Obstinación suicida.

Definitivamente voy a tener que aplastar al viejo gusano que muerde las flores de mi jardín.

Se ha convertido en un monstruo enorme y viscoso que deja sus babas pegajosas y corrosivas por todas partes.

Sigue sorprendiéndome su persistencia… y su estupidez. Se abalanza con obstinación suicida sobre la rosa blanca que crece cerca de la fuente.

Morirá matando, enredado en el alambre de espino que protege a la flor y yo ya no haré nada por evitarlo.

Me he cansado de salvarle.

Anuncios

El post-it

Hoy tuve un enfrentamiento cuerpo a cuerpo con la pila de papeles que, desafiando peligrosamente a la gravedad, me reclamaba desde un rincón de mi mesa. Facturas, tickets, publicidad, más facturas, más facturas… un papel de caramelo… más facturas. Un post-it.

Era azul. Yo nunca uso papelitos azules para apuntar las cosas prosaicas de la existencia (la compra, recados…) Los reservo para eventos especiales. ¿Qué hacía entonces aquel post-it azul en la montaña de mis asuntos pendientes?

Escrito con pluma, ponía TE QUIERO.

Terminé de despejar la mesa sin dejar de mirar el post-it. ¿Quién me lo había escrito? ¿Cuándo? ¿Llevaba días, meses, años allí?

No me atreví a tirarlo. Me retaba acusador desde la mesa, reprochándome silencioso el no haberle puesto atención cuando debía. Para compensar tamaña ofensa, lo clavé en el corcho.

A ahí sigue, declarándome un amor anónimo y eterno cuando le miro.

El gusano

A veces, solo a veces, me entran unas ganas tremendas de aplastar al gusano que va mordisqueando las flores de mi jardín. Es viejo y torpe y no me parece que su presencia aporte nada al entorno. Solo va dejando su rastro de agujeros en las hojas. Muerde, estropea y se va… Muerde, estropea y se va… Ni siquiera se convertirá en mariposa. No es de esos gusanos.

Siempre intenta llegar a la rosa blanca que crece junto a la fuente. Le alejo con un palo y le dejo al otro lado del seto, pero tarde o temprano regresa, como si su misión fuera llegar hasta la flor y destruirla.

Me sorprende su persistencia… y su longevidad. No tenía ni idea de que los gusanos duraran tanto.

El armario (3)

Miércoles 24-09-2014

También le gustaba pintar. Tenía lienzos y pinceles y colores y unas manos prodigiosas con las que creaba mundos hermosos. Pero tampoco aquello era del agrado de sus padres, que decían que un pintor estaba condenado a ser un mísero muerto de hambre. De modo que todo su talento y sus cachivaches, acabaron archivados en el armario, junto a sus deseos, su balón y sus sueños. Creció y se convirtió en un hombre y estudió mucho hasta ser un gran arquitecto. Le apasionaba crear edificios extraños, curvos, con mosaicos y escaleras de caracol. Pero pronto sus jefes le dijeron que tenía que hacer casas rectas, grises, sólidas, con raigambre y permanencia y tuvo que colgar en el armario su pasión y su fantasía.

Primer experimento del laboratorio

Ya está. Ya lo he terminado. He conseguido utilizar casi todas las palabras. Sólo una se me ha resistido. Diego. La palabra laikear no he sido capaz de encajarla. 🙂

Gracias por vuestra generosidad y cooperación en este experimento. Ha quedado un cuento raro raro raro.

Os presento El “Yayapedia”

Besos.

El “Yayapedia”

El “Yayapedia” era el libro más codiciado y buscado del universo. Más que el Santo Grial. Más que la piedra filosofal, mas que el famoso, reclamado y nunca hallado manual de instrucciones de los hijos…
 Sólo había un ejemplar en el mundo y nadie sabía dónde estaba.
 Unos decían que lo habían guardado con los rollos del Mar Muerto. Otros que lo custodiaban los Caballeros Templarios. Pero la verdad de la verdad, era que aquel libro mágico había desaparecido sin dejar rastro.
 Todo el que salía en su busca, lleno de entusiasmo y fervor, volvía con las manos vacías. Y así fueron pasando los años y el misterio y la leyenda crecieron y crecieron en torno al “Yayapedia” hasta hacer de él un objeto de culto, devoción y ansia por parte de los más poderosos.

Sir Bic Arbonato y y Sir Mc Colifloro, también se entregaron a la tarea de buscar aquel tesoro perdido. Volvían de una cruzada en Tierra Santa cuando llegaron a sus oídos los rumores acerca de tan extraño manuscrito. Festejaban en una ruidosa taberna su vuelta a casa tras los arduos combates, cuando un hombre  ataviado con una capa raída y sucia se les acercó. Parecía un mendigo. Llevaba colgando del cuello una caja de madera con un rótulo que decía “Llena de pan mi cajón de migas. Despedía un olor nauseabundo y cojeaba. Sin haber sido invitado, se sentó junto a los dos guerreros y antes de que cualquiera de los dos pudiera reaccionar, les dejó un papelito sobre la mesa y un medallón.

-“Existe un libro sagrado llamado “Yayapedia” . Un libro que mi amo ansía. Muchos son los llamados y pocos los elegidos para poder leer ese libro. Mi amo os pagará vuestro peso en oro si conseguís encontrarlo y traerlo”

Dicho esto, el mendigo desapareció. Los dos cruzados se miraron un tanto sorprendidos y luego miraron el papelito doblado y el medallón. Ninguno de los dos sabía leer. Eran hombres de armas, rudos y curtidos entrenados sólo para la guerra. Pero se morían de curiosidad por saber qué ponía en el papel y alrededor de aquella joya dorada y azul circundada por unas letras muy raras. Le preguntaron al mozo de la taberna si conocía a alguien que supiera leer y el muchacho les indicó el camino de la ermita.

Allí, les dijo, había un monje muy viejo que se pasaba el día escribiendo códices. Sir Bic Arbonato  y Sir Mc Colifloro, dejaron la taberna y se dirigieron a la ermita a toda prisa.

Tal como dijo el mozo, allí estaba el monje, inclinado sobre un gran volumen, escribiendo a pluma sobre las hojas de pergamino. Levantó la cabeza y saludó amable a aquellos fornidos guerreros. Ellos no le contaron mucho sobre su encuentro con el mendigo. No querían competidores si aquellos objetos eran una pista o una herramienta para encontrar el “Yayapedia”. Solo le pidieron, fingiendo desinterés, que les leyera el papelito y lo que ponía en el medallón.

El monje tomó el papel y la joya.

-Esto no tiene mucho sentido. Por lo menos para mí. Escuchad:

El tesoro está escondido

en un lugar singular

Si lees en circular

sabrás dónde se ha metido.

El tiempo se ha detenido.

Si juntas manos y pies

y recitas al revés

volarás donde has pedido.

-¿En circular? Quizás se refiere a las letras del medallón. Igual es un conjuro- dijo Mc Colifloro.

-¡Pamplinas! -Dijo el monje -Los conjuros no existen. Si queréis os lo demuestro. A ver. Juntemos manos y pies. Voy a leer al revés lo que pone en el medallón para que veáis que esto es una tomadura de pelo o una broma de algún gracioso.

Se colocaron como decía el papelito, juntando manos y pies y el monje, colgándose el medallón del cuello, pronunció al revés las palabras de aquel camafeo.

¡Per tempus iter, ad secretum locum perveniamus!

Resultó que sí era un conjuro. De pronto todo empezó a dar vueltas y caballeros y monje volaron por los aires durante un buen rato. Cuando aterrizaron, donde quiera que les hubiera dejado aquel remolino mágico, casi se mueren del susto. Vieron ojipláticos y temblorosos, como cientos de cacharros metálicos y de distintos colores iban corriendo por todas partes sobre unas ruedas blandas. Había gente extraña caminando por calzadas grises. Los árboles salían de unos agujeros en esas calzadas. Había luces que no eran antorchas, edificios enormes… No había ni un caballo ni un carro por ningún sitio y para colmo, los que les decían algo, lo hacían en un idioma que no comprendían.

-¡Ay madre! ¿¿¿¿¿Qué hemos hecho?????

Habían viajado en el tiempo, del medievo al año 2014 y ya no estaban en Tierra Santa. Estaban en Madrid.

El monje estaba más perplejo si cabe que los dos cruzados que, bajo su mirada escrutadora, se vieron obligados a contarle toda la historia, sin omitir detalle.

El buen hombre estuvo callado un momento. No sabía si darles una cachetada o resignarse. Finalmente, optó por lo segundo.

-Nunca había oído hablar del “Yayapedia” y eso que he revisado y copiado cientos de libros a lo largo de mi vida. En verdad tiene que ser muy poderoso para que alguien entregue herramientas mágicas como estas…

El monje llevaba aún el medallón colgado del cuello y apretaba  el papelito en su la mano. Al mirarlo, se dio cuenta de que el mensaje del papel había cambiado.

Alevia es el lugar

que quieres encontrar

-¿Qué demonios es Alevia?

Una especie de carro blanco y brillante, sin ningún animal tirando de él, con una raya roja pintada a un lado y una lucecita verde encima del techo, se paró junto a ellos y el hombre que estaba dentro, les dijo, en un “spanglish” gesticulante, si eran extranjeros y si necesitaban algo.

