El Lucero (3)

Llegó por fin a su destino. Las montañas del Himalaya le hacían encogerse de lo enormes que eran. Le gustaba aquel lugar.

Pero se llevó un disgusto terrible al darse cuenta de que los monasterios, antaño silenciosos y tranquilos, se habían convertido en centros de atracción turística donde se cobraba por entrar.

Completamente desolado, aparcó su Harley sideral y recorrió las calles convencido de que ni siquiera allí encontraría la paz que necesitaba.

-“Nada es lo que parece”, le dijo un anciano salido de ningún sitio.

El Lucero se sobresaltó.

-“¿Estás triste?”

-“Sí.”

-“¿Te puedo ayudar?”

-“No creo.”

-“Prueba.”

Entonces El Lucero le contó al anciano el problema que tenía.

Cuando terminó de hablar, vio que aquel viejecito se reía a carcajadas.

-“Te ahogas en una gota de agua. Sí… Ni siquiera precisas de un vaso para ahogarte.”

El Lucero se estaba enfadando. Lo último que necesitaba en aquel momento era a un chiflado riéndose de él.

-“Yo no le veo la gracia por ningún sitio. Si no encuentro paz, no podré terminar mi encargo.”

-“Sí que podrás. Ven. Sígueme.”

A regañadientes siguió a aquel hombrecillo raro por interminables y enrevesadas callejuelas hasta una casucha miserable.

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El lucero (2)

-“¡Qué descuido más imperdonable! ¿Cómo he podido quedarme sin tan siquiera un bote de paz?”

Recordó entonces que para fabricar la luz de Ghandi, había utilizado muchísima. Sí… La de Ghandi había sido una hermosa y potente luz.

-“Bueno… No perdamos la calma. Aún queda algo de tiempo para encargar un poco de paz a la fábrica.”

Llamó a la fábrica de la paz, pero estaban en huelga.

En los distintos almacenes que le proveían de sus preciados ingredientes tampoco había ni un paquete.

-“¡¡¡Qué desastre!!! ¡¡¡Qué desastre!!!”

El Lucero se estaba empezando a desesperar.

-“Tiene que quedar algo de paz en alguna parte.”

Miró su globo terráqueo.

-“Aquí no… Aquí tampoco… ¿Aquí? No, tampoco aquí…”

Cada vez más nervioso, se daba cuenta de que no quedaba paz en ningún rincón del mundo.

De pronto, se quedó mirando fijamente un punto del mapa.

Se acercó mucho, hasta casi ponerse bizco. Y luego, riéndose feliz, señaló con su dedo índice muchas veces aquel punto.

-“¡Aquí. Aquí, aquí tiene que haber!”

El Lucero recordó la última vez que fue a aquel lugar. Allí no había teléfonos ni ordenadores ni ningún artilugio ruidoso con pantallas ni timbres.

Tampoco era fácil llegar. Imposible mandar un mensajero.

-“Tendré que ir yo”

Dicho y hecho. El Lucero dejó la luz de aquel ser singular dentro de una urna de cristal para que no se estropeara, se subió en su Harley sideral y puso rumbo al Tíbet.

La Tierra era muy hermosa desde el espacio.

-“Lástima que esté tan sucia.” Se decía el Lucero.

Pero en aquel momento no tenía tiempo de pensar en esas cosas. Tenía mucho que hacer.

El lucero (1)

Al final, muy al final del firmamento, rodeado de estrellas, planetas y constelaciones, vive El Lucero.

Pasa horas y horas en su taller-laboratorio mezclando potingues. Añade esto, pone aquello, calienta lo de más allá… De la chimenea de su taller salen rayos, centellas y humo de colores,  y a veces se escuchan ruidos muy raros. Tiene los estantes repletos de pipetas, cuenta gotas, tubos de ensayo y tarros con sustancias brillantes…

No es un químico ni un físico. No es un mecánico… Su trabajo es muy importante. Es el encargado de fabricar las luces que iluminan los corazones de los niños que van a nacer.

Casi todas las luces que hace son parecidas: pequeñas y hermosas. Los papás desean para sus pequeños lo mejor, así que El Lucero pone un poquito de esto, un poquito de aquello y suele ser suficiente.

Pero en ocasiones, tiene un pedido extraordinario; un pedido difícil de satisfacer de unos papás que desean con pasión un bebé con una luz especial.

Hacía mucho tiempo que nadie le solicitaba una luz así. Sí…Muchíiiiiiiisimo tiempo.

Por eso, cuando empezaron a tocar todas las campanillas, timbres y sirenas de su taller, casi se cae al suelo del susto.

