Tengo sueño de ti

“Tengo sueño de ti”

y te acurrucas,

y mi regazo te acoge y te protege,

y mi pecho te guarda.

“Tengo sueño de ti”

y reconquistas mi falda

(Del recopilatorio de frase celebres de mi hija Tamara)

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Capítulo 36. Una habitación propia.

Pocas lecturas han inspirado tanto mi vida como “Una habitación propia”, de Virginia Woolf. Hace muchísimos años que la leí. Antes incluso de tener conciencia para entender plenamente su significado.

Pero todo se posa, todo crece, todo florece. Y las experiencias, duras, emocionantes, traumáticas, hermosas de la vida, son el abono que hace que esas semillas incandescentes prendan y germinen.

En el título va la conclusión. Para crear, para escribir una novela (el libro surgió de la preparación de una conferencia sobre “Mujeres y Novela”), para estudiar, es preciso, según ella, tener dinero y una habitación donde encerrarte y convertirte en dueña de tus pensamientos. Yo doy fe de ello. Solo cuando he sido dueña de mi vida, he conseguido crear. Dueña de mi vida en mi propia mente. Independiente, capaz de amar sin someterme, capaz de elegir. Y aunque tengo una pequeña habitación de adolescente, con los estantes llenos de libros, lápices, pinturas y papel y el ordenador siempre encendido, es mi habitación. Una habitación propia.

Virginia Woolf va más allá. Insta a las mujeres a la preparación, a la cultura, a elevar el espíritu por encima de esa labor intrínsecamente femenina (y en contadas ocasiones masculina) para la que se supone que estamos preparadas y a la que impepinablemente nacemos destinadas: Cuidar. Somos cuidadoras. Cuidamos de todo cuanto nos rodea. Padres, hijos, hermanos, jefes, amigos, plantas, casa… Todo pasa por nuestras manos. Ropa, cocina, plancha, deberes, colegios… Y aunque es una labor hermosa, necesaria y encomiable, somos más. Somos mucho más que eso. Somos alma, somos cuerpo, somos mente. Sí… somos más.

En los tiempos que corren, aún hemos de reivindicar nuestro derecho a pensar libremente, a actuar libremente, a decidir. Y todavía aquí, en el primer mundo, a pesar de que aún hay diferencias, discriminación y violencia de género, hemos de dar las gracias. Hay muchos, demasiados lugares donde la mujer es menos que una vaca o que un camello. Donde el hombre tiene derecho a pegarla, venderla, cederla y matarla si quiere. No pasa nada. Es suya.

¿Y sabeis por qué? Porque la cultura les es negada. Porque no pueden preparar su espíritu para que vuele. Porque no están completas. Otros deciden por ellas qué hacer y cuándo hacerlo y así viven. Así mueren. Víctimas del miedo masculino a ceder su parcela de poder.

Y qué pasa con nosotras, con  nuestras hijas, con nuestras nietas. ¿Acaso estamos mejor? Deberíamos estar mejor. Muchos hombres y mujeres han luchado y han muerto por defender unos derechos que aquí, en el primer mundo, parece que disfrutamos. A Olimpya de Gouges, le cortaron la cabeza porque tuvo la “osadía” de exigir a sus propios compañeros revolucionarios, la misma Libertad, Igualdad y Fraternidad para las mujeres, que ellos, los hombres, habían obtenido tras la Revolución Francesa, gracias en gran parte a la ayuda femenina. No deja de ser paradójico.

Así que, queridos papás novatos, en nuestras manos está guiar nuestros arbolitos con amor.(Capítulo 4. Guiar el arbolito), formar a nuestros hijos e hijas e inculcarles lo más importante que se puede inculcar a un ser humano, que es “RESPETO”. Darles la misma educación, las mismas herramientas, las mismas armas, independientemente de su sexo, para que puedan desarrollar su espíritu, su mente y su cuerpo en armonía y en libertad. Educar en todos los órdenes de la vida para que nuestros hijos e hijas, los seres humanos del futuro, sean dueños de su propia historia.

No es un trabajo fácil. Ser padre/madre aunque hermoso, nunca es sencillo. 🙂

Capítulo 35: LA MUDANZA: ¿¿¿¿¿¿De dónde ha salido todo esto?????

Una mudanza, es ese cataclismo que pone patas arriba toda nuestra vida y nos hace tomar una decisión que llevamos posponiendo años. ¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿Qué tiro?????????????

Porque, queridos papás novatos, aunque todos hemos vivido alguna mudanza en nuestra infancia e incluso cuando hemos volado del nido, nada, absolutamente nada es comparable con una mudanza familiar, colectiva, masiva, siendo TÚ, el que toma las decisiones.

Es entonces, cuando uno se da cuenta horrorizado de la cantidad de “por si acasos” que ha ido guardando cada miembro de la unidad familiar a lo largo del tiempo. Por si acaso engordo, por si acaso adelgazo, por si acaso esto, por si acaso lo otro….

Los “por si acaso” ocupan una cantidad ingente de metros cúbicos en nuestro hogar, camuflados en los lugares más recónditos.

Como toda catástrofe personal, la reacción ante una mudanza pasa por varias fases, a saber:

  1. Negación. Es una fase breve porque ningún argumento que nos planteemos puede sustentarse ante la realidad dura: No cabemos.

