salón del vecino, ese personaje, digo, es nuestro angelito. Claro que ahora, ponerle los calcetines calados, los zapatos de charol y el vestidito de la abuela (si es niña) o un pantalón que no tenga cuatro o cinco rajas y zapatos de vestir, es poco menos que imposible.

Por no hablar de las notas, que sufren una caída libre durante un lapso de tiempo indeterminado que puede convertirse en crónico si no se pone remedio.

Porque resulta que, aunque hayamos salido vivos y victoriosos de la primera etapa y nuestro bebé se haya convertido en un infante saludable y feliz, loado por maestros y familiares, modelo de comportamiento, casi suficiente, resulta que de pronto, sin que nos demos cuenta, sufre una metamorfosis fulminante, consecuencia de las influencias del grupo con el que sale, de las tendencias o de vaya usted a saber qué cosas.

El caso es que nos encontramos con un adolescente que cambia (cosa lógica) los póster de Disney o de los Pokemon por los de grupos de música de moda o por lemas libertarios (que no está mal) y cambia su atuendo y su look por uno más acorde con su entorno (el de fuera de casa).

Empieza a desgastar los espejos. La vanidad se convierte en compañera inseparable. Sufre sobremanera cada vez que le sale un grano (que suele ser a diario)  Y uno no comprende en absoluto cómo, después de tirarse cinco horas cambiándose de ropa para ir apañado, sale como si fuera a pedir limosna.

Y por si fuera poco, nos cuestiona. TODO. Que sea una parte lógica del crecimiento no significa que sea fácil de encajar. Nosotros también lo hicimos. Enfrentarse, reivindicar, protestar, intentar romper las reglas.

Pues no. De eso nada. Las reglas, nuestras reglas, han de seguir vigentes. Es ahora precisamente cuando el arbolito se puede torcer. (Capítulo 4. Guiar el arbolito).

Mi pareja me sugirió hace unos días un artículo súper interesante para compartir con vosotros. Creo que este, es precisamente el capítulo apropiado para hacerlo. Os dejo el enlace para que le echéis un ojo. No tiene desperdicio.

http://queseramihijodemayor.com/estudios-cientificos-3/educacion/diez-reglas-para-convertir-a-tu-hijo-en-un-delincuente/

Son las reflexiones de un juez de menores y un decálogo para convertir a nuestros hijos en delincuentes. Generalmente no se llega a eso, pero el relajo (como se dice en Canarias) puede traer consecuencias tremendas tanto a nuestros hijos como a nosotros.

Si la convivencia ya se complica cuando nuestros niños dejan de serlo, ni os cuento si relajamos el mando y les dejamos hacer lo que se les antoja. Ahora necesitan más que nunca que seamos sus padres, que pongamos límites razonables, pero límites. Que nuestra casa no se convierta en la Pensión del Peine en la que ellos llegan, comen, duermen, manchan y se van. ¡Y un jamón!

Pues no nos ha costado poco llegar hasta aquí, dándoles TODO, TODO TODO, procurándoles un hogar feliz, una educación e invirtiendo una enorme cantidad de vida y energías, para que ellos ahora conviertan nuestro dulce hogar en una pesadilla. ¡Ni hablar!

Sin que lleguemos a extremos hitlerianos o a la permisividad total, hay que saber cuánta cuerda soltamos y cuándo, teniendo en cuenta que hay cosas que son innegociables. Cada quién sabrá qué reglas ha puesto para preservar la tranquilidad del hogar, pero sean las que fueren, hay un mínimo que hay que seguir cumpliendo. El rendimiento escolar, la higiene, el orden, el respeto… En estas cosas, hay que ir a machete. Ni  una claudicación. Y si lo hemos hecho bien durante los primeros años, no será difícil, os lo aseguro.

En cosas  como a qué hora llegan si salen con los amigos, uno puede abrir la mano siempre que sepa con quién va nuestro retoño. ¡Cuidado con las amistades! Nadie nos garantiza que nuestros hijos vayan a encontrar siempre buenas compañías. De hecho, durante algún tiempo, se sentirán irremediablemente atraídos por los rebeldes sin causa, el botellón, las salidas nocturnas que duran hasta la hora de desayunar, el tabaco que les hace sentir mayores y un largo etcétera, que, si uno no controla, puede llegar a eso que dice el juez de menores.