El causante de tanto estrépito, era un aparato estrambótico del que salían los pedidos especiales. Llevaba una eternidad sin funcionar y se había quedado atascado y aunque chillaba y se agitaba y echaba humo, El Lucero no veía aparecer ningún papel con la solicitud.

Lo engrasó con paciencia.

Iba a usar un bote de “tres en uno” normalito, pero el atasco era monumental, así que decidió tomar medidas drásticas y utilizar un ungüento que se dejó por allí un venusino para engrasar el motor de su nave.

Después de mucho batallar, consiguió que la máquina ronroneara como un gato y entonces, empezaron a salir metros y metros de papel, con todos los deseos de unos futuros papás para su hijo.

Algunos papás le enviaban deseos un poco tontos, como “que tenga los ojos azules” “que sea alto” “que tenga el pelo rubio”.

-“¡Pamplinas!” decía El Lucero. Con aquellos deseos no se podía fabricar una luz.

Pero no era el caso. A medida que leía aquella larga, larguísima lista de anhelos salidos del corazón, se daba cuenta de que el pedido que tenía entre las manos, no era cualquier cosa.

Miró la fecha del futuro nacimiento. Estudió los datos que le habían mandado… Miró entonces la lista kilométrica de ingredientes que necesitaba para fabricar la luz que le pedían.

-“¡Uffff.! ¡No sé si voy a llegar a tiempo!”

Se echó la lista al hombro y se encerró en su taller.

El Lucero trabajó y trabajó y trabajó.

Iba del almacén a sus probetas, miraba la lista de nuevo, añadía otro ingrediente…

-“ Inteligencia… curiosidad… alegría… bondad… amor por los animales… ”

-“Gota a gota…Con cuidadito.”

Y así, fue creando una luz espectacular, suave pero grandiosa.

Quedaba poco para el nacimiento y solo le faltaba añadir el último ingrediente, pero por más que rebuscó en su almacén no encontró ni una pizca.

-“¿Cómo puede ser esto?”

Revolvió todo su taller pero no halló ni un bote, ni un grano, nada de nada.

¡¡¡¡¡¡¡¡ ¡Le quedaban dos días para tener la luz terminada y le faltaba el ingrediente más importante!!!!!!!!

El armario (13). El desenlace.

Miércoles 13 de diciembre 2014

Por fin se decidió. Miró a la dama. Al mismo tiempo que ella le sonreía, animándole, él giró la llave y abrió la puerta. Primero un poquito, luego de par en par y entonces, ocurrió algo…

Un ciclón repleto de colores y perfumes salió del ropero y rodeó al hombre y le inundó y le traspasó y se introdujo en él. Y cuando el armario se quedó vacío, simplemente desapareció.

Sonó un tintineo familiar en el suelo. Aquella llave… El hombre la recogió algo aturdido y asustado.

Se sentía hermoso, fuerte y lleno, pero también confuso y desorientado.

Ahora que tenía dentro todo lo que había ido guardando a lo largo de su vida, no sabía muy bien qué hacer con ello ni dónde ir.

Miró interrogante a la dama, que aun sonreía.

Ella le invitó a quedarse y se ofreció a ayudarle hasta que encontrase el camino… y él se quedó. Poco a poco, ella le enseñó a colocar en su alma todo lo que el armario le había devuelto y a sonreír y a reír a pleno pulmón… Tejió para él cuentos y poemas y le ayudó a volver a vivir, a sentir, a soñar sin reservas ni ataduras…

El hombre estuvo allí mucho tiempo, hasta que se sintió preparado, hasta que dejó de tener miedo. Entonces, se despidió con ternura de la dama y se fue.

Habían caído todas sus murallas y se sentía libre y seguro para construir su propio hogar.

Inventó una nueva luz que fue llenando sus cuartos de arco iris y respiró y suspiró y exploró nuevas estancias que se levantaron casi solas, cuartos secretos, luminosos, llenos de magia y de color y no diseñó nunca más casas grises, oscuras y sólidas, llenas de raigambre y permanencia. Dejó volar su fantasía y cuajó de espejos y mosaicos las paredes y levantó escaleras de caracol para subir a los balcones que dan al mar. Y también llenó los lienzos inmaculados de mundos hermosos y caminó por la hierba descalzo.

Lo hizo todo. Fue feliz.

Amó, soñó, creó, viajó cerca y lejos. Y muchas tardes, sentado a la sombra del enorme tilo, se dejó arrullar por las palabras mágicas de los cuentos de su vieja amiga, en lo más alto de la torre más alta de la ciudad más grande del mundo.