La Bruja en Móstoles

¡¡Esta mañana hemos estado presentando a la Bruja Calamidad en la Librería Andrómeda, en Móstoles!! Las fotos hablan por sí solas. Lo hemos pasado genial. Al final no pudimos hacer el concurso de puzzles locos, porque los niños eran muy chiquitos, pero hemos hecho unos títeres con calcetines viudos muy divertidos. Como había muchos niños que querían apuntarse y no cabían todos, haremos otro cuenta cuentos en la librería Andrómeda el sábado 20 de diciembre. Aún no sabemos si haremos otra vez la actividad de los títeres con calcetines, que ha tenido mucho éxito, o nos inventaremos otra. Os avisaremos con tiempo. ¡¡¡Feliz Domingo!!!IMG_2888 IMG_2889 IMG_2890 IMG_2891

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Capítulo 39. Nidos nuevos

He perdido la cuenta de las veces que me he mudado… igual son unas sesenta. Tuve incluso una etapa bohemia en la que apenas pasaba unos días en una ciudad ya había que irse con la música a otra parte (literalmente). Es lo que tienen los artistas callejeros. Tienen alma de maleta.

Las mudanzas son terremotos existenciales. La vida se queda patas arriba, en cajas y hay que decidir despojarse: Esto sí, esto no, esto no, esto no.

Las primeras mudanzas son aparatosas. Uno se lo lleva todo, todo y todo, víctima de un síndrome mitad Gólum mitad Diógenes. Pero cuando llevas ya unas cuantas, aprendes a no necesitar, a prescindir de cosas que en su momento, llegaron a parecerte vitales e indispensables.

He seguido paso a paso mis propios consejos (Capítulo 35: LA MUDANZA: ¿¿¿¿¿¿De dónde ha salido todo esto????? ) y aún así, aún tirando, regalando, reciclando, lo que queda siempre es mucho, porque nos hacemos con un ajuar de vida que nos arropa y nos hace más familiar el nuevo hogar. En mi caso libros, papeles especiales, lápices, pinturas, cacharritos informáticos que me encantan, cajas de herramientas, taladro, soldador y otros artilugios (ya os comenté mi debilidad por las librerías, las papelerías y las ferreterías). Me hace gracia ver la parte de la mudanza de mi hija pequeña y la mía. Nada que ver. Creo que tiene cuatro o cinco veces más ropa que yo. Y zapatos ni os cuento. Nos hemos vuelto locas buscando un armario apropiado para tamaño equipaje que al final ha resultado ser el más grande de IKEA. (Y no estoy segura de que le quepa todo).

De modo que a medida que uno se hace mayor, modifica sus patrones y obviamente su equipaje.

Esta es una mudanza especial. Los hijos son grandes, tienen sus propios nidos; algunos tienen incluso sus propios hijos. Y yo vuelo a un nido nuevo y apasionante.

Y viene entonces una nueva sección del manual de instrucciones tan buscado y nunca hallado: Compartirse entre todos los nidos. El mío y el de todos y cada unos de mis hijos, que curiosamente, guardan un algo del nido primero, ese dónde les ayudé a crecer:… el aroma, el sabor de las comidas, el orden en los armarios… Y cuando les veo, independientes, capaces, suficientes, adultos, criando a sus propios bebés, sé que no lo he hecho mal del todo. 🙂

En cualquier caso, da igual lo grandes que se hagan. Sigo estando pendiente.  Para un padre, para una madre, los hijos siempre necesitan un beso de buenas noches, un consejo, un tirón de orejas, un despertar cariñoso. Todos lo necesitamos.

Y aunque seguimos siendo novatos en estas cosas, el amor es el mismo. La distancia hace que haya menos contacto físico. Menos abrazos, menos besos, pero en definitiva, el amor está ahí. Sólo hay que mantenerlo, alentarlo, estar pendientes de qué necesitan, ayudarles y siempre tenderles la mano que les sustente cuando dudan, cuando tiemblan, cuando caen.

Afortunadamente, tenemos vías electrónicas y cibernéticas para poder mantener el contacto. Afortunadamente no vivimos tan lejos y podemos vernos cada poco tiempo. No es igual que cuando éramos un batallón en una casa minúscula, todos unidos saliendo adelante. Pero hemos subido ese peldaño con cariño y seguimos juntos.

Desde que empecé mi carrera de mamá Todóloga, han pasado 31 años. Ha sido y es una carrera de fondo en la que sé que siempre seré una aprendiz.

