Capítulo 30. No estoy loco…No estoy loco…

¡Que no cunda el pánico!

No pidáis cita en el psiquiatra si de pronto os encontráis cantando El “Brujito de Gulubú”, “La vaca de Humahuaca” o “los tres cerditos ya están en la cama” o lo que es más traumatizante: “¡¡¡¡No te vayas mamá!!!!” de la mítica serie de dibujos “Marco”, o peor aún: ¡¡¡¡¡Los Cantajuegos!!!!!

(Quiero decir si os encontráis cantando cualquiera de esas canciones SOLOS, sin bebé en brazos).

Con la maternidad/paternidad se inicia una especie de paréntesis en nuestro disco duro que hace que nuestra maravillosa discoteca vital, esa que nos hemos currado durante años, quede postergada frente a tales cancioncillas. Da igual si somos roqueros, poperos o amantes de la música clásica o del jazz.

De repente, nos sorprenden los vecinos tarareando “una mané…” o “la gallina Turuleca” o “Vamos de paseo pi, pi pi”.

Esto no es una entelequia. Os juro que pasa.

Cuando nació mi hermano, yo tenía 16 años y estaba en plena efervescencia revolucionaria. Peeeero “Mazinguer Z”, “Comando G” y Papá Abraham con todos sus Pitufos, tomaron posiciones y desbancaron nada más y nada menos que a Pink Floyd o a Silvio Rodríguez. Ya sé, ya sé.  Es una blasfemia cambiar “Ojalá”  ó “Wish you were here” por “La marcha de los Pitufos”, pero es un síndrome inevitable.  Y recurrente. Con el nacimiento de mi primera hija, volvió a pasar… Y con el segundo… Y con la tercera… Y con la cuarta… Y con la quinta… Y con mis nietas…

Y no solo nos poseen tales melodías sino que, a modo de Dr. Jekill & Mr. Hide, nuestra voz pasa a ser una o dos octavas más aguda y nuestra expresión también muta (ojos enormes, sonrisa medio lela, cejas tipo Carlos Sobera). Pero lo mejor de todo es que no nos importa nada de nada el hecho de que el prójimo opine que estamos un poco majaretas. La sonrisa de nuestros niños bien vale tal fama. 🙂

Menos mal que al poco uno ya controla y guarda un espacio de tiempo mínimo para escuchar la música amada que garantice la estabilidad mental y emocional…

…Hasta que ellos, nuestros retoños, empiezan a tener sus propios gustos e invaden la atmósfera familiar con músicas de su generación que nos hacen sentirnos pelín desfasados.

¡¡¡¡Renovarse o morir!!!! Hay que ponerse al día. Por lo menos que no nos tachen de ignorantes. Y al igual que toca refrescar viejos saberes, como decía en el “Capítulo 29. Otra vez las dichosas patas de gallinas y conejos”, así toca conocer nuevas tendencias, nuevas músicas, nuevos artistas. Otra cosa es que nos gusten (que puede suceder). Hay gente muy válida que es del agrado de todas las generaciones.

Y ocurre algo maravilloso. Empezamos a aprender de nuestros hijos. Nos enseñan, (si nos dejamos) caminos diferentes, sonidos diferentes (mi sobrino Víctor es un máquina como disc jockey).

Y ocurre también que nuestros hijos, de pronto, escuchan cosas nuestras. No por casualidad ni porque se hayan equivocado. Resulta que les gustan muchas cosas que a nosotros nos entusiasman.

De modo, queridos míos, que hemos de pasar por la fase de nanas y canciones ultramegaelementales, (“Cinco lobitos” “Sana, sana” “A la nana nanita nanita ea”) y por la de las canciones “didácticas” (El otoño, las castañas, los meses del año, los días de la semana), amén de por todas las de Disney, para llegar a lo que quiera que les guste a nuestros hijos en la adolescencia, para volver a nuestros orígenes pero ampliados con cosas nuevas.

No se trata de renunciar a nuestros gustos, a nuestros estandartes, esos que han conformado nuestra personalidad y que ha acompañado nuestros momentos mejores y peores. Se trata de seguir aprendiendo.

En definitiva la vida es eso. Seguir completando el círculo.

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Achaques

Hola, hola.