-Parecen un poco perdidos… ¿Les llevo a alguna parte? -El tipo era un taxista de toda la vida. Un taxista de Madrid.

El viejo monje le enseñó el papel y el taxista se rascó la cabeza. Alevia… No conozco ninguna calle que se llame Alevia. Un momento. Llamó por radio a algún otro taxista ante la mirada estupefacta de los dos caballeros y el monje que no comprendían ni dónde estaban ni lo que estaba pasando.

-Alevia es una aldea de Asturias. Yo no les puedo llevar. Que tengan un buen día. -Y se marchó mezclándose con los demás cacharros raros que circulaban por aquella calzada lisa, sin polvo ni socavones.

A ojos de los viandantes, aquel trío parecía sacado de un rodaje de alguna película o de una fiesta de disfraces. Es difícil que en Madrid la gente se sorprenda. Ve tantas cosas raras a lo largo del día…

Nuestros aventureros caminaron hacia un parque.

Con la firme voluntad de llegar a la pequeña aldea asturiana, decidieron usar el medallón otra vez, por si, de casualidad, les llevaba a Alevia.

Juntaron manos y pies y el monje pronunció el conjuro, algo tuneado, para adaptarse a las nuevas circunstancias:

Per tempus iter, ad Alevia perveniamus

Otra vez volvieron a viajar a través del tiempo y del espacio. Dando vueltas y más vueltas, aterrizaron en un lugar completamente distinto, con inmensos campos de hierba, un precioso cielo azul, enormes montañas y a lo lejos, en el valle, un pueblecito que se parecía más a su hogar que aquel otro lugar infernal y extraño del que acababan de salir.

Caminaron hacia la aldea y vieron un cartel. ¡¡¡¡ALEVIA!!!!

Sir Bic Arbonato estaba boquiabierto y aturdido.

-¡No me lo creo! ¡No me lo creo! ¡Hemos llegado a la aldea del papel! ¡Volando! Podemos ir a cualquier sitio y a cualquier época que deseemos ¡Volando!

El monje miró el medallón receloso y al mismo tiempo con avaricia. Las cosas del diablo son así. Ambiguas.

Guardó el medallón bajo su hábito y miró hacia donde estaba el pueblo.

-Hay una iglesia. Es posible que el sacerdote nos pueda ayudar.

Así que caminaron un trecho hasta el pequeño templo, que para asombro de los tres, estaba cerrado.

-¿¿¿¿Cómo puede cerrarse un templo???? Había un cartelito indicando el horario. El monje solo entendía los números, pero dedujo que el cura volvería a las 5.

Tenían hambre. Aún guardaban los dos aguerridos cruzados las monedas que ganaran en sus combates así que decidieron entrar en una taberna a comer.

Al principio les miraron raro, por su atuendo y su idioma, pero también allí estaban acostumbrados a ver turistas de lo más variopintos y excéntricos, así que los tomaron como tales y les sirvieron la comida entendiéndose con ellos en un bableenglish más que aceptable.

Comieron como sólo se come en Asturias. Buenas fabes, buen chuletón, buen vino.

Estaban la mar de a gusto. El lugar era acogedor, limpio, se comía de fábula y, a pesar de sus pintas, les trataban con amabilidad.

Hasta que fueron a pagar con sus monedas de oro. El tabernero miró el montoncito dorado, miró a los tres comensales, volvió a mirar el montoncito…Parecía enfadado.

-Aquí euros. Aquí no moneda extranjera. Euros. Euros.

El monje y los dos cruzados no entendían por qué les hacía aspavientos señalando sus monedas. Eran de oro. ¡Del bueno!

Se acercó un hombre de mediana edad que estaba comiendo en otra mesa y, pidiendo permiso a Sir Mc Colifloro, cogió una moneda y la estudió. Luego calmó un poco al tabernero y en un inglés raro, les hizo entender que debían cambiar sus monedas por euros y que obtendrían al cambio pingües beneficios.

Así lo hicieron. Acompañaron al hombre a lo que él llamaba Banco. Por lo visto, tenían suerte. Era jueves y los jueves, aquel lugar abría por la tarde. A cambio de algunas de sus monedas de oro, recibieron un montón de papeles de colores y de monedas extrañas llamadas euros con las que pudieron pagar la comida y apaciguar así al tabernero.

Cuando el reloj de la iglesia dio las cinco, monje y guerreros fueron a ver al sacerdote.

Muy despacio, intentando que el hombre entendiese lo que les pasaba, le contaron lo del papelito y lo del medallón y sus viajes a través del tiempo y del espacio.

-¿En serio quieren que me crea que han pronunciado una palabra mágica y se han teletransportado? ¿Puedo ver ese medallón y el papel?