Nuestros hijos se tienen que encontrar. La adolescencia, es eso. Una búsqueda desesperada de su identidad, un encajar con el grupo, (que en ocasiones , se convierte en algo muchísimo más importante que su propia familia), un desarrollarse física y sexualmente, un querer gustar a esa chica o a ese chico de clase… ¡Ay madre!

Es lo que viene a llamarse la edad del pavo, que por lo general, dura unos cinco años. (Aunque hay personas que nunca dejan de ser adolescentes, para desesperación de quien les sufre).

No es fácil. De hecho, usaréis la palabra “NO” tanto, que al final sentiréis que la tenéis pegada a la lengua. Pero también es un desafío ayudarles a crecer, a convertirse en jóvenes prometedores con ganas de llegar a ser  médicos, artistas, músicos o astronautas. La adolescencia es un trance que hay que pasar. Y nosotros hemos de estar allí para ayudarles. Hemos de estar, porque les queremos.

Aquí os dejo otro enlace:

http://www.respira.com.py/index.php?option=com_content&view=article&id=121:socorro-tengo-un-hijo-adolescente&catid=42:libros&Itemid=14

¡Buena suerte!

¡Ah! Y la silla del kit de emergencia, es para regañar a vuestros hijos cuando son más altos que vosotros. Es un poco ridículo echar la bronca a un hijo que es un palmo más alto que tú. 🙂

3-Jornada Infantil. S. Sutherland

Se escuchan por los pasillos

carcajadas cristalinas,

felicidad de chiquillos.

Se escuchan desde la alcoba

gritos risas y alboroto

mientras se mueve la escoba. 

De la alcoba hasta el salón,

se escuchan pasos desnudos

que corren tras un balón.

Y trotan por la cocina

descubriendo con sorpresa

que el comer ya se avecina. 

Las cucharas en la sopa.

Mil aviones van volando

desde el plato hasta la boca. 

Y gritan pidiendo más;

Tenedores que se agitan

en un extraño compás. 

Y vuelta con las carreras

por alcobas y pasillos,

trotando en las escaleras.

Suben, bajan, vienen, van…

Brincan saltan, ríen, lloran

con terrible actividad.

Suena el chorro en la bañera.

Bullicios entre la espuma,

burbujas y escandalera.

Y la cena entre bostezos.

Ya se va apagando el día.

Me llenan toda de besos.

Buenas noches ¡… y el silencio!

Y me parece mentira.

Capítulo 19. El experimento

He hecho un experimento súper curioso que os voy a trasladar. Voy a daros una frase. Una descripción más bien. Se describe algo a partir de la observación de ese algo durante 50 años. Si queréis, podéis comentar qué es lo primero en lo que habéis pensado al leerla. Ahí va.

“que ama el orden y la disciplina; que le conduce a una obediencia activa, no sumisa; que ama el trabajo interiormente constructivo y le hace social con los demás”

Así, a pelo, yo hubiera dicho que era la descripción de un hormiguero.

Las hormigas son así. Ordenadas, disciplinadas, obedientes, trabajadoras y sociales.

¡Pues no señor! No era un hormiguero. Era, es, la definición de la conducta infantil que hace la Dra. Montessori.

¿Alguno de vosotros podría identificar la conducta natural de sus hijos con la que se describe en semejante frase?

Yo desde luego no.

En el capítulo 16. Caos vs Cosmos, di mi particular descripción de los niños, a saber:

“Los niños (casi todos), por definición, son los seres con mayor zona de incertidumbre del mundo, nunca se les agotan las pilas (salvo que estén enfermos) y tienen una afición innata al escándalo, a subirse a sitios reservados a los alpinistas y a las cabras, a decorar las paredes con cualquier cosa que manche, a ser posible permanentemente y a inventar juegos en los que, por necesidad, han de tirarlo todo, todo, todo al suelo.”

Una comparación así, por encima, entre la descripción de la Dra. Montessori y la mía, me hace sospechar que los niños que observaba ella y los que yo conozco, deben de ser de planetas diferentes.