No sabía que tenía tantos seguidores, así que a todos os doy las gracias por vuestro interés y os pido disculpas por la demora. Esto de hacerse mayor es un privilegio pero tiene sus inconvenientes. La edad, más que nada y los achaques. 😦

Parece que hoy el dolor me respeta un poco así que esta noche colgaré un post nuevo. Va sobre la música. La nuestra, la suya…

Espero que os guste

Besos.

Capítulo 29. ¡Otra vez las dichosas patas de gallinas y conejos!

Ni penséis que ha terminado vuestro contencioso con las dichosas patas de las gallinas y los conejos de la clase de matemáticas. Da igual si erais de letras y huisteis de las ecuaciones y del teorema de Pitágoras como alma que lleva el diablo. Si pensabais que les habíais dado definitivamente esquinazo cuando os graduasteis o incluso cuando os doctorasteis… Ja, ja ,ja.

Ahí están, esperando, acechando en el aparentemente inocente cuaderno cuadriculado de nuestros retoños.

Y qué me decís de los hiatos y los diptongos, del sujeto y del predicado, de las raíces cuadradas. Y luego están las clasificaciones de los animales, que casualmente, ya no son como cuando nosotros estudiamos, porque los científicos han descubierto una clase más…

¿¿¿¿¿Y el Sistema Solar????? Antes tenía 9 planetas: Mercurio, Venus, Tierra, Marte, Júpiter, Saturno, Urano, Neptuno y Plutón. Pero resulta que ahora, al pobre Plutón le han hecho la 3’14 y le han bajado a segunda división con otros planetillas más pequeños, a saber: Makemake, Eris, Haumea y Ceres.

Las capitales del mundo no se salvan. Ahora, con esto de las independencias, hay una infinidad de países nuevos con sus correspondientes capitales.  Y yo que creía que con esto de la globalización terminaríamos siendo un solo mundo con una sola capital. Lo fácil que sería aprendérselo.

Si uno no tiene hijos, asunto resuelto. Te licencias, te doctoras y a otra cosa, mariposa.

Peeeeero, si tienes hijos, ya estás cogiendo la mochila, los libros de texto y los lápices de colores, porque tendrás que volver a la escuela nocturna para responder esas preguntitas tipo “Papá ¿qué es un equinodermo?” o “Mamá ¿la “i” es una vocal abierta o cerrada?” o “¿Cómo se plantea este problema?  Y entonces, llega él, el problema aterrador, el de las patas de las gallinas y los conejos. ¿Por qué la profe de turno no cuenta los bichos de la granja y se deja de tonterías? Pues no. A quebrarse la cabeza para ver cuántas patas hay de cada bicho y cuantos bichos hay con tantas patas. ¡¡¡¡¡Ay!!!!! Mira que han cambiado los sistemas educativos y las leyes, pero ese fastidioso problemita pervive en los libros de texto con persistencia aragonesa.

En septiembre, inicio del cole, no solo nos viene una ruina en libros, uniformes, ropa, actividades extraescolares, cosa que asumimos resignados por el bien de nuestros hijos, sino que, a hurtadillas, hemos de repasar el temario de los libros para estar preparados ante las temidas preguntas.

Siempre hay respuestas de escape si nos pillan en la más tremenda ignorancia. Respuestas tipo “Hijo, tienes que investigar tú” o “Si te lo digo yo no aprendes” o “Vamos a repasar juntos, que seguro que viene en el libro” o “Lo tengo en la punta de la lengua”…. Todo antes de reconocer ante ellos que nosotros, sus padres, no somos  infalibles. Así que desarrollamos una velocidad de lectura supersónica para, en un momentito, dar un vistazo a todo el tema y ponernos al día lo suficiente para resolver sus dudas de una manera medianamente digna.

Y luego está San Google. Ahí va una estrategia de último momento. El hijo lanza una pregunta con efecto de la que desconocemos la respuesta. Nosotros, los padres, captamos el lanzamiento, hacemos tiempo, corremos unas cuantas yardas por el salón haciendo como que hacemos otra cosa, mientras consultamos como posesos wikipedia o cualquier otra página de sapientes… Se nos resiste, volvemos a intentarlo encontramos la solución. La leemos, resumimos, esquematizamos en media fracción de segundo yyyyyyyyyyy, ¡¡¡¡¡¡lanzamos la respuesta a nuestros hijos quedando como bateadores de primera!!!!!!