El monje, le tendió de mala gana la joya y el papelito, que ahora estaba en blanco.

-Aquí no pone nada

-Cambia según el momento.

-Ya. Y si yo digo una palabra mágica como abracadabra o supercalifragilístico ¿ocurrirá algo increíble?

-Hay que proceder según el ritual. No se puede decir cualquier cosa.

-Ya. ¿Y se puede saber por qué han venido a parar justo aquí? Alevia es una aldea minúscula que casi no se encuentra en los mapas.

-El papel decía que Alevia era el lugar.

-El lugar para qué.

Sir Bic Arbonato, Sir Mc Colifloro y el monje se miraron. Estaban en una situación muy comprometida y necesitaban ayuda. Así que contaron como pudieron, su encuentro con el mendigo y su misión de encontrar el “Yayapedia”.

El sacerdote se empezó a reír. Primero intentando contenerse… Luego a carcajadas atronadoras. Se sujetaba la tripa y no podía parar.

-Esto es para troncharse. Jajajajajjajajajajjaj. “El Yayapedia” Jajajajajjajaajajaja.

Monje y guerreros le contemplaban perplejos.

-No puedo… No pueeeedo…. Jajajajajajjajajajajaj. Lloraba de risa

Su cara, mojada por las lágrimas, estaba completamente colorada.

-Ya paro, ya paro de verdad… Jajajajajajjaaj.

El sol se estaba poniendo y el sacerdote, riendo aún, les ofreció cena, cama y una historia sobre “el yayapedia”

Los dos cruzados y el monje aceptaron, con la esperanza de que el sacerdote les diera alguna pista para encontrar el libro.

Cenaron en un refectorio pequeño servidos por una mujer gruesa, de cachetes colorados, que se fue una vez terminó de recoger y limpiar.

El sacerdote les ofreció un licor preparado por él mismo, que hizo subir bastante la temperatura de los tres viajeros del tiempo. Luego, les invitó a  seguirle por un laberinto interminable de pasadizos y túneles subterráneos.

Llegaron al fin a una estancia oscura y húmeda. Allí, el sacerdote abrió una pesada puerta que chirrió al girar sobre sus goznes. Al encender la luz, vieron  una enorme máquina ocupando todo el espacio. Estaba llena de polvo y telas de araña.

Sir Bic Arbonato se acercó, espada en mano, a tan singular aparato.

-¿Esto es el “Yayapedia?

-No, no, no. ¡Qué va! Esto es una máquina de teletransportación. O pretendía serlo. Hubo hace muchos años un viejo ingeniero loco que se empeñó en encontrar el Yayapedia” , como ustedes. Recorrió todas las montañas y todas las cuevas, preguntó a todo ser viviente y llegó a la peregrina conclusión de que al “Yayapedia” solo se podía llegar trasponiendo el tiempo y el espacio, de modo que el pobre hombre se embarcó en la construcción de este artefacto y murió antes de poder ponerlo en marcha. Le faltaba una pieza clave para que funcionara y no le llegó a tiempo.

-¿Una pieza clave?

-Si. Un Scorotrón, creo recordar. Un artilugio para concentrar la energía y ampliarla. Pero nunca llegó y ya ven ustedes. Ahora solo sirve para dar alojamiento a las arañas. Son tan grandes ya, que ni siquiera el insecticida las mata.

Salieron de allí con aprensión y volvieron al refectorio.

-Por eso me reía cuando me contaron la historia. Ustedes, con un papelito y un medallón han hecho lo que aquel viejo loco no logró con ese armatoste de abajo.

-No parece que avancemos mucho- dijo el monje mirando el papelito- Sigue en blanco.

-¡Eso significa que no tenemos que ir a ningún otro sitio! -Sir McColifloro estaba en pie.-¡Está clarísimo! El “Yayapedia” está aquí, en alguna parte. Por eso el papelito no nos manda a ningún otro lugar.

-Sí. Pero ¿Dónde? Ya has oído al sacerdote. El viejo buscó por todas partes y no encontró nada.

-Bueno… Eso no es completamente cierto.

Monje y cruzados miraron al sacerdote expectantes.

-Hay un hombre en las montañas… Un viejo pocero… Fue la última persona con la que habló el loco de la máquina antes de empezar a construirla.

-¡Pues vamos a verle!

-Antes, tengo que advertirles. Es un tipo raro. Mi sirvienta sube todas las semanas a llevarle comida y a limpiarle su casa. Tiene una enfermedad que le destruye el cartílago del cuerpo y casi no puede moverse. Dicen que por la humedad de los pozos. Y no es muy fiable. Sufre de esquizofrenia paranoide. Lo mismo está tan normal, como ustedes y como yo, como de repente tiene alucinaciones y delirios. Es muy posible que todo lo que le contó al viejo ingeniero sobre el “Yayapedia” fuera producto de esas visiones.

