18. Juan

 

Juan contabiliza todo, mide la vida, la pesa, la tasa.

Es asesor financiero…Un triunfador.

Sabe cuánto de cada qué posee, cuanto falta, cuanto vale.

Cuenta los besos que da, las mujeres que amó, las camisas listadas, las de cuadros.

Mide en decibelios la pasión. Seguro que guarda un aparato en algún sitio para poder calcular eso…

Siempre pregunta cuánto, cuándo. Nunca cómo o por qué.

Juan cuenta las olas que rompen en la playa. No las destroza a saltos felices ni se deja mojar por ellas.

Juan, como el contable del Principito, sabe de cada estrella su distancia, su peso y composición. No las cuenta porque ya sabe cuantas hay…Infinitas…

Y no se embelesa con su luz ni se enamora contemplándolas.

Juan piensa que más es mejor.

Poder acotar la realidad le hace sentir seguro.

Un día encontró unos ojos verdes, raros y se hundió en ellos. No pudo contar los besos porque le aturdió un vértigo hermoso y olvidó sus sumas.

No pudo medir el amor porque el amor le envolvía, le bañaba, le trepaba por las piernas en un viaje febril.

Perdió el control en el precipicio de la entrega y cuando se quiso dar cuenta, se había derramado sin contabilizar nada en absoluto.

Juan tembló; Juan lloró y cuando el terror le dejó moverse, escapó de aquella mujer peligrosa y extraña que había roto sus límites.

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15. Tus labios

 Tus labios son una brisa

besando mi piel caliente,

recorriéndola sin prisa. 

Tus labios son sentimientos

que vuelan hasta mi boca,

privándome del aliento.

Tus labios son mariposas

que explorando, van volando

y entre los míos se posan. 

Tus labios son dos destellos,

reflejándose en mi vientre

y en mi seno y mis cabellos. 

Tus labios sobre mis labios,

y sobre mi piel tu boca.

Tu aliento suave en mi seno

y mi palpitar sereno

con tus labios se desboca,

y se convierte en corcel,

que ajeno a rienda y cordel,

apasionado, galopa.

17. La Casona de Colores

Se escabulle a La Casona de Colores.

Solo tiene que atravesar algunas callejas oscuras y pasar las vías con cuidado.

Ha estado allí muchas veces.

El anciano guardián le pregunta: “¿Dónde quieres ir hoy, pequeña?”

Y ella piensa, elucubra y decide al fin el lugar más disparatado, más distante o más hermoso.

Siempre hay billete para el destino elegido.

El anciano la acompaña por los largos pasillos con su libretita de piel; busca, rebusca, mira su libreta, comprueba el número… extiende su mano y ¡ahí está!

Se lo da, le indica su asiento, pegadita a la ventana y a la lumbre y se aleja silencioso como un gato.

El momento de partir lo elije ella. Solo tiene que abrir la tapa y comenzar a deslizar su mirada viajera por los raíles de letras que la llevan al sueño, al mundo fantástico o a la otra orilla.

Ella pone el verde de la hierba, las hojas de otoño, la nieve en las cumbres. Ella traza el perfil del bandido, el traje de la reina, el parche del pirata.

Puede ser cualquiera de ellos, o todos o ninguno. Puede parar la historia, replegarse como los cangrejos o avanzar a galope veloz. Cuelga de la pluma del Mago de las Letras y es una gota de tinta convertida en estrella, o en barco o en batalla…

Es posible que llore o que su risa estalle, que se emocione y palpite con un beso o que se sienta justiciera

Hay paradas obligadas en este viaje de ilusiones. La hora de volver a la rutina, la cena ineludible… Burbujean las ganas de seguir, el aguijón de vivir otro momento… “un poco más…”

“Mañana, pequeña…Ven mañana…” Devuelve reticente el tesoro hasta el siguiente día en que vuelve a La Casona de Colores más apresurada, más impaciente.

El viejo guardián no pregunta. Tiene ya su billete al mundo de los sueños preparado. Brinca con él a su lugar junto a la lumbre y la ventana y devora kilómetros  de ilusiones y aventuras hasta que la palabra FIN la deja desmadejada y satisfecha.

Solo queda elegir otro destino.

14. La Oveja Peraleja

Peraleja es una oveja

muy extraña y peculiar.

Sueña siempre con el mar

y  lleva un pendiente en la oreja.

Tiene un cencerro muy chulo

y un negro abrigo de lana

que carda cada semana

con cuatrocientos dos rulos.

Pule y limpia sus pezuñas

que lleva muy bien cuidadas,

bien  limpias y bien pintadas

con roja laca de uñas.

Podría ser más feliz

si se marchara a la playa

y recostada en su toalla,

tomara el sol cual lombriz.