En fin queridos… Que repaséis la lista de los 33 reyes godos, la interminable “sábana” de la reconquista, los viajes de Colón, la tabla de los elementos, los conjuntos y todas esas cosillas cuyo conocimiento, mantiene el estatus de “páter sapientísimo” ante nuestros retoños.

3. Respuestas inesperadas.

-¡Papá…Lucas está ahí fuera arañando la ventana!

-“No es Lucas, hijo. Hace viento. Son las ramas contra el cristal. Vete a dormir.”

Obedezco a mi padre desolado.

El ruido arrecia y el pánico me inunda. Estoy seguro de que es Lucas. ¡Viene a por mí!

Aterrado, corro de nuevo al dormitorio de mis padres con la esperanza de que me hagan un hueco en su enorme y cálida cama.

Mi padre se incorpora en el lecho, más aburrido que enfadado.

-Vete a tu cuarto, abre la ventana y dile al dichoso Lucas que te mate mañana por la mañana. ¡Que no son horas, hombre!

Capítulo 28: ¡Pero chi choy yo! (Espejo en chino)

¡Ay Señor! El espejo. Queridos papás novatos… Os aviso para que estéis prevenidos. Aunque tengáis poco o ningún tiempo para miraros, (Capítulo 14 . Espejito, espejito…), esconded un espejo, el vuestro, bajo llave, en algún sitio al que sólo vosotros tengáis acceso, porque de pronto, sin saber cómo, todos los espejos de la casa estarán permanentemente ocupados por la imagen de nuestr@s hij@s.

Sí. Es así. El espejo se convertirá simultáneamente  en el mejor amigo y el peor enemigo de nuestros vástagos. El espejo dictador, el acusador, el halagador…

Decía el Papa Gregorio Magno, que la vanidad es el inicio de todos los pecados. Yo no sé si de todos, pero desde luego, cuando nuestros niños empiezan a crecer y se convierten en adolescentes (cosa que puede empezar cuando tienen diez u once años), invierten una cantidad ingente de tiempo en mirarse, acercarse, alejarse, “¡Ay ese grano que me ha salido!”, “A ver ese ungüento para las manchas”, “¡Uy estoy gorda!”,”¡Aah qué bien me sienta el vestido!” “Oh, no mejor ese otro…! “¡Ahhhhh! ¿Cómo me peino? No me queda laca!!!”, “Ehhhh, esta sombra de ojos no pega con el tono de las uñas…”

Este curioso fenómeno, va asociado a un extraño poltergeist en la habitación, los armarios y el cuarto de baño, que en un abrir y cerrar de ojos, parecieran haber sido víctimas de los embates de los Hunos capitaneados por Atila. (Capítulo 16. Caos vs Cosmos).

Y si no sólo están nuestr@s hij@s, sino que también están en casa l@s amig@s de nuestr@s hij@s arreglándose para una fiesta o evento, entonces es mejor prepararse una buena tila, coger un libro o apalancarse en el sofá para ver una peli, hasta que tod@s y cada un@ de ell@s estén en perfecto estado de revista.

No os asustéis si escucháis en habitaciones, baño o pasillos un escándalo de carreras, perchas cayendo al suelo, exclamaciones, risas, palabras ininteligibles o palabros. No pasa nada. Calma. Nosotros, a lo nuestro. Lo más probable es que, cuando terminen, nos dé la sensación de que nuestras hijas van demasiado maquilladas, demasiado cortas, demasiado desabrigadas… Demasiado. Y a nuestros hijos, es probable que la cantidad de gomina que llevan en el pelo les produzca un problema de tortícolis, que el pantalón les apriete demasiado o demasiado poco (jamás entenderé el extraordinario equilibrio de los pantalones de los muchachos) y que nos parezca que no es nada glamouroso el enseñar los calzoncillos por más bonitos que sean. Pero es la moda. Y a esas edades, la moda es una tirana a la que deben someterse para encajar en su grupo, pandilla, tribu, horda o como queráis llamarlo.

Un capítulo aparte merecerá el tema de a dónde van de verdad cuando te dicen que van a dormir a casa de su amigo del alma o qué se ponen realmente cuando llegan a la fiesta si han salido de casa como si fueran novici@s. Sospechad si llevan un macuto tipo Bripac. Es casi seguro que habrán metido ahí esos tacones que les hemos prohibido ponerse por un simple problema de seguridad y vértigo o ese vestido minúsculo que seguramente les propiciará una neumonía doble o esas botas militares con doscientas hebillas a juego con una chupa de cuero llena de clavos. No sé…. Cualquier cosa.