-No perdemos nada por probar ¿No?

-No. Nada se pierde por probar. Podemos ir mañana. Es muy tarde. Si les parece, les mostraré sus habitaciones.

Y así, nuestros viajeros del tiempo, pasaron su primera noche en Alevia.

Al día siguiente, el sacerdote les despertó muy temprano. Les había buscado ropa algo más adecuada que las armaduras y el hábito, para subir a las montañas. Les sugirió que se dieran una ducha, se vistieran y desayunaran mientras él celebraba misa de ocho. Luego subirían a la montaña a visitar al pocero.

Dicho y hecho, con una apariencia algo más normal, monje y cruzados se reunieron con el sacerdote tras la misa y comenzaron su caminata hacia la casa del pocero, en la montaña. También iba la sirvienta. Por lo visto, era la única que conseguía entenderle.

Era un trayecto largo y agotador. Las pendientes eran muy empinadas y a medida que ascendían, hacía más frío. Sin embargo, la sirvienta, a pesar de su gordura, iba a buen paso, sin resollar.

Tuvieron que parar varias veces para que el viejo monje tomara aliento, pero al cabo de unas tres horas, llegaron a una pequeña cabaña.

Entró primero la sirvienta. Le conocía bien y el pocero confiaba en ella. Desde fuera, la conversación no tenía mucho sentido.

-¡Hola, viejo asaltacunas!.

-¡Hola! ¡Qué pronto vienes hoy, Pilindra!

-No me llames así. No soy ningún espíritu protector. Te traigo pesca de potera. Calamares en salsa. Me los trajo mi guaje anoche.

-¡Qué buena eres conmigo! Y yo solo te puedo dar unos monetes.

-No te preocupes. Te he traído unos preñaos. Están recién hechos. Y también te he traído unos chorizos a la sidra. Ayer hubo una espicha en Cancienes. Te hubiera gustado.

-Sí. Me hubiera gustado. Esta maldición no me deja moverme…

-Te he traído visita.

¡¡¡Aivalahostia!!! ¿ Y quién querría ver a alguien como yo?

La sirvienta se acercó a la puerta y llamó a los cuatro hombres que esperaban.

Cuando el pocero vio al sacerdote, se encolerizó y se puso a chillar.

¡Bujarra!, ¡eunuco! ¿Así tratas a tus ovejas? ¿Abandonándolas a su suerte? ¿A qué vienes ahora, después de tantos años? Sal de mi casa. ¡¡¡Sal de mi casa!!!

-Cálmate. Estos tres amigos quieren hablar contigo. Son extranjeros. Les acompaño porque no saben hablar español. Les iré traduciendo lo que me digas.

-Yo no tengo amigos. Y no quiero hablar con nadie. Pilindra… ¿Por qué los has traído aquí?

El pocero se echó a llorar.

-Venga, venga. ¡Que no se diga! Sólo quieren hacerte unas preguntas. Luego se irán.

-Tengo un remusguillo, Pilindra – Le dijo a la sirvienta en voz baja- un presentimiento…

-Escúchales. Si no tienes nada que contarles, se irán por donde han venido. Prometido.

-Está bien… ¿Qué quieren?

-¿Te acuerdas del viejo ingeniero? Aquel que quería construir una máquina del tiempo para buscar el “Yayapedia”

El pocero puso los ojos en blanco y suspiró.

-¡Otra vez! ¡El dichoso “Yayapedia” otra vez! Ya le dije al viejo lo que vi en aquel pozo. Y el tipo enloqueció. Se le quedó el cerebro obstrancado. Como a mí.

Sir Bic Arbonato se acercó al pocero y le tendió la mano.

-¡No te acerques a mí wachiturro, sarasa!

Sir Bic Arbonato retrocedió.

-No queremos hacerte ningún mal, pocero. Sólo que nos digas lo que sabes sobre el “Yayapedia”.

-Está bien. Está bien. -Cogió aliento y empezó a hablar.

-Hace muchos años, cuando todavía podía caminar y trabajaba en las minas abriendo los pozos para llegar hasta el carbón, hubo una explosión de gas grisú y me quedé atrapado en una galería. Estaba solo. No podía encender la lámpara por miedo a una nueva explosión y el camino de salida estaba bloqueado. Supuse que iba a morir allí, en las entrañas de la tierra. Cuando mis ojos se acostumbraron a la oscuridad, vi que aquella galería era muy grande. Al fondo, había una enorme veta de carbón y al final, un pasadizo. Apenas era una grieta en la pared, pero había un tenue resplandor que me hizo pensar en una salida, así que agrandé el pasadizo hasta que pude atravesarlo.