Tres de mis hijas tienen hijos, así que voy a por el título de Yaya Novata, heroína y todóloga.  La Yayología es fascinante, inspiradora y maravillosa. Me encanta.

Y para rizar el rizo, la vida me ha regalado un amor. En realidad me ha regalado El Amor y lo ha hecho justo en el momento en que podía entregarme a él. Y mi amor tiene dos hijas, así que me he apuntado a varias asignaturas de  Todología, porque, como os dije al principio de este libro, los manuales de instrucciones de los hijos, no sirven de una vez para otra.

A veces me fallan las fuerzas. Pocas veces la paciencia. Nunca el amor. Y siento que la vida me regala la posibilidad de seguir sumando. El amor y el cariño van y vuelven como un boomerang.

Al final, la conclusión en este como como casi todos los capítulos, es que hay que “estar”. ESTAR con mayúsculas, dando lo mejor de uno porque no dar lo mejor es lo mismo que dar nada.

Final del cuento El Armario.

El miércoles que viene, llega la última parte del cuento “El Armario”. En realidad quedaban dos, pero hay lectores impacientes que se muerden las uñas, así que la próxima semana, podréis leer dos juntas incluyendo el desenlace. Será la número 13. 😊

Estoy preparando otro cuento para la sección Parte a Parte. Tengo uno pensado, pero si os apetece algo especial, podéis hacer sugerencias

Feliz semana.
Besos.

El armario (12)

Miércoles 26 de noviembre 2014

Pasaron muchos, muchos, muchos días hasta que consiguió llegar a la gigantesca urbe. Subió a lo más alto de la torre más alta, donde parecía posible tocar la luna y tocó a la puerta.

Le abrió una mujer muy pálida, con el cabello largo hasta los pies. Iba descalza, vestía una sencilla túnica blanca y le sonreía.

Él, dándose cuenta de que llevaba días sin arreglarse ni afeitarse, se disculpó, avergonzado por presentarse allí en semejante estado. Pero no parecía que a la dama le importase mucho su aspecto, porque se fue a la cocina y volvió con una taza de chocolate caliente para él, que le ofreció sin decir nada.

Cuando el hombre terminó el chocolate, preguntó tímidamente por su armario. La mujer se quedó perpleja durante un instante. Sonreía sorprendida e incrédula y repetía: “¡Vaya!, ¡Vaya!”.

Cuando cayó en la cuenta de que el hombre estaba esperando, cada vez más impaciente, se excusó. Le explicó que era la primera vez que alguien se molestaba en buscar su armario. Por lo general, una vez extraviados o robados, la gente se olvidaba de ellos. Pero él… ¡había llegado hasta allí! Le tomó de la mano y le arrastró literalmente hasta a una enorme terraza en la que había plantado un viejo tilo con un columpio colgando de una rama. Subieron por una pequeña escalera y llegaron a un desván. Al abrir la puerta, las bisagras chirriaron.

Allí, en fila, multitud de armarios de lo más variopintos se alineaban como un ejército de madera. Ninguno tenía llave.

Ella aguardó ansiosa mientras el hombre pasaba revista a tan peculiar tropa. Tres o cuatro metros más allá, se detuvo. Estuvo inmóvil largo rato, con los ojos fijos, revisando cada detalle del armario que estaba frente a él. Sacó la llave de su bolsillo. Sus movimientos eran lentos y temerosos, como si un gesto brusco pudiera hacer desaparecer lo que llevaba tanto tiempo buscando.

Cuenta cuentos en Librería Andrómeda, Móstoles

Queridos papás novatos. El cuenta cuentos del libro la Bruja Calamidad que iba a celebrarse este próximo sábado 22 de noviembre en la Librería Andrómeda de Móstoles, se traslada al sábado 29 de noviembre por unos problemitas técnicos. Además del cuenta cuentos de la Bruja, haremos un títere con uno de esos calcetines que se quedan viudos misteriosamente, (Capítulo 37. ¡¡¡¡Calcetines por la independencia!!!) así que, los que vengáis, recordad traer un calcetín para darle una nueva profesión 🙂

Os espero allí. Dado que no hay mucho espacio, hay que apuntarse para participar. El teléfono y la dirección, en el cartelCartel Andrómeda

El armario (11)

Miércoles 19 de noviembre 2014

Se quedó petrificado, cuajado de frío y entendió. Lo entendió todo, lo recordó todo.

Cuando ella despertó, se asustó terriblemente. El rostro del hombre estaba descompuesto y la observaba desconcertado.