La primera vez que descubren su propia imagen en el espejo, se sorprenden, tocan el cristal, hacen movimientos para ver si “el otro” también se mueve, se ríen. Es entrañable… Hasta que el ego, la vanidad, les posee y entonces… además de dejar su huella impresa en los espejos, nos arrastran literalmente para hacer excursiones interminables a todas las tiendas de cualquier centro comercial, para probarse TODO. Si teníais algún plan previsto, anuladlo. Es probable que aún estén probándose cosas cuando ya estén cerrando el centro.

En esta etapa ego-efervescente de vuestros hijos, os recomiendo encarecidamente que NO vayáis con ellos a la compra si queréis que vuestro presupuesto no se disparate. Porque sucede que, si les dejamos a ellos encargados de ir tachando las cosas de la lista, misteriosamente aparecerán productos que nosotros en la vida hubiésemos puesto (gel anti acné, mascarilla reparadora, parches que no se sabe muy bien para lo que sirven, esponjas suaves, esponjas rasposas, esponjas marinas, maquillaje, tónico, esmalte, quitaesmalte, laca, espuma, gel, protector para secador (los productos para el pelo suelen ocupar un tercio de su lista particular)). Y si están a dieta, ni os cuento. Porque a lo que nosotros hemos puesto utilizando el sentido común y la calculadora, ellos añadirán una ristra de cosas de lo más variopinta y carísimas, que ingerirán junto a la comida normal, por lo que la dieta será eterna.

En esta etapa, a los padres se nos ocurren cosas de lo más peregrinas. A mí, con cuatro chicas y un chico en casa, me vino a la mente la idea de poner un espejo en el baño tipo “59 segundos”. ¿Os imagináis? Pasado ese tiempo, el espejo se oscurece o baja mediante un mecanismo o se da la vuelta o se opaca. Jajajjajajjajaj. Sería genial.

 

Capítulo 27. El fantasma de la bata blanca.

Solo hay una cosa en el universo capaz de poner de acuerdo a todos los niños de este planeta y de los aledaños: La aversión por médicos, enfermeras, practicantes y toda suerte de fantasmas de bata blanca empeñados en cuidar su salud a base de vacunas, jarabes asquerosos, auscultaciones frías y pruebas tontas como sacar la lengua o tocarse la nariz con el pie. (A mí me lo han hecho, juro).

Investigando para este post, he descubierto que este terror a los médicos se llama iatrofobia. Ya el nombrecito se las trae.

Casi todos los niños sufren en alguna etapa de su vida esta fobia, sobre todo cuando son bebés y su único contacto con los “fantasmas”, es doloroso. Vacunas, inyecciones, frío, manoseo, estiramientos imposibles, apreturas de tripa… Pocos padres se libran del espectáculo y del berrinche antes, durante y después de la visita al pediatra, que por mucho muñeco que tenga pintado en la pared, sigue siendo para ellos un torturador pincha traseros.

En una familia normal, y sin que haya una enfermedad grave o crónica, hay por lo menos dos o tres visitas fantasmales al año con sus consiguientes llantinas y griteríos:  Vacunas, catarros, gripes, caídas, lombrices, anginas, varicela, dentista, ingesta de objetos no comestibles (canicas, clavos, clics, pegatinas…). Ya ni os digo si nuestros pequeños son asmáticos, tienen alergias alimentarias (Celiaquea, alergia a la lactosa, al marisco…), dermatitis o cualquier otra enfermedad que precise de una atención fantasmal periódica.

Puede suceder que tengas que hacerle un electrocardiograma a tu hijo y le entre un ataque de pánico de tal calibre que su corazón se disparate anulando la prueba. No habrá aparato que consiga medir el latido despavorido de su corazoncito asustado.

Y si hay que sacar sangre, a veces ni con tres enfermeros fornidos consiguen sujetar a la criatura.

Afortunadamente, en casi todos los casos, a medida que crecen, van dándose cuenta de que la cosa no era para tanto y acaban comportándose,  sobornados a menudo por nosotros los padres, que ponemos la chuche o el premio como cebo para que el puchero no se convierta en alerta nuclear, mientras les tratamos como héroes y  campeones subiendo su autoestima y su valor.