  2. La ira. Esta fase tampoco dura mucho. Por lo improductiva más bien. Pero nadie nos libra de ese momento furibundo, de ese rencor hacia unas paredes que no poseen la capacidad de adaptarse a las nuevas circunstancias.

  3. La depresión. Una vez asumida la catástrofe y, sobre todo, la paliza que nos vamos a pegar, nos podemos permitir unos momentos de auto compasión. No muchos.

  4. La aceptación. Inevitable. Por más que pospongamos la cosa, terminamos por darnos cuenta de que no nos queda otra que ponernos en marcha.

Yyyyyyyyyyyyyy entonces, llegan las fases de la mudanza en sí:

  1. Caza y captura de cajas, bolsas, cinta adhesiva, papel burbuja, más cajas, más cajas, más cajas… A no ser que tengas muchísimo dinero y te puedas permitir que alguna empresa “te mude”, la operación “caja” será una odisea, una peregrinación por tiendas, centros comerciales, más tiendas, mendigando esas cajas que a ellos no les sirven pero que son tesoros para ti. (Después de  muchísimas mudanzas, os recomiendo las cajas del pan. Resistentes, de buen tamaño, pero sin pasarse. Ahhhh! Y encontrarás nuevos y fascinantes usos para las bolsas de basura de jardín)

  2. Inspección preliminar, al estilo de los polis de la tele. Un vistazo para ver a qué nos enfrentamos.

  3. Prospección en armarios, arcones, trasteros, altillos, estanterías…. Muy duro. Aquí te das cuenta de que la inspección preliminar no te ha servido de nada. Aparecen los “por si acasos”

  4. Decidir. ¿Qué tiro? ¿Qué regalo? ¿Qué me quedo? El sentimentalismo nos juega a menudo malas pasadas y nos tienta a quedarnos con algún “por si acaso”, por si acaso. ¡Mal!. ¡Fatal!. Así no avanzamos ¿eh?. La mudanza nos tiene que servir de catarsis. Empezamos una nueva vida en una nueva casa. Ya tendremos tiempo de acumular “por si acasos” allí” 🙂

  5. Embalar. Un consejo. Marcad las cajas. De quién son, qué contienen y a qué habitación de la casa nueva van a ir. Si no, os garantizo caos y búsqueda, aún años después de haberos mudado.

  6. Peregrinación al “punto limpio”. Doloroso. hay que despedirse de los “por si acaso” de toda la familia.

  7. Tristeza y liberación. Cuando todo está cargado en el camión, uno recorre las estancias vacías, mira las paredes con las marcas de los cuadros, clavos viudos, tornillos, pintadas infantiles. Suenan los pasos huecos. Hay eco en toda la casa. Ya no queda nada de nada. Y entonces, cerramos la puerta, espantamos la pena y nos damos cuenta de que nos espera una nueva vida en una nueva casa a la que llegamos ligeros porque nos hemos desprendido de un montón de trastos. ¿O no?

  8. Colocar tooooooodo en el nuevo hogar. Bah. esto lo dejo para otro capítulo.

 

 

Memoria de un escrito

Nací en el torno de la inspiración, del barro de doscientos vocablos.

Era hermoso, perfecto y circular.

Pero el límite de aquel concurso eran ciento veinticinco palabras y me fueron mutilando, despojándome de aquellas que me hacían cálido, luminoso, único…

Hoy me avergüenza mi aspecto vulgar y cercenado.

De aquel que fui en mi génesis, solo soy una sombra, ni siquiera oscura y tenebrosa, solo humo.

Creo que mi verdugo ha guardado mi primer “yo” en alguna parte.

Mejor… Podrá rescatar mi dignidad cuando esta parodia de mí se autodestruya

El tren

A las ocho llega el tren.

Llega el pobre por las vías

resoplando hasta el andén.

Bajan muchos pasajeros:

Altos, bajos, regordetes,

con bigote, con sombrero…

Mujeres con mil paquetes;

niños haciendo pucheros…

Un cura con su bonete…

¡Vaya trajín de maletas!

¡Esto es una algarabía!

¡La estación está repleta!

Pero muy poco a poquito

Todo el bullicio se aleja

y el tren se queda solito.

Le lavan, le estropajean,

le enjabonan, le dan lustre

¡Hasta por dentro le asean!

Y de pronto, ¡Vaya lío!

Unos nuevos pasajeros

se acercan igual que un río.

Cargaditos de maletas

se suben todos al tren:

Una rondalla completa,

Toreros, electricistas,

vendedores, estudiantes

buzos, bomberos, dentistas…

Ya colocado el pasaje,

suena el silbido que anuncia

que ya comienza el viaje.

Y se pone en marcha el tren.

Con su “chucuchú” se aleja

abandonando el andén.

Empezando…

Queridos míos:

Hace tres meses que no escribo en el blog. Las razones han sido muchas, pero la más importante, es que he creado una pequeña editorial y eso ha sido más que una abducción marciana. 

Si os apetece daros una vuelta, os dejo el enlace: www.editorial29letras.com

Ponerla en marcha, ocuparse de que todo esté bien… uffff.  Pero bueno. No voy a quejarme porque, a pesar de trabajo titánico que ha supuesto, ya está rodando. ¡¡¡En septiembre salen los primeros títulos!!!

Y ahora que estoy un pelín más relajada, volveré a escribir por aquí.

Un besazo a todos. ¡¡¡FELIZ VERANO!!!

Susan