En una milésima de segundo, supo que los sueños habían regresado y vio tambalearse los pilares de su vida tranquila y segura. ¿Qué había sucedido? Le había dado las pastillas cada noche. El trabajo no le dejaba tiempo para soñar. ¿Cómo había ocurrido?

El hombre se vistió lentamente, sin decir nada. Ella le hablaba. Le intentaba convencer de que fueran al médico para que le recetase otras pastillas más fuertes que le hiciesen olvidar, que le impidiesen soñar, pero él ya no la escuchaba. Salió de la casa, atravesó el jardín y se perdió en el camino sombreado  que conducía al pueblo. No se llevó nada. Ni maletas ni dinero ni ropa. Solo lo puesto y la vieja llave.

Caminó y caminó preguntando aquí y allí por un viejo trapero con un carro. Le atormentaba la idea de que aquel hombrecillo solo fuera parte de un sueño. Por fin encontró a alguien que conocía a un anciano como el que él buscaba…Sí, le habían visto… Iba a la ciudad cargado de cachivaches.

El hombre siguió caminando esperanzado. Su vista, siempre al frente, buscaba el perfil de la ciudad en el horizonte.

Cuando llegó, continuó preguntando por el viejo trapero. “Siga, siga más allá”. Dejó atrás las calles de asfalto, los puentes, las aceras  grises y los edificios que él mismo había diseñado y llegó donde la ciudad se acaba.

Un mundo desconocido de miseria apareció entonces frente a él. Almacenes de chatarra, desguaces de coches, montañas de basura… y un camino.

Era el mismo camino del sueño. Le invadió una inmensa agitación. Quería correr, pero se contuvo. Anduvo muy despacio, dobló recodos y dejó atrás chabolas y más chabolas, temeroso de que, al final de aquel camino, no hubiera nada. Pero la fortuna fue amable con él. Al final del sendero, se encontraba el almacén pequeño y destartalado de puertas  verdes. Estaban abiertas.

Exactamente igual que en su sueño, un enorme caballo percherón estaba enganchado al viejo carro y el anciano trapero, trajinaba con muebles antiguos, lámparas destartaladas y fardos de ropa moviéndolos de acá para allá.

El corazón del hombre latía potente y acelerado. Se acercó.

El anciano le recibió solícito y amable. Le preguntó qué buscaba. Todo el que llegaba allí, buscaba algo.

El hombre le habló de su armario. Lo describió con pelos y señales, pero el anciano no se acordaba. Hacía tanto tiempo de aquello y recogía tantos armarios parecidos… Entonces el hombre le enseñó la extraña y gigantesca llave y el anciano se echó a reír. Primero fue una risa leve que creció y creció hasta que las carcajadas hicieron que se agitase de la cabeza a los pies.

El hombre aguardó estupefacto hasta que al anciano se le fue pasando el ataque. No entendía qué podía hacerle tanta gracia. Entonces el anciano, con los ojos cuajados de lágrimas, empezó a hablar.

¡El viejo armario sin llave! Nunca consiguió abrirlo por más que lo intentó. ¡Parecía blindado! Ni siquiera pudo descerrajar la antigua cerradura ni desmontarlo para aprovechar la madera. Nunca lo pudo vender porque no se podía usar. Pensó destinarlo a hacer leña, pero le daba lástima… ¡El viejo ropero sin llave…! Al final, se lo regaló a una extraña dama que pasó por el almacén y que decía coleccionar armarios. A él no le servía para nada.

El trapero le dio la dirección de la mujer y se despidió de él, aun riendo.

El hombre regreso sobre sus pasos y se dirigió con verdadera curiosidad hacia el lugar que le indicara el anciano.: “en lo más alto de la torre más alta de la ciudad más grande del mundo”…Caminaba deprisa.

Aquella dama coleccionista de armarios le intrigaba.

La Bruja Calamidad sale de paseo

Mis queridos Papás Novatos.

Mi pequeña Bruja Calamidad, se ha vestido de largo y ha ido a sus dos primeras presentaciones. La primera en Papelería Fabián, en c/ Cueva de la Mora 7, Villaviciosa de Odón, Madrid. La segunda, en Librería Isla del Tesoro, también en Villaviciosa, en la C/ Abrevadero 6.

En las dos, los peques lo pasaron fenomenal, escucharon el cuento atentos, preguntaron, participaron y en el concurso de puzzles locos, se divirtieron intentando encontrar sus fichas entre un montón de piezas desordenadas. Al final, premios y chuches para todos. IMG_2854 IMG_2849 IMG_2852 IMG_2854 IMG_2809_2 IMG_2810_2 IMG_2811_2 IMG_2812_2 IMG_2813 IMG_2814 IMG_2815_2 IMG_2816_2 IMG_2817 IMG_2818 IMG_2819_2 IMG_2820_2 IMG_2820 IMG_2821_2

El armario (10)

Miércoles 12 de noviembre

Y entonces, después de tanto y tanto tiempo, volvió a soñar. Pero no soñó que volaba, ni que amaba, ni que pintaba cuadros hermosos. Soñó con un armario grande y viejo que tenía una enorme cerradura a la que le faltaba la llave y con un anciano que tenía un carro y un caballo percherón y con un antiguo almacén con las puertas verdes, al final de un camino bordeado de chabolas.

Cuando despertó, estaba inquieto, pero se guardó su inquietud para sí. Trabajó sin tregua toda la semana, entre cemento y hormigón, grúas y enormes edificios. Sin embargo, no conseguía olvidar el armario ¿Qué significaba? ¿Y quién era el anciano del carro? Sin poder quitárselo de la cabeza, decidió que tenía que volver a soñar para saber.

Dejó de tomar las pastillas que le daba su esposa cada noche. Sin que ella se diese cuenta, tras la cena, iba al lavabo, las hacía desaparecer por el desagüe y se iba a dormir simulando sosiego y normalidad.

Todos sus antiguos sueños, volvieron a surgir con fuerza. Su vuelo, su caminar descalzo por la hierba, sus pinceles sembrando de colores los lienzos inmaculados, sus edificios locos, cuajados de mosaicos, su risa… Y el viejo armario, que seguía cerrado.

Le costaba un enorme esfuerzo mantenerse impasible por las mañanas.

Aquellos sueños le agitaban, le turbaban, le llenaban de sensaciones que era incapaz de nombrar y sobre todo, le hacían sonreír. Al principio, lo hacía fatal. Le dolía la cara. Sus músculos habían perdido la capacidad para estirarse en una sonrisa amplia y franca. Pero cuanto más soñaba, más fácil le resultaba y mejor se sentía.

Una madrugada, se despertó, se quedó sentado en la cama mirando a su esposa y la vio vulnerable, tan frágil en su sueño, tan bella… Acercó emocionado su mano para tocarla, sus labios para besarle el pelo, aspiró su aroma… y de pronto recordó todo su amor, sus paseos de la mano, sus risas… y el armario donde lo había guardado todo… El viejo armario de sus sueños…

El armario (9)

Miércoles 5 de noviembre 2014

El otoño llegó con sus vientos y con su lluvia de hojas secas y el hombre decidió un fin de semana ocuparse de recogerlas y de regar y segar. Le gustaba hacerlo. El olor a hierba cortada le llenaba el pecho y le hacía sentirse bien. No sabía si aquel sentimiento era bueno, así que lo guardó para sí. No quería que su mujer se preocupara de nuevo. Aquel sábado, ella no estaba en casa. Había ido con los niños a visitar a los abuelos, así que esperaba darle una sorpresa cuando regresase, mostrándole el jardín arreglado.

Con el rastrillo fue amontonando las hojas, las recogió y las metió en una gran bolsa negra que dejó en el contenedor. Luego, engrasó la cortadora de césped, llenó el depósito de gasolina y fue de un lado a otro emparejando la hierba. Estaba terminando cuando algo atascó la máquina. Debía estar muy duro, porque una de las cuchillas se dobló y la segadora empezó a chillar como si la estuviesen matando.

El hombre paró el motor y se acercó a mirar. Con cuidado, desmontó la hoja doblada, apartó los restos de hierba y encontró algo…

Era una llave dorada, muy grande, muy vieja. Una llave de armario. Le era curiosamente familiar, pero como no recordaba de dónde era ni cuando la había visto antes, se la echó al bolsillo, cambió las cuchillas de la segadora y terminó de arreglar el césped.

No volvió a pensar en la llave hasta la noche. Cuando se desnudó para darse una ducha, sonó el mismo tintineo metálico que cuando sacudió el mono azul por la ventana, pero esta vez contra el suelo del baño.

Recogió la llave y la miró. Aunque tenía la sensación de  olvidar algo importante, no lograba averiguar qué.

No le comentó nada a su esposa de aquel hallazgo. Por alguna razón desconocida, sentía la necesidad de callar. ¡Qué tontería! ¿Qué importancia podría tener una vieja llave de armario? Sin embargo, guardó silencio. Celebró la vuelta a casa de su mujer y de sus hijos y todos festejaron el buen aspecto del jardín. Esa noche, olvidó tomar la pastilla.