El pocero prosiguió -No había salida. Las paredes de carbón no ofrecían ningún camino a la libertad.

-¿Y el resplandor? Los cuatro hombres y la sirvienta estaban expectantes.

-El resplandor, provenía de un socavón en el suelo, cubierto por una capa de hollín y carbón. Cuando me acerqué, aparté aquella capa negra y apareció un libro. Brillaba en la oscuridad. También había un pequeño tubo metálico, con un cristal en cada extremo. Al mirar por él, se veían dibujos muy bonitos que cambiaban al girarlo.

-¿Un caleidoscopio?

-Así lo llamó el viejo ingeniero chiflado cuando le conté la historia.

-¿Y qué pasó con el libro?

-Yo no sé leer muy bien. No fui casi a la escuela de chico. Pero cuando soplé sobre la tapa del libro para quitar los restos de hollín, aparecieron unas letras muy raras y brillantes. Ponía “El Yayapedia”. Ya estaba yo bastante asustado y desesperado por la situación en la que me encontraba, pero mi terror aumentó cuando el libro se abrió solo, sin que yo lo tocase y empezó a pasar páginas y páginas hasta que se quedó quieto en una en la que ponía: “Deseo+esfuerzo=logro” Estaba paralizado, leyendo torpemente aquella frase sin terminar de comprenderla. Me parecía una estupidez. Algo inútil y tonto para alguien que va a morir dentro de una montaña. Cerré el libro pero se volvió a abrir por la misma página. “Deseo+esfuerzo=logro”. La leí de nuevo, en voz alta.

No tenía muchas opciones, así que pensé que lo que más deseaba en aquel momento, era salir de allí. Pero ¿Cómo? El libro volvió a pasar sus páginas sin que yo hiciera nada y se paró en otra que ponía: “Pide ayuda si la necesitas”

Miré a mi alrededor y me eché a reír. Entonces le hablé al libro. “¿A quién le pido ayuda, listillo? Nuevamente pasó sus páginas y se paró. “A mí”

En aquel momento, convencido de que estaba soñando, todo me parecía posible, así que le pedí ayuda a aquel “Yayapedia”. No tenía nada que perder -“Sácame de la mina. Déjame que vea de nuevo el cielo y respire aire limpio”.

El libro se iluminó aún más.

Fascinado por aquel embrujo, vi cómo, tras dar vueltas y vueltas, en medio de chispas y rayos, el “Yayapedia” se convertía en una luciérnaga que empezó a girar sobre mí y a volar hacia el estrecho pasadizo que me había llevado hasta allí. La seguí por túneles y túneles que no sabía que existían. Solo veía su pequeña luz delante de mí. No sé cuánto tiempo estuve andando tras la luciérnaga. Debí desmayarme por el agotamiento. Cuando me desperté, estaba fuera de la mina, al otro lado de la montaña. Me encontraron los compañeros y el ingeniero loco y cuando escucharon mi historia, pensaron que me había vuelto majareta. Yo también terminé por creerlo. Contado en frío, parece una locura. Me metieron en un sanatorio mental hasta que dejé de contar aquello. Reconocí ante los loqueros que había sido una alucinación y me dejaron salir al cabo de un año… Aunque todavía conservo esto.

El pocero metió su mano en el bolsillo y sacó un tubo metálico. Se lo enseñó al sacerdote y a los extranjeros

-El caleidoscopio. Sé que aquello ocurrió. Este aparatito me lo recuerda. Y me consuela con sus dibujos cambiantes. Recuerdo a menudo las frases del libro: Deseo+ esfuerzo =logro. Las llegué a comprender y las puse en práctica. Entonces, empecé a medrar. No con malas artes, sino como persona, aunque cogí fama de loco y de esquizofrénico. Nadie me creyó, salvo el ingeniero, que empezó a obsesionarse con el libro mágico. Quería encontrarlo. Quería volver al instante en que se produjo la explosión y entrar en la galería conmigo cuando encontré el “Yayapedia”. Subía a menudo a verme y me pedía que le contara la historia, una y otra vez. Y entonces volvía a sus inventos, con más ganas.

-Estos extranjeros también andan buscándolo. Y aunque parece cosa de brujas, han viajado en el tiempo y en el espacio con un medallón y un papelito desde el medievo, desde Tierra Santa, hasta aquí ¿No es increíble?

-Hace mucho que nada me parece increíble ¿Sabe usted?

El sacerdote les contó a los tres extranjeros todo lo que les había dicho el pocero. Entonces el monje miró el papel y vio que había un nuevo mensaje.

Baja al pozo

y tendrás gozo.