Yo no soy muy de médicos. Desafortunadamente he pasado mucha parte de mi vida entre traumatólogos, hospitales, hepatólogos y más traumatólogos. Creo que tengo iatrofobia aguda. Pero voy, aunque me ponga verde y se me pare un momento el corazón antes de entrar a la consulta. Sé que voy a salir, seguro, con doscientas recetas y el mismo dolor, pero voy.

Intenté que mis hijos no sufrieran ese terror y les hice tooooodas las revisiones necesarias, les puse todas las vacunas ( les pinchaba una enfermera con complejo de torero) y creo que han superado las fobias a los fantasmas blancos mejor que yo.

Hay personas que no lo superan y demoran y demoran ir al médico porque su fobia a los médicos puede más que su miedo a la enfermedad. Y todo viene de la infancia. Del terror nunca superado a los fantasmas de la bata. Vigilad eso, papás novatos. Que vuestros hijos consigan no ver en su médico al mismísimo Lucifer. No es grato ir al médico, pero tienen que darse cuenta de que es menos grato estar enfermo. Lo mejor, hacer porque estén sanos.  Y si hay que ir al médico, quitarle la sábana.

Capítulo 26. La Piedra Filosofal

¿Recordáis el  capítulo 2. ¿Por qué crece tan deprisa?. Era muy corto. Más que un capítulo, era una reflexión personal sobre la necesidad de ESTAR. Estar para nuestros hijos la mayor y mejor cantidad de tiempo que podamos.

Hay un refrán muy, muy viejo que dice que “el ojo del amo, engorda al caballo”. Hay que estar. Saber más de nuestros hijos que ellos mismos para poder guiarles, levantarles si caen, enseñarles, hacer que potencien sus virtudes, que limen sus defectos, que superen sus miedos. Nadie mejor que nosotros hará eso. Nadie. Y aunque tengamos la fortuna de poder contar con abuelos, tíos, hermanos mayores, cuñados, amigos, profesores (que es una gran, gran fortuna)… el cauce por el que discurran las aguas de nuestros pequeños, ha de ser el nuestro.

Ya sabéis que el manual instrucciones de los hijos es un objeto tan buscado como el Santo Grial. Misterioso, ambicionado, desesperadamente necesitado… Posiblemente, si a un padre le ponen a elegir entre la Piedra Filosofal y el manual de instrucciones de su hijo, no dude ni un instante en lanzarse a por el último. ¿Quién en su sano juicio querría saber transmutar cualquier sustancia en oro pudiendo conseguir la clave para ayudar a construir la identidad  y la felicidad de sus vástagos? Venga, venga… Intuyo sonrisitas burlonas por ahí… Pero pensadlo bien. Si supierais exactamente lo que hacer en cada momento, si contarais con ese manual para no peder el norte con vuestros hijos, para hallar una solución a cada problema siempre ¿Acaso no sería esa una maravillosa piedra filosofal?

Al principio, cuando somos absolutamente novatos, daríamos la mano derecha (si no nos hiciera falta para cambiar pañales) por lograr uno. Un manual, aunque fuera pequeñito. Cuando ya llevamos años de práctica y nos enfrentamos a la adolescencia, nos damos cuenta de que todos los problemas previos eran “pecata minuta” y rogamos por un manual del tamaño del Libro Gordo de Petete.

En tres de los capítulos de este blog  Capítulo 20. ¡¡¡Socooooorro. Hay un adolescente en mi salón!!!  Capítulo 21. ¿Por dónde se abre este Tupper? y Capítulo 25. Toc, toc ¿Hay alguien ahí? se trata el tema de los adolescentes. Bueno. Más bien se trata de cómo enfrentarnos nosotros, los padres, a la adolescencia desconcertante de nuestros hijos. Sin embargo, aunque es cierto que los cambios son profundos y que en esa trilogía se habla de ellos, no lo es menos que se aborda el tema desde la perspectiva de unos padres afortunados que han de enfrentarse a adolescencias benignas. Digamos que a una especie de sarampión generacional más o menos virulento, cuyos síntomas,  (El acné, el despiste, la música desde el amanecer hasta el ocaso, las horas y horas y horas hablando por teléfono o whatsappeando, las horas y horas y horas y horas alternadas entre el espejo y el armario, las dietas (miles), los caprichos, las amistades para siempre que terminan a los dos días, los cambios repentinos de humor…) aunque desconcertantes a veces, enervantes otras, con paciencia, amor, humor, mucha mano izquierda, disciplina y tiempo, se pasa.

