12. Asalto a tu boca

Si me miras, si alzas la barrera de tus párpados y me ensartas en tu cielo cristalino…Si lo haces…te robaré el aliento atacando tu boca de vanguardia.

Pero has de tirar el muro, franquearme la entrada hasta tu beso desde el pasaje de tus pupilas cálidas.

Mientras tanto, acechando estoy en mi trinchera, paciente, sin perder detalle.

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11. Kronos

KRONOS.

El viejo Kronos se ha quedado dormido.

-Uys… Llego tarde.

Se levanta a toda prisa y le da cuerda al Reloj de la Vida.

La rueda de los segundos empieza a girar. Tic tac, tic tac. Cuando da una vuelta completa, la rueda de los minutos avanza un paso. Clic…

Sesenta clics… la rueda de las horas gira perezosa. Clac.

Veinticuatro clacs… ¿Qué ocurre? La rueda de los días no avanza. Se ha quedado atascada.

El viejo Kronos la engrasa, la empuja. La rueda chirría… hiiiiiiii.

-¡Venga, muévete!

Por fin, se suelta. Zzzzzzzzzzzzip.

Sobre el inmenso reloj de ruedas, está la bola del mundo. Kronos sube hasta allí por una enorme escalera de caracol.

-Vamos a ver… ¿Por donde iba? ¡Ah, si…! Ya recuerdo… La primavera…

Camina lentamente alrededor del planeta, buscando la porción que aún le queda por pintar.

Ya ha teñido de amarillos calientes y brillantes las regiones donde el verano se derrama y de púrpuras, naranjas y ocres allí donde los árboles se visten de otoño. Ha cubierto de blanco y plata la parte del mundo donde ha llegado el invierno… Solo queda hacer nacer la primavera… Usará verdes suaves y colores nuevos, alegres. Sí… eso hará.

Kronos busca su caja de colores, su paleta, sus pinceles… Toma un verde tierno y da un toque fugaz sobre un brote recién nacido…  Se aleja y lo mira… Le gusta. Entonces vuelve y se vierte entero por el pincel, impregnando el aire, la tierra y el crepúsculo… Pinta con entusiasmo las hojas que brotan, las flores que nacen… acá y allá, añadiendo color a diestro y siniestro: Tonos dulces y suaves en los brotes nuevos,  delicadas pátinas blanquecinas en las brumas, dorados limpios y amables en el tenue resplandor del sol primaveral…. En campos, bosques y lomas, los colores vibrantes e intensos lo cubren absolutamente todo: Rojo ardiente para las amapolas, amarillo vivo para los girasoles, esmeraldas, morados, malvas, rosas…

Está tan absorto y concentrado, que el gran reloj de ruedas  le sobresalta con el primer “gong” potente y sonoro que anuncia el cambio de estación.  No se ha dado cuenta de que el tiempo se ha escurrido tan deprisa.

Da un paso hacia atrás, todo salpicado de verdes, escarlatas y azules y mira con atención la primavera recién pintada. Va hacia la derecha, hacia la izquierda, se acerca de nuevo, se rasca la barba y sonríe. Le gusta.

Luego, mientras el siguiente “gong” resuena en el reloj, Kronos camina lentamente alrededor del mundo, observando el conjunto de su obra. El cálido verano… el melancólico otoño, el blanco y gélido invierno… Cuando llega de nuevo a la hermosa y feliz primavera, el cuarto y último “gong” vibra y se pierde, anunciando que en ese mismo momento, se estrena la estación que Kronos acaba de terminar.

-Justo a tiempo…Perfecto…Perfectamente perfecto.

Limpia la paleta, los pinceles, guarda su caja de colores y baja sonriendo la escalera de caracol.

Revisa el Reloj de la Vida y se asegura de que todos los “tic-tac” los “clic”, los “clac” y los “zip”, suenen perfectamente. Ajusta las ruedas, saca brillo a las agujas, engrasa los ejes…

Cuando termina, se mete en la bañera y frota y refrota todas las manchas que cubren su barba y sus manos y su pelo. Luego, se pone el camisón y el gorro de dormir, se tumba en su hamaca y desde allí, mira hacia el mundo que gira, completamente pintado.

-No ha quedado mal,…nada, nada mal.

Y se duerme hasta el siguiente cambio de estación, satisfecho.

 

10. Papelitos

Él escribe en papelitos amarillos, derramándose en letras y palabras.

Ella los recibe, los besa, se vierte en otros que le envía a él en botellas peregrinas.