Y es que hasta el cogote está

de pastar con el rebaño

todos los días del año,

sin que nunca pase na.

Y por eso, Peraleja

piensa marcharse sin ruido.

No hay nada más aburrido

que la vida de una oveja.

Un día, sin más ni más,

decide hacer la maleta

y se escapa en bicicleta

para no volver jamás.

Pedalea y pedalea

cruzando llanos y montes,

buscando en el horizonte

el mar que tanto desea.

Y al fin, detrás de una loma,

azul, enorme, imponente,

bajo el sol limpio y caliente,

el océano se asoma.

Peraleja se detiene….

Se frota y frota los ojos

hasta que se ponen rojos.

Sus patas no la sostienen…

La pobre se echa a llorar.

Baja de su bicicleta

 y da doscientas volteretas.

¡Por fin ha llegado al mar!

Y salta y brinca en la playa

y chapotea en la orilla.

¡Esto es una maravilla!

¡Mi reino por una toalla!

De pronto, queda sin habla;

toda su lana se eriza:

¡Sobre el agua se desliza

un muchacho en una tabla!

 “¡Esto es demasiado bueno!

¡No me lo puedo creer!

¡Doy la vida por tener

un traje de neopreno!”

 “Por Tritón y por Neptuno

que seré una gran surfista

sin ola que se resista!

¡Seré la número Uno!”

La oveja, muy aplicada,

comenzó con sus lecciones

y tras mil y un chapuzones

llegó a su meta anhelada.

 Por no caber en el traje

sus cuatrocientos dos rizos.

Peraleja se deshizo

de su espléndido lanaje.

¡Y allí que va nuestra oveja!

¡Nada la puede parar!

Surcando el inmenso mar

sonríe de oreja a oreja.

 Ahora es feliz Peraleja.

Su sueño logró alcanzar

16. El siseo

Sus labios perfilados se contraen para dejar escapar un silbido corto, un siseo, como el de la cucaracha de Madagascar. La observo, agazapado en mi rincón de la biblioteca, mientras cumplo el castigo. ¡Estúpida mujer! Miro obsesivamente su boca fruncida mientras el silbido ocupa el silencio. La fijo en mi retina hasta que, de a poco, su imagen se desvanece.  Y entonces la veo de verdad, siseando, devorando los libros que hay sobre su mesa. “Gromphadorhina portentosa”. Igualita que en la foto de mi manual de insectos

15. Laura y el Lagarto

En el colegio hay un jardín. Las tabaibas y las pitas dan sombra a los enormes lagartos de cola azul.

Los chiquillos les tiran piedras, pero ellos corren tanto que nunca les dan… Bueno, casi nunca.

Laura atraviesa el jardín para volver a casa. Oye un susurro bajo las hojas.

Se acerca.

Le encanta coger escarabajos y saltamontes, sarantontones y mariposas…

Se los lleva a su madre como grandes tesoros y la madre, con paciencia infinita, le explica que los bichitos tienen un hogar y que no les gusta vivir en ningún otro.

Palabras inútiles…Laura siempre vuelve a la carga.

Aquello que se mueve no es un escarabajo.

Laura se acerca más y descubre a un lagarto azul, inmóvil, haciéndose el invisible.

Es hermoso, aunque le falta la cola. Aun le sangra un poco.

La cara de Laura se ilumina.

Se quita despacio la chaqueta, la echa sobre el lagarto y lo atrapa…Ella es experta cazadora…

Lo coge con cuidado para no lastimarle y lo lleva dislocada de felicidad a su casa.

La madre no está, así que Laura rebusca entre las cajas guardadas en el trastero hasta que encuentra una que le parece perfecta y mete dentro al lagarto azul.

Con paciencia, recoge piedras, tierra y ramitas para hacerle una casa confortable y por último, se empeña en la tarea de cazar moscas para festejar con su nuevo amigo el feliz encuentro.

Cuando la madre llega, Laura le presenta al lagarto con una expresión tan satisfecha e inocente, que no tiene corazón para decirle que se lo lleve.

De modo que la familia aumenta de forma imprevista.

Pero el lagarto no parece estar muy contento viviendo a oscuras en una caja y se agita sin cesar.

Acecha bajo la tapa esperando que le den de comer, para escaparse y esconderse, corriendo como un volador por toda la casa, provocando gritos, risas y llantos entre los cuatro hermanos de Laura.

Laura ha encontrado una enorme mosca en la ventana. Abre la tapa para alimentar a su desagradecida mascota y el lagarto le muerde un dedo.

No es tanto el dolor como el susto y la sensación de que nunca conseguirá que el lagarto la quiera.

Se echa a llorar.

La madre la coge en brazos, la acuna como cuando era chiquita y le explica que aquel lagarto no puede vivir feliz en una caja, encerrado y solo, sin ver el sol.