-Parece que vamos a poder hacer lo que el viejo ingeniero no consiguió. ¿Lo intentamos?

La sirvienta y el pocero no quisieron participar. La una por temor a aquellas cosas del demonio y el otro, por haber tenido suficiente magia para toda su vida.

Sacerdote, monje y cruzados, se pusieron en círculo, juntaron manos y pies y pronunciaron el hechizo, nuevamente tuneado para la ocasión

Per tempus iter, ad calculus speluncis Alevia perveniamus

Y de nuevo dieron vueltas y vueltas y vueltas hasta que llegaron al instante justo después de la explosión, años atrás. Estaban en la galería con el pocero. Era muy joven y estaba aterrado. Y casi muere del susto al ver aparecer de la nada a aquellos cuatro personajes.

El pocero reconoció al sacerdote, aunque era ahora más viejo. Los cuatro hombres, tranquilizaron al pocero y le aseguraron que iban a sacarle de allí.

Encontraron el pasadizo, lo agrandaron y llegaron a la galería donde estaba el “Yayapedia”

Como les contara el pocero, allí, bajo una capa de carbón y hollín, resplandecía el libro. El pocero cogió el pequeño caleidoscopio. Y tal como había pasado, pasó. Pero no fue igual

En la tapa, en letras raras y brillantes, ponía como dijo el pocero,”Yayapedia”. Y el libro se abrió, como entonces,  por una página. Pero no ponía “Deseo +esfuerzo= logro” sino -“¿Qué buscáis aquí? Este no es vuestro tiempo”

Desconcertados, los cuatro hombres se miraron. El monje, habló.

-Te buscamos a ti. Estos cruzados han venido de muy lejos, de otra época para llevarte con ellos.

El libro giró sobre sí mismo muchas veces y agitó sus páginas.

-¿Por qué?

-Alguien te ansía. Nos dio esta joya y este papel mágico para encontrarte. Nos prometió nuestro peso en oro si te llevábamos hasta él.

Volvió el libro a pasar sus hojas y se paró en una.

-Nadie me lleva. Nadie me posee. Soy del que me necesita y cuando ya no me necesita, no soy.

Sir Bic Arbonato, Estaba impaciente. Se acercó para coger el libro. Pero el libro subió volando hasta la bóveda de la cueva y se abrió por otra página.

-Nadie me lleva. La sabiduría no se posee. Se regala. Salid de aquí.

Y tal y como dijo el pocero que había sucedido, el libro brilló y brilló y se agitó hasta que se convirtió de nuevo en una luciérnaga que cruzó el pasadizo esperando que la siguieran.

Los cuatro hombres y el pocero, se quedaron un momento sin saber qué hacer. Luego fueron tras ella. No querían perderla de vista.

Anduvieron muchas horas por túneles y túneles guiados por su luz. Y, del mismo modo que le pasó al pocero, en algún momento, a la entrada a la mina, se desmayaron. Cuando despertaron, la luciérnaga había desaparecido. Les encontraron los mineros y el viejo ingeniero.

El pocero contó aquella historia pero nadie le creyó. Los tres extranjeros y el sacerdote le pidieron que callara, que dijera que habían tenido una ensoñación pero él insistía. Le llevaron al sanatorio. Seguramente le habría enloquecido el grisú.

Sacerdote, monje y caballeros, volvieron al Alevia del año 2014 sin saber muy bien qué pensar.

-Nunca lo cogeremos.

-No. El “Yayapedia” es astuto.

– Podemos ir otra vez y cogerle por sorpresa.

Parecía buena idea. Ahora que sabían dónde estaba y que era real, podían cogerlo y llevarlo a través del tiempo a la Edad Media, a Tierra Santa.

El sacerdote no quiso participar. Le parecía que las palabras del “Yayapedia” eran suficientemente explícitas.

-“Nadie me lleva. Nadie me posee. Soy del que me necesita y cuando ya no me necesita, no soy”. Eso dijo. Si lo secuestráis y lo lleváis a quien os lo ha pedido, el libro no funcionará.

El monje estaba de acuerdo con el sacerdote. Como el pocero, había tenido suficiente magia para el resto de su vida.
Pero Sir Bic Arbonato y Sir McColifloro, estaban envenenados por la idea de hacerse con el libro. El sacerdote intentó disuadirles pero no hubo manera. Querían ir, aunque fuera solos, de modo que sacerdote y monje les ayudaron con las palabras mágicas. El monje colgó el medallón del cuello de Sir Bic Arbonato y le dio el papelito a Sir Mc Colifloro. No ponía nada, así que decidieron pronunciar el conjuro que utilizaron cuando bajaron la primera vez a la mina.
Los dos guerreros juntaron manos y pies y repitieron al revés el hechizo como les dijera el monje. Y sin más, desaparecieron.
Nunca más supieron de ellos. Los dos religiosos estaban casi seguros de que no habían logrado coger el libro. Y como no sabían leer, probablemente no podrían descifrar el papelito para volver a su tiempo. Nunca lo sabrían.