Hoy me decía un buen amigo que a su nieto le han tenido que dar el papel de viento en la actuación de Navidad porque no hay manera de que se esté quieto. Así, por lo menos, dando vueltas por la clase a todo meter, imbuido a tope en su papel de viento, la profesora se garantiza el éxito de la obra. Inteligente mujer, sin duda.

Y hoy también, me he tropezado con este video cuyo enlace pongo a continuación. Es absolutamente genial. Son las cosas que no te cuentan de la realidad de ser padres. La experiencia de una pareja que empezó teniendo un portal de internet sobre los tabúes sexuales y terminó abriendo uno sobre los tabúes en la paternidad. Es muy divertido y muy, muy aleccionador. (Está en inglés pero tiene subtítulos)

http://www.ted.com/talks/rufus_griscom_alisa_volkman_let_s_talk_parenting_taboos

Y uniendo ambas cosas, resulta que, como explica esta pareja en el video, nos venden la moto del mundo idílico lleno de amor y flores de colores de la paternidad, que es sin duda algo maravilloso y obvian toda la parte escabrosa de la cosa, la lucha, la soledad, la fatiga, la desesperación a veces, es stress, la renuncia temporal a ser uno mismo… Nos venden falsas expectativas que hacen que nos frustremos.

Como dice esta pareja, la felicidad está hecha de pequeños y no tan pequeños  dientes de sierra que se alternan a velocidades supersónicas. Tan pronto estás en el paraíso de los mundos de Yupi con tus hijos, todo risa y parabienes, como hay catástrofes nucleares en el salón, peleas a muerte en alguna alcoba o acontecimientos imprevistos tales como una brecha en la cabeza, un balonazo en el mismo centro de la tele o una misteriosa inundación en el baño.

Yo tuve una experiencia alucinante con mi hija Patricia. Era buenísima. (Ahora también). No daba un problema, siempre obedecía. Un lujo. Pero empezó a desarrollar cuando cumplió los cuatro años, una extraña manía que me costó un dineral y el desarrollo brutal de mi sentido del olfato.

Su afición consistía en vaciar los botes en el bidé. Cualquier bote, de cualquier cosa. Champú, gel, Ajax Pino, crema dental, colutorio… Daba igual lo que contuviese el recipiente. Le fascinaba verlo caer en el bidé y desaparecer por el desagüe mientras yo trabajaba cosiendo en el salón.

Al principio, me extrañó que el jabón (y todo lo demás) se acabara tan deprisa. Hay que tener en cuenta que yo compraba todo a granel, dada la magnitud de mi prole, así que empecé a sospechar que había algo raro en aquel consumo masivo. ¡Y claro que lo había! Pillé a Patri embelesada, viendo cómo un bote enterito de Crema Wella de a litro, se deslizaba desagüe abajo.

Mi hijo Chavi era (y es) un especialista en romperse cosas, especialmente en vacaciones. Manos, pies, rodillas, un diente. Le gustaba el riesgo y me tenía en un ¡ay! Era tan inquieto que su profesora de primaria me decía que no le sacaba brillo a la silla. Jamás estaba cinco minutos seguidos sentado. Como no podía ser de otra manera, su profesión está en consonancia con su carácter: es paracaidista. Y se sigue rompiendo cosas.

Mi hija Belén, decidió en su segundo cumpleaños comerse todos los restos de fruta de la sangría de los vasos de los invitados. Éramos unos treinta. Estuvo dos días durmiendo del colocón que se pilló. El médico no le dio importancia… Otra de sus aficiones era pintar su habitación con cualquier cosa que pillara. Le gustaba escribir en las paredes, así, como hobby.

Laura era una coleccionista de bichos (vivos) que guardaba celosamente en su habitación hasta que llegaba yo a limpiar y me los encontraba (Saltamontes, mariquitas, escarabajos..) Su última adquisición, fue un lagarto la mar de impertinente que mordía como un condenado y se escapaba de su caja para meterse en MI ropero.

Y Tami… Tami durmió conmigo hasta que fue bien grande. Tenía al principio pesadillas nocturnas. Luego creo que era mimo puro, pero no puedo demostrarlo 🙂

Lo que yo decía… Nada que ver con la definición de la Dra. Montessory