¿Pero qué hay de las adolescencias que son una ruptura absoluta, un dolor, una guerra librada batalla tras batalla, sin treguas, sin descanso…? Nada de lo que hacemos resulta. El desencuentro es lo que encontramos. Y la frustración. Cuando un hijo amado, educado desde la cuna para ser honesto, útil y feliz, de pronto se nos convierte en un extraño, violento, doloroso, capaz de olvidar su casa, su familia, incluso de maltratar a sus padres, la sensación que flota por el seno familiar, es de fracaso.

Es muy difícil enderezar el arbolito si no le hemos puesto las guías a tiempo. Igual no hemos sabido o no hemos podido, pero es obvio que mucha parte de la responsabilidad de lo que les pasa a nuestros hijos, es nuestra. Lo que hayamos sido capaces de enseñarles, los valores que hayamos inculcado en sus corazones, el ejemplo que les hayamos dado, las normas que les hayamos hecho respetar… Nosotros somos los cimientos en los que se construye su ser y aunque es verdad que luego, cuando crecen, hay otras influencias, la nuestra es la clave para conseguir que nuestros hijos sean seres humanos dignos.

Las consecuencias de nuestra debilidad, del no saber decir NO o de decir NO demasiado, de no saber mantener nuestra palabra, nuestras promesas, nuestras normas, pueden ser devastadoras. Si no hemos sabido educar en respeto, si no hemos sido capaces siquiera de respetarnos entre nosotros, los padres, si no hemos hecho nuestro trabajo desde la cuna, si la convivencia en el hogar ha sido insostenible… entonces, no nos sorprendamos luego de que nuestros hijos puedan llegar incluso a ser drogadictos, delincuentes o quién sabe si algo peor.

Hacer mal nuestro trabajo de padres o no hacerlo, nos otorga muchos boletos para que nos toque vivir la traumática experiencia de ver que nuestros niños, de pronto, son tan inestables como una bomba de neutrones. Violentos, vagos, abusadores, faltos de empatía y de respeto, incapaces de valorar cosas como el trabajo, la gratitud, la generosidad…

Puede resultar exagerado, pero es cierto. Todos los asesinos, tienen padres y seguro que ellos lo intentaron hacer lo mejor que supieron. ¿Qué pasó entonces? ¿Dónde estuvo el fallo? ¿En qué momento perdieron el control de lo que pasaba en su hogar?

Pero pongamos por caso que la infancia fue como la seda, que hubo felicidad, armonía, buen desarrollo sensorial, intelectual, afectivo… incluso si todo fue bien, pueden ocurrir en un abrir y cerrar de ojos cosas que marquen el principio del fin. Un divorcio en el que no sepamos anteponer la estabilidad y la tranquilidad de nuestros hijos a nuestras rencillas y rencores personales, un no poder ESTAR porque el trabajo fagocita nuestra vida, un cambio de entorno, de colegio, de país incluso… O todas juntas. Y de la noche al día, nuestro vástago busca llenar esos vacíos, esas carencias, con gente que ni siquiera conocemos.

En realidad, no es repentino. Nuestros hijos dan muchas señales de que las cosas no van bien. Pero si no estamos atentos, no las veremos. Es muy difícil atender todos los campos de nuestra existencia sin que se nos escapen estos detalles. Como dice alguien a quien quiero con toda el alma, los padres somos malabaristas, artistas del platillo en el palo, intentando que todos los platillos de nuestro día a día, sigan dando vueltas sin caerse.

Y se caen. Y cuando se caen y se rompen, es cuando nos damos cuenta.

Hay que ESTAR, hay que DARSE CUENTA, hay que mantener un equilibrio vital que les de seguridad a nuestros hijos. Ser ecuánimes para conseguir atender y entender por qué fase andan nuestros pequeños.

Y si ya el mal está hecho, si el problema está ya en el hogar y nuestro adolescente es un conflicto ambulante, aún en ese caso, no perdamos ni la esperanza ni el coraje. Todo tienen remedio menos la muerte, así que vayamos a por el remedio.

Cada caso es un mundo, pero impepinablemente, el remedio pasa por la adopción de medidas extraordinarias. A grandes males, grandes remedios. La primera, es cambiar nuestra actitud. Ser padres con Mayúsculas, retomar las riendas. Alejar a los hijos de las malas influencias, es a veces una solución que por sí sola funciona. Romper el chip, la inercia que provoca esos comportamientos, obligarles a hacer algo que les ocupe (si es que aún nos queda algo de autoridad para con ellos). Por supuesto, mantener las normas  y no permitir que se rompan. Es desagradable, doloroso y desagradecido, pero no queda otra que aplicar la disciplina amorosa, la exigencia de respeto en el hogar, de un comportamiento digno, de un resultado escolar aceptable. Y con todo el dolor del corazón, si no funciona así, pedir ayuda, reconocer que no somos capaces de hacer carrera de nuestros hijos y recurrir a especialistas que nos orienten antes de que sea tarde.

El objetivo, el de todos los padres, es construir seres humanos válidos, capaces, honestos, comprometidos… Es nuestro trabajo, nuestra misión. Hagamos pues que sea posible.

Capítulo 25. Toc, toc… ¿Hay alguien ahí?

La velocidad media de tecleado de un adolescente sobre el móvil, es casi la de la luz (miaja más, miaja menos).

A veces, uno tiene la sensación al mirarles, de que se les va a caer un dedo en cualquier momento, dislocado ante semejante ejercicio. Menos mal que estos aparatejos tienen un sistema para que no se escuche, porque si no fuera así, os garantizo cefaleas, insomnio y otros trastornos que pueden llegar a la locura.

Se levantan, se acuestan, comen y hasta se duchan con él teléfono, pendientes del mundo que han fabricado junto a su grupo. Y les sorprendemos con expresión ausente o divertida o indignada o estallan en carcajadas, móvil en mano, ajenos al devenir del resto del universo.

El aislamiento se acrecienta si además, los auriculares separan mediante un chorro de decibelios que roza lo  ilegal, a nuestro adolescente del entorno. Si no es con un megáfono, ni nos escuchan, oye.

Ya en el Capítulo 20. ¡¡¡Socooooorro. Hay un adolescente en mi salón!!! , amén de un Kit de supervivencia para afrontar la mutación de nuestros niños, os apuntaba algunas cosillas sobre esta etapa, la adolescencia, que si bien a veces es desconcertante, también es fascinante e increíble.

Aunque nos gustaría que siempre fueran pequeños, dóciles y manejables, por esas cosas de la vida, nuestros hijos se hacen mayores y descubren que fuera de casa, del hogar, hay todo un universo de gentes, ropas, músicas, ideales… Y como lo nuevo fascina, lo que ya tienen aburre.

Nosotros, papás novatos, nos enfrentamos a la debacle. Nuestros andamios peligran, se balancean peligrosamente al embate de vientos que no conocemos.

Podemos oponernos, pero perderíamos. No hay aliciente mas potente que llevar la contraria.

Hay adolescencias leves. Casos en que el tránsito de la infancia a la juventud es gradual y pese a que siempre hay una cierta rebeldía, un cuestionar a los padres, un reafirmarse, con una amalgama de amor, negociación, psicología y autoridad, conseguimos que nuestros niños, crezcan y se desarrollen sin que se rompa la armonía familiar. Suele ocurrir así si la infancia también ha sido armónica, si lo hemos hecho lo suficientemente bien con ellos para crearles apego al hogar, respeto, cariño, responsabilidad con sus estudios, ganas de crecer, de aprender, de ser autosuficientes y auténticos. Es inevitable que encuentren en sus amigos un calor diferente y que aparezca el amor, la atracción sexual y todas esas cosas que para nosotros, son una preocupación.

Pero nuestra mayor preocupación, debería ser la ignorancia. Informar e ilustrar a nuestros hijos, con naturalidad y con un lenguaje sencillo, es la mejor manera de evitar problemas. No podemos protegerles de todo a todas horas. Les convertiríamos en seres débiles y pusilánimes. Tampoco podemos dejarles que se den el tortazo sin, por lo menos, unos buenos amortiguadores. Hemos de darles las herramientas para que ellos salgan airosos de sus batallas y esas herramientas, no son otras que el amor, la educación y la información (Sobre TODO. Si nosotros no se la damos, una de dos, o la buscan y la encuentran fuera o se enfrentan a situaciones difíciles sin los conocimientos suficientes para superarlas).

La crianza de nuestros hijos es una evaluación continua. Ellos son nuestras notas. No pensemos que vamos a poder enfrentar con éxito una adolescencia, que ya de por sí es un época complicada, si no hemos aprobado las etapas anteriores. E incluso si las hemos aprobado, a veces ocurren cosas extraordinarias, fuera de programa, que hacen que la adolescencia de un hijo sea una herida abierta en el corazón. Son adolescencias violentas, problemáticas en las que nuestros esfuerzos para guiar el arbolito, (Capítulo 4. Guiar el Arbolito) son arrastrados por un vendaval potente e incontrolable. Ese será el tema del siguiente capítulo.

Todas las etapas de nuestros hijos son fascinantes y profundamente instructivas. Los hijos son la mejor escuela para crecer uno, para aprender y rectificar. En realidad, crecemos con ellos y mutamos nuestra relación en función de su evolución.

Ya os digo. Amor, educación, información, sentido común y muchíiiiiiiisima paciencia.

Carta a los Magos

Soy el procesador ZxP 38428-J. Estamos en el siglo XXIII, en la base espacial Casiopea.

Informo de que he interceptado una misiva de la “Resistencia“ con el título “Carta a los Reyes Magos”, que según el protocolo, puede ser considerada subversiva y susceptible de alta traición. En ella, se solicita armamento inclasificable para destruirlo todo.

Envío dicho material para su valoración.

“Queridos Reyes Magos.

¿Aún existís?

Me llamo Su y vivo en la base espacial Casiopea, a miles de años luz de lo que un día fue la Tierra. Estamos en el siglo XXIII. Tengo 49 años.

He encontrado una lata con cosas viejas. Algunas no sé qué son. Otras he conseguido darles nombre mirando en la base de datos. Parecen más vivas en mi mano de lo que dicen las pantallas. Hay una muy extraña… Son palabras escritas con algún tipo de pigmento sobre una finísima superficie que en su día, debió ser blanca. Entiendo el lenguaje, pero no el significado. Sí parece escrita por un pequeño y os escribe a vosotros. Os llama de tú, así que yo también lo haré. Y os pide algo… Os pide un libro. He buscado “libro” en el diccionario electrónico homologado y no parece muy emocionante: “Un libro (del latín liber, libri, ‘membrana’ o ‘corteza de árbol‘) es una obra impresa, manuscrita o pintada en una serie de hojas de papel, pergamino, vitela u otro material, unidas por un lado (es decir, encuadernadas) y protegidas con tapas, también llamadas cubiertas.”

No tengo idea de cómo es un árbol, ni me imagino el pergamino o la vitela… pero este pequeño, dice que un libro sirve para un montón de cosas maravillosas:

Para enredarse en las letras, disolverse en la tinta y en las hojas, deslizándose por los raíles de los renglones que llevan al sueño, al mundo fantástico o a la otra orilla.

Para huir del tiempo y del espacio y viajar a mundos ignotos.

Para pintar el verde de la hierba, soplar las hojas de otoño, poner la nieve en las cumbres. Trazar el perfil del bandido, el traje de la reina, el parche del pirata. Para ser cualquiera de ellos o todos o ninguno.

Dice que puede parar la historia, replegarse como los cangrejos o avanzar a galope veloz y que cuelga de la pluma de  la Maga de las Letras y es una gota de tinta convertida en estrella, o en barco o en batalla…

En la descripción del diccionario no menciona qué tipo de alimentación energética lleva un libro. Baterías… Pilas. Es raro, porque el diccionario electrónico nunca omite ese tipo de detalles. Así que creo que un libro no se enchufa a ningún sitio… Aquí todo se enchufa. Todo sale de pantallas o se escribe con teclas.

Algo que no se enchufa… Algo que te salva…

Queridos Reyes Magos… Si estáis en alguna parte de esta galaxia y recibís mi mensaje, yo también quiero un libro que me haga soñar.

Su.”

Carta finalista en el concurso de cartas a los Reyes Magos de Random House Mondadori 2013