Ella en una orilla del océano, él en la opuesta, oteando horizontes,

Él ya no resiste.  Tanto y tanto escribe, tanto teme perderla en la distancia, que su alma se disuelve por completo en los papelitos, en miles de ellos, gritando besos y amores que el viento arrastra a través del firmamento, cruzando el mar, hasta la playa donde ella aguarda.

Se vierte sobre ella. Parece haber llegado el otoño.

Ella siente caer las hojas, muy suavemente, miles, amarillas, sobre la arena.

Son hojas cuadradas y chiquitas.

Recoge la primera: “Te amo.” recoge la segunda: “Te deseo.” recoge la tercera: “Te necesito”… Brinca por la playa rescatando los mensajes, persiguiéndolos…

Besos, abrazos, susurros, caricias… Todo el amor en cuadraditos.

El viento los arrastra. Ella corre tras ellos, intentando que no se pierda ninguno.

Y de pronto, cuando ya los ha atrapado todos, un remolino de aire se los arranca de las manos y los agita y los sube hasta las estrellas y los vuelve a bajar, girando, girando, hasta que los deposita de nuevo en la arena, uno sobre otro, formando una figura…

Ella mira asustada, quieta… El remolino casi ha dejado de girar. Los últimos papelitos se posan del todo y entonces, él recupera su alma, su amor y su vida, guardados en aquellos papelitos amarillos tan hermosos, arrastrados por el viento y recupera su cuerpo amante y la abraza a ella, ¡a ella! que aun tiembla.

9. Marea

Cada noche, cuando el último resplandor del ocaso se esconde entre las sombras, el farero prende su faro, lo ajusta, se asegura de que todo funciona bien y prepara café, mate y chocolate caliente. Es la señal. Las tazas humean, los ojos brillan… todos esperan en absoluto silencio.

Entonces, el farero comienza a contar sus cuentos marinos, cuentos de criaturas que ha visto en las largas noches de vigilia, historias de bailes de medusas a la luz del faro, de vuelo de peces mariposa en el horizonte … y de sirenas.

  • – “Las sirenas siempre son hermosas en los cuentos, pero en realidad, las hay de todas clases. Las hay grandes y chiquitas, las hay peludas y pelonas, con cola  larga y de movimientos elegantes  o con colita menuda e inquieta. Las hay guapas y feas, de ojos grandes o achinados; con nariz respingona o con forma de martillo… Y también hay sirenos. Sin embargo, todos los cuentistas hacen hermosas leyendas sobre sirenas bellas y esbeltas, de largos cabellos ondulantes y colas irisadas que embrujan a los marinos para hacerles naufragar. Probablemente nunca han visto una. Hay que mirar atentamente el mar durante horas y días y meses, con tormenta o con aguas calmadas. Hay que escrutar el agua hasta que se dejan ver.”
  • -¿Tú has visto alguna?
  • -Sí… He visto una.
  • -¿Y cómo es?
  • -Es extraña, fugaz… como los sueños. Está completamente calva y sus ojos son claros como dos enormes trozos de hielo. Tiene la piel celeste y los labios de un azul tan brillante, que duele al mirarlos. Siempre nada sola y baila danzas de agua en la estela que deja la luna sobre el mar. Y canta… como todas las sirenas. Tiene voz de ola, de arena cálida, de rayo de sol sobre las espumas y hace con su música y su risa que las noches no sean tan tristes y solitarias. Me trae caracolas del fondo del mar, viejos doblones de barcos hundidos, floretes de bravos piratas… Y me lo deja todo en las rocas, donde se recuesta a escuchar mis cuentos. Fijaos… Anoche me trajo una perla y un trozo de coral y una estrella muy tímida y una flor.
  • -¿Y cómo se llama esa sirena?

El farero sonríe mirando el horizonte iluminado por el haz del faro.

  • -Marea… se llama Marea.

Fuera, al pie del faro, Marea escucha. Le gustaría subir, estar más cerca, pero la luna la llama y no puede detenerse. Deja en las rocas una pequeña piedra de ámbar y una vieja vasija sellada y un pañuelo  y se va, brincando entre las olas.

12. La madre

La madre mira a sus niños
con sus ojos de colores
con su sonrisa de nata.
Los niños, que juegan, juegan,
van montados en el viento
e imponen su movimiento
al espacio todo.
Los niños suben y bajan
mientras la madre vigila.
Hila y teje la vida sus tapices.
Y el barco Tiempo navega
por los mares de la historia
mientras la madre amamanta.

11. ¡Corre Yaya, que te pillo!

¡Corre yaya que te pillo!

La yaya corre que corre

volando por los pasillos.

Yaya, yaya, ¿Dónde estás?

¡Escondida! ¡Busca más!

¿Estás detrás de la puerta?

Frío, frío

¿Y debajo de la cama?

Más caliente.

¿En el armario? ¡Zis zas!

¡No tienes que buscar más!

¿Me pillas, yaya, tú  a mí?

¡Claro que sí!

¡Corre Susi, que te pillo!

Te buscaré a la de tres,

pequeño somormujillo.

10. ¡Ay mi amor! ¡Ay mi amor!

 

“Estaba la pájara Pinta…”

Susurra suave mi abuela

leyendo el libro amarillo.

“…Sentadita en el verde limón…”

Me acuna sobre su pecho

mientras se inventa las notas.

“…Con el pico picaba la rama…”

El sueño revolotea

jugando con sus anillos.

“…Con la pata picaba la flor.”

Desea que yo termine,

que repita el estribillo

con esta lengua de trapo,

que se la ha comido un gato,

por ser yo un somormujillo

de dos años y algún rato.

“…Ay mi amor… Ay mi amor…”

Cierra mi abuela el librillo

que ya no tiene color.

Me acuesta leve en la cuna,

y me da su beso leve.

El sueño me arrulla en breve.

Siento su paz interior

que siempre sobre mí llueve.

8.LA CAJA

Fijaos… Esta es la ciudad en la que, todo, absolutamente todo, es gris. Si algún día os perdéis y llegáis sin querer a este lugar peculiar, también vosotros os volveréis grises y no recordaréis nunca haber sido de otra manera… Pero os estoy distrayendo… Estad atentos. Hoy es el día del Gran Juicio. Mirad, mirad…

Mirad a Marcial, el jardinero, segando la hierba cenicienta mientras Don Lino corre apresurado con su toga y su peluca.

Shhhhhhhhhhhh. Guardad silencio. Va a entrar en La Sala. Sigámosle, a ver qué está pasando.

Doña Úrsula y Doña Enriqueta han ocupado los primeros asientos, como siempre. No quieren perderse ni un detalle.

También han llegado el alcalde, el cura, el doctor… Todos los habitantes de la ciudad están aquí y murmuran y comentan curiosos. El Juez se está impacientando. ¡Tapaos los oídos! Va a dejar caer su mazo sobre la mesa. ¡TOC! ¡TOC! ¡TOC!

Ahora, el silencio es total.

-¡Traigan al prisionero!

Por la pequeña puerta del fondo, está saliendo el acusado. Lleva un traje de rayas blancas y negras de preso y le han puesto una capucha en la cabeza y guantes en las manos.

Un rumor se extiende por la sala. El Juez está perplejo.

-Abogado… ¿Puede explicarme por qué el prisionero va encapuchado como si fuera un halcón?

El abogado Don Lino se levanta muy nervioso, sujetándose la peluca.

-Claro, señoría… Este preso, no es otro que el viejo pintor. Todos recordamos su apariencia amable, su barba cana y su pelo largo… Pero no nos dejemos engañar. Ahí donde le ven, este hombre ¡Es un peligro! No solo ha robado LA CAJA del Museo sino que además, ¡Ha intentado abrirla! Bajo esos guantes y esa capucha, se esconden las pruebas del delito.

El Juez está observando minuciosamente al prisionero.

-Veamos esas pruebas… Comisario Bobo… Quítele todo eso al viejo pintor.

Don Lino protesta. ¿Y si LA CAJA le ha contaminado?

Pero el comisario Bobo, ya ha cogido el larguísimo palo que se usa para abrir las ventanas más altas e intentando no acercarse mucho, por si Don Lino tiene razón, le quita la capucha al acusado.

¡Madre mía! ¿Qué le ha pasado? Todos  en la sala se echan para atrás, temblorosos, al ver la su cara.

Cuando el comisario Bobo le consigue quitar los guantes, un nuevo rumor lleno de asombro y de espanto se eleva entre los presentes. Algunos se levantan para escapar. Doña Úrsula y Doña Enriqueta se desmayan. Hay un caos tremendo. El Juez golpea furioso su mesa con el mazo. ¡TOC! ¡TOC! ¡TOC!

-¡Orden! ¡Orden! Don Lino… ¡Quiero ver ahora mismo esa dichosa CAJA!

Don Lino tiembla -Claro, claro señor Juez… Comisario Bobo… Tráigala.

El comisario Bobo se ausenta un momento y regresa con una viejísima caja de madera. El Juez observa la prueba. Es un vulgar maletín, casi sin barniz y muy, muy gastado.