El monje se quedó en Alevia. Se ofreció como ayudante del sacerdote. Había tenido un montón de experiencias asombrosas durante aquellos días. Había aprendido mucho. Y estaba seguro de que en aquella época, aún podría aprender más que sí volvía a su tiempo. De cualquier manera, sin el medallón no podía regresar.

Si alguien le hubiese dicho una semana antes que iba a viajar al futuro, a Hispania, no le hubiera creído. Hasta que aquellos caballeros se cruzaron en su vida, la magia le parecía pura fantasía. Pero ahora sabía que había cosas que trascendían la razón. Y aunque durante unos días, había abandonado su vida ascética y se había convertido en un aventurero ya era tiempo de volver a la paz y al retiro.

Se instaló en aquella tierra nueva, en aquel tiempo nuevo. El “Yayapedia” le había enseñado que la sabiduría no se puede guardar. Hay que compartirla. Así que se dedicó a enseñar cuanto sabía, en la escuela, a los pastores, al propio pocero, con el que pasaba buenos ratos. Aún tenía el caleidoscopio.

De vez en cuando, en las noches de bruma y viento, sentado junto al sacerdote, le parecía escuchar a los caballeros vagando por los túneles, lamentándose por perseguir sus ambiciosos sueños. Pero tenía la esperanza de que en algún momento, si se habían perdido en las entrañas de la montaña, el “Yayapedia” sería piadoso, se convertiría en luciérnaga y les sacaría de allí.

Tsunami

Refugiándote en tus frágiles cimientos

abandonas mis mares agitados.

Huyes veloz, cobarde, amedrentado

para poder respirar, tomar aliento.

Salvaje e inmortal, grande y hambriento,

mi espíritu te observa desolado.

Tú en la playa, pequeño y limitado.

Feroz mi amor, herido y turbulento.

El armario (2)

Miércoles 17-09-2014

Solía soñar que iba a la luna pilotando una nave espacial híper rápida y que conocía a un montón de marcianos, con sus pieles verdes y sus trompetillas… Y también lo pasaba en grande jugando a la pelota, practicando para ser un gran campeón. Sí… Definitivamente estaba decidido a ser astronauta-futbolista. Pero sus padres le dijeron que aquello no era serio en absoluto y que debía quitárselo de la cabeza. Se resistió un tiempo, pero al final, no sabiendo qué hacer con sus deseos, su balón y sus sueños, se le ocurrió guardarlos en su armario, por si en algún momento le dejaban usarlos otra vez.

(Hasta el próximo miércoles) 🙂

El primer experimento de nuestro laboratorio.

Queridos, queridos. Este es uno de los retos literarios más difíciles a los que me he enfrentado y una de las cosas más divertidas que he hecho nunca.
Ya he empezado el cuento y estoy usando las palabras por orden estricto de aparición en el blog. He llegado a usar hasta pingüe. 😊
Miedo me da llegar a las palabrejas de Juanjo y de Diego. Ya con las que he usado esta saliendo una historia rocambolesca así que os prometo sorpresa cuando cuelgue el post con el cuento terminado el jueves que viene.
Los rezagados que aún no han participado están a tiempo.
A los que ya lo habéis hecho, un millón de gracias por vuestra generosidad y vuestra imaginación, por regalarme vuestras palabras y vuestra simpatía.
Bss.

El laboratorio

Hoy se abre el Laboratorio de Papás Novatos, Héroes y Todólogos

Me gustan los laboratorios. La palabra no mucho. Laboratorio suena muyyyy cansado (por aquello de laborar). Pero sí me gusta esa magia que ocurre dentro de ellos, cuando se mezclan sustancias, a veces sabiendo lo que va a salir, a veces no.

Y de repente, surge algo nuevo y espectacular o un churro gracioso o un desastre. Las posibilidades son infinitas 🙂

El laboratorio de Papás Novatos admite a toda clase de científicos. Os invito a jugar.

La idea es abrir los jueves (hoy) el plazo para enviar palabras o frases, las que se os ocurran. Pueden ser corrientes, brillantes, raras, inventadas… Lo que queráis

Podréis enviar vuestras palabras o palabros hasta el miércoles siguiente.

Y con ese revoltillo fruto de vuestra generosidad y colaboración, intentaremos hacer un cuento o poema o relato. ¡A ver qué sale!

Ahí os lo dejo.

Podéis dejar las palabras en comentarios a este post.

Besos