Laura mira la caja…A Ella no le gustaría que la encerraran así. Se moriría de pena.

Su amigo debe sentirse terriblemente solo, sin nadie con quien jugar.

Coge la caja y la lleva al jardín del colegio.

Se sienta en un banco buscando un buen lugar hasta que da con una roca plana y caliente.

Se despide del lagarto azul y deja la caja abierta sobre la roca.

Como un rayo celeste y veloz, el lagarto desaparece entre la hojarasca.

Ya le ha crecido la cola y es enorme.

Hay varios lagartos más, agazapados y montones de bichitos de aquellos que Laura llevaba a su madre en las tardes de verano.

Ya no cogerá ninguno; solo los mirará correr por el jardín.

Laura se queda sentada en el banco un rato más, observando al sol hundirse despacito, gandulón, en el mar de Telde, envolviéndola con su suave luz.

Luego, sale corriendo hasta su casa. Es la hora de cenar y tiene muchísima hambre.

Mil gracias por mi segunda nominación.

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Muchísimas gracias por esta segunda  nominación a Julia Ojidos y su blog. Os dejo el enlace. http://juliaojidos.wordpress.com

Insisto en que no tengo idea de en qué consiste este premio. No viene en internet y nadie que yo conozca ha oído hablar de él, pero en cualquier caso, es un lujo que personas como  Javier o Julia, hayan reparado en mi blog y les haya gustado lo suficiente para nominarme a tan misterioso reconocimiento.

Un beso a los dos

 

 

 

Capítulo 34. El Arca de Noé.

Hay una petición lapidaria y cuasi inevitable en la vida de todo papá novato. Una frase que nuestros vástagos pronunciarán con absoluta candidez e inocencia y que puede llegar a provocar una catástrofe de dimensiones desconocidas en la paz del hogar:

“Mamá, papá: Quiero un perrito”

No la escuchéis. Repito: ¡No la escuchéis! Conste que os he avisado.

Y si inevitablemente se pronuncia bajo nuestro techo, a no ser que realmente queramos tener un can viviendo con nosotros en un piso de 30 m2, hemos de recurrir a la táctica del despiste, hacernos los locos, cantar, silbar. Hacer en definitiva cualquier cosa que distraiga su atención hacia otro foco.

Porque ellos, nuestros hijos, viendo al animalillo pequeño, suave y desvalido, se enamorarán, se entusiasmarán y prometerán que van a sacarle a hacer sus cosas fuera, que limpiarán y recogerán cuanto destroce.

Eso no va a suceder. Ya os prevengo. Después de cuatro o cinco días, o a lo sumo dos semanas, nos veremos (nosotros) tres veces al día en la calle, llueva, truene o haga sol, sacando al nuevo miembro de la familia a hacer sus necesidades.

Y luego vendrán los gusanos de seda, los hámster, los pájaros, los peces, los gatos, las lagartijas, los lagartos azules, las cigarras, los saltamontes, las mariquitas, las moscas amaestradas, las salamandras y demás bichillos, a los cuales, tras la emoción primera de nuestros hijos, adoptaremos resignados NOSOTROS. Algún desaprensivo los soltará o los tirará por el wáter o (esto lo sé de buena tinta) los soltará en el estanque de las tortugas del Jardín de Atocha. Palabrita. Un tarado soltó una cría de caimán en ese estanque. Pero como nosotros en general somos buena gente, asumiremos esta nueva profesión de cuidadores de zoo doméstico, contemplada en el manual de la Todología con letra muy, muy pequeña.

Y entonces….cuando ya aceptamos que nuestra casa es una sucursal del Arca de Noé y dejamos claro que ya no caben más bichos, resulta que aún no ha llegado lo peor. Y lo peor… Lo peor son los Tamagochi y los Furbi, seres mecánicos diabólicos, tiranos, dictadores y asusta padres, que se pasan el día dándonos órdenes y que no precisan de ningún botón para ponerse en marcha.

Mis hijos tuvieron varios Tamagochi que terminé dando yo de comer y de limpiar “virtualmente” para que se callaran. Al final, ojos inyectados en sangre, martillo en mano, acabé haciéndolos migajillas pero no dejaban de pitar los condenados. Eran como mini Terminator. Me diréis: “Haberles quitado las pilas” Ya. Eso lo pensé después, cuando ocultaba el cuerpo del delito.

También tuvieron un Furbi. Tuve serias crisis de ansiedad cuando me quedaba sola en casa y aquella cosa del demonio se ponía a decirme que le hiciera cosquillas o que quería un sándwich con la voz del Chuqui, el muñeco diabólico.

¡Ay madre! ¡Qué fatiguitas!

En fin. Si, a pesar de todo, decidís tener una mascota, que sea “de verdad”, de carne y hueso. Las otras dan muy mal rollo.