-Francamente, no parece gran cosa. ¿Qué demonios hay dentro, Don Lino?

-Nadie lo sabe, señoría. Algo horrible, sin duda. Fíjese como quedaron las manos y la cara del acusado.

El Juez mira desconcertado al prisionero… mira a Don Lino…mira LA CAJA… Vuelve a mirar al viejo pintor.

-Anciano… ¿Se encuentra bien? ¿Le duele algo?

El anciano le mira con sus increíbles ojos transparentes y raros y sonríe.

-No, señoría, no me duele nada de nada. En realidad no me he encontrado mejor en toda mi vida.

El Juez mira de nuevo LA CAJA.

-Me temo que vamos a tener que abrirla para enteramos de lo que contiene.

Don Lino parece volverse loco. Se abraza a LA CAJA para no dejar que nadie la toque.

-¿Está usted mal de la cabeza? ¡Ocurrirá una desgracia, una desgracia enorme, si la abre!

La gente se pone de pié, grita, manotea y opina sobre el asunto ¡Qué se abra, que no se abra…! ¡Vaya lío!

Pero… ¿Qué hace el prisionero? Fijaos… Aprovechando la algarabía, se ha levantado y camina decidido hacia Don Lino, que sale huyendo, para que el viejo no le toque con sus extrañas manos.

Antes de que el comisario Bobo consiga sujetarle, el anciano suelta los cierres de LA CAJA y la tapa se empieza a abrir. Una extraña e intensa luz se escapa por la rendija. No es blanca, no es gris, no es negra… ¿Qué está pasando?

Don Lino se ha escondido bajo los asientos. -¡Se lo dije!… ¡se lo dije!… ¡Una terrible desgracia…!

LA CAJA se ha abierto del todo y un torrente luminoso y multicolor  inunda la sala, baña a todos los presentes, se escapa por las ventanas y llena el cielo y las hojas y los árboles y la hierba. El gris va desapareciendo de flores y calles, de pieles y cabellos y surgen colores que nadie conoce ni sabe nombrar. ¡Asombroso!

El juez ha dado tantos mazazos pidiendo orden, que ha hecho un agujero en la mesa. No puede creer lo que está ocurriendo. Se rinde y se une a los que salen a la plaza a contemplar el milagro y todos se asombran y exclaman y se descubren unos a otros, rubios, morenos, de ojos de hierba o de cielo o de tierra.

Mirad a Don Lino saliendo disimuladamente de debajo de los bancos. Ha perdido la peluca por algún sitio y su calva reluce descarada. Se escabulle entre la gente murmurando: Una desgracia… ¡Una terrible desgracia…!

La sala está casi vacía. Solo queda el viejo pintor. Todos los demás están tan entretenidos descubriendo el mundo recién pintado, que se han olvidado de él, así que sale tranquilamente por la puerta y se aleja. ¿Le seguimos?

Se dirige hacia el parque. Mirad…Mirad a Marcial…Sigue segando la hierba. Ya no es cenicienta. El pobre se pegó un buen susto cuando cambió de color, pero ahora huele tan bien cuando la corta, que ha decidido segar todos los jardines del parque. El viejo pintor se detiene, saluda a Marcial, aspira el aire, contempla los árboles y las flores El sol baila entre las hojas, se posa sobre los pájaros de increíble plumaje, estalla en pequeños arcoíris al colarse entre las gotas del riego y el pintor descubre miles de tonos y hermosos  colores que cambian con la luz. ¡Quiere pintar!¡Tiene que pintar todo cuanto ve!

Se despide de Marcial, apresura el paso y desaparece silbando calle arriba.

 

9. Buenos días mis niños

 

Aún el sol en su cuna de algodones,

bostezando sus rayos perezosos.

Vuestros cuerpos, pequeños y mimosos,

escondidos entre sueños y almohadones.

 

Eficiente y puntual, siempre a su hora,

el reloj suena constante y machacón.

Os hundís un poco más en el colchón

arañándole segundos a la Aurora.

 

De la vieja cafetera chamuscada

salen humo y aroma a borbotones,

invitándoos a bajar los escalones

de la pobre escalera trabajada.

 

Y al galope: “¡Se te olvida la maleta!

¡Péinate que pareces un poseso!

¡Súbete los calcetines!¡Dame un beso!

¡Te has puesto del revés la camiseta!”

 

Y a vueltas con el cepillo y el tirón,

la colonia en vuestras pieles de bebé,

y mi amor en los bigotes de café

y un “Hasta luego mami” en el portón.

 

Viene el silencio entonces, remolón

y me acompaña un rato hasta que ve

que se acerca la hora en que yo sé

que vuelve  del “cole” ya mi batallón.

7. La azarosa vida de una pelusa.

Mi papá dice que la aspiradora fue el comienzo del fin, la debacle, el Apocalipsis de nuestro mundo.

Ese artefacto rugidor y terrorífico, era para él el mismísimo demonio.

En nuestra casa al principio, no había aspiradora. La dueña era una anciana con artrosis que malamente podía barrer detrás de los armarios. Todo lo demás lo tenía limpísimo, pero la buena mujer no tenía fuerza para rodar los muebles ni para agacharse, por lo que los rincones oscuros y escondidos, nos mantenían a salvo.

El mejor lugar para jugar, era debajo de la cama. La colcha ocultaba nuestra presencia, pero dejaba pasar un ligero resplandor y era muy agradable dejarse llevar por la brisa.

Correr por el pasillo a otra habitación era peligrosísimo. A veces, la anciana cazaba a alguna de nosotras con un trapo húmedo o con la fregona y no volvíamos a saber de ella.

Un día, la anciana se puso enferma. Se pasaba el día en la cama y no podía limpiar. Y entonces llegó LA ASISTENTA.

Yo soy chiquita. No sabía lo que era una asistenta. Pero mis abuelos y mis padres, organizaron una especie de “¡¡¡sálvese quien pueda!!!” y nos aleccionaron a los más jóvenes para que nos mantuviésemos detrás de los armarios o en los rincones para evitar sucumbir.

Una exageración, seguro. Por lo menos eso pensaba yo, hasta que una mañana se escuchó por toda la casa un rugido ensordecedor que iba y venía.

-“¡Es la aspiradora, es la aspiradora!” Mi madre temblaba con una hoja y mi padre intentaba consolarla, pero él temblaba también.

A medida que el rugido se hacía más y más fuerte, un viento con un olor rarísimo tiraba de nosotros hacia fuera.

–       ¡Corred! ¡Detrás del cabecero!

Era difícil ir contra aquella fuerza que succionaba todo lo que iba encontrando a su paso.

Mis hermanos, mis primos y yo subimos volando detrás del cabecero. También mis padres y mi abuela. Pero mi abuelo estaba tan gordo, llevaba tanto, tantísimo tiempo creciendo detrás de la pata de la cama, que no pudo subir.

Intentó esconderse pero aquel tubo aspirador le encontró y se lo comió en un abrir y cerrar de ojos.

Mi madre lloraba, nosotros los pequeños chillábamos… mi padre maldecía a la aspiradora… No sirvió de nada.

El lugar que ocupó mi abuelo tantísimos años estaba vacío. Era raro. De pronto se había ido.

Nos dimos cuenta entonces de que no se había marchado sin pelear. De alguna manera había atascado la aspiradora, que empezó a sonar muy mal y a soltar humo hasta que se quedó callada.

La asistenta se enfadó bastante y se llevó el aparato infernal fuera de la habitación mientras farfullaba toda clase de cosas. Y con la aspiradora, se llevó para siempre a mi abuelo.

Trajeron otra aspiradora, pero hemos aprendido a escondernos bien.

Vino una vez a nuestra casa una pelusa viajera que nos contó un montón de cosas interesantísimas. Nos dijo que había casas donde los armarios no tenían patas. ¡Estaban empotrados en la pared!

-Es muy difícil esconderse allí, pero generalmente, en el suelo del armario, donde están los zapatos, rara vez limpian. (Bueno es saberlo, por si de pronto nos da por mudarnos).

También nos contó que han inventado un plumero que no tiene plumas. Es una especie de cosa con pelos que nos atrapa con electricidad estática o estética o estótica… No recuerdo muy bien cual palabreja era.

Y hay una cosa que llaman mopa que sale de caza embadurnada en un potingue apestoso para apresarnos.

Antes de irse, nos confió un secreto: Las aspiradoras no nos matan. Solo nos retienen en unas bolsas y con un poco de habilidad, es posible escapar de allí. Y también nos dijo que lo realmente peligroso, es la fregona. Si te pilla y te mete en el cubo, no lo cuentas.

Cuando se fue, me quedé con ganas de acompañarla. Esta vida es un absoluto aburrimiento. Todo el día escondida para no ser víctima de algún desaprensivo o alguna obsesa de la limpieza pertrechada con artilugios asesinos.

Creo que me voy a marchar. Y buscaré a mi abuelo. A lo mejor consiguió salir de la aspiradora.