Tertulias de armario (I)

Aquella noche el silencio era casi total. Solo se oía un leve murmullo procedente del interior del gran armario del dormitorio, que cesó de inmediato cuando se abrió una de las puertas y una mano de mujer, de uñas perfectamente lacadas y dedos ricamente ensortijados, se introdujo en las entrañas del mueble para sacar un camisón.

Al cabo de un rato, cogió una percha, colgó una capa y dejó su bolso y sus guantes sobre la cajonera.

Una vez estuvo todo guardado, cerró la puerta y se alejó.

Se hizo nuevamente el silencio. