17. La maldición de Sísifo (Cuento de nunca acabar)

Sube Sísifo que sube

la roca por la ladera

en la oscuridad total.

Y ya en la cima fatal,

la roca bajando rueda

hasta su punto inicial.

Por querer ser inmortal,

sube Sísifo que sube

la roca por la ladera

en la oscuridad total.

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19. Escóndete

 

En mi casa hay un centinela que guarda la puerta. Nadie le ve. Nadie sabe que está ahí… Solo yo.

Cuando mi mamá entra y sale, el guardián de la puerta “respira” y susurra: “estás a salvo.” Nunca suenan las bisagras con aullido de lobo cuando ella va y viene, alegre y decidida.

Pero cuando suena el chasquido… ese chasquido…es que llega mi papá. El guardián de la puerta, me avisa y me dice: “¡Escóndete!”

Mi papá casi siempre llega de noche, cuando se va el sol. Entonces, mi mamá limpia rápido y deja un solo plato en el fogón, un solo vaso en la mesa, un solo cubierto y me manda a mi cuarto.

Desde allí, puedo escuchar el chasquido, ese chasquido seco, duro, con retumbar de cristal y chirrido de bisagra… Oigo el zumbido sordo que no calla, gritos sofocados, golpes de muebles, cristales rotos… Los pasos duros y vacilantes a un tiempo… “Como pisando dos veces”. Y al guardián de la puerta que me grita “¡¡¡¡¡Escóndete!!!!!”.

Yo hago caso al guardián. Me vuelvo invisible y me tapo la cabeza con la sábana, deseando que todo acabe y regrese el silencio a la noche.

A veces tarda horas… Entonces tiemblo, temiendo que mi papá se acuerde de mí. Ya casi no sucede. Los pasos duros se detienen dos cuartos más allá y terminan en un derrumbamiento sobre la cama, un batallar de mi mamá por quitarle los zapatos y la ropa, insultos, llantos…

Cuando todo termina, mi mamá entra en mi cuarto, con su abrazo y su vaso de leche, para espantar los malos sueños.

Se limpia los ojos rápido y sonríe, para que no me dé cuenta de que ha llorado y me da las buenas noches…Me dice que algún día, no tendré que esconderme más, pero yo no bajo la guardia. Me duermo con el viejo Neptuno sobre mi cama y confío en que el guardián de la puerta, siempre pueda avisarme a tiempo.

En el ojo del huracán

Mis disculpas por la ausencia. Ando un poco aturullada. Estoy en esos momentos de la vida en los que todo cambia vertiginosamente.

De pie, en el ojo del huracán, todo gira pero no hace ruido. Todo resulta ajeno a pesar de su apariencia familiar.

Las cosas no tienen sentido.

Es como si el puzzle hubiera encajado sus piezas de forma arbitraria y la imagen resultante fuera grotesca, con pedacitos que conoces, pero extraña en su conjunto.

Sucede cuando frenas, cuando de pronto interrumpes la inercia habitual y observas detenidamente cuanto haces y dices. Cuando escuchas con absoluta atención, desmenuzando cuanto te llega.

Todas las premisas están desordenadas y allí donde se fundamentaban los principios vitales, solo quedan escombros.

Todo lo viejo cae. Los velos y las neblinas se disipan, las dimensiones se ajustan. Nada es demasiado grande ni demasiado pequeño.

Simplemente hay que empezar de nuevo, teniendo como punto de partida la verdad de lo sencillo.

Miras atrás y te das cuenta de que a a lo largo de la vida, vas echando sobre tus hombros montones de proyectos, deseos, anhelos frustrados, a medio hacer, que se van depositando en estratos pesados, unos sobre otros, haciendo cada vez más difícil transitar el sendero del futuro. Tus hombros están cargados de “por si acasos”.

La inercia te hace seguir caminado con tu carga de vida sin pensar siquiera en soltar lastre.

Y entonces, ocurre algo, apenas un destello, apenas un indicio de que hay otras rutas, otros paisajes, otras aguas donde beber. Te invade el miedo. El miedo a desprenderte de tu carga, de caminar ligero, de mirar de frente y llamar las cosas por su nombre.

En el ojo de ese huracán de pánico silencioso, en el que la vida se desteje, como si del tapiz de Penélope se tratara, estás solo, debes estar solo para encontrarte.

Yo creo que me he encontrado. Y hay un sentimiento de íntima felicidad al tener en la mano la rienda de la propia vida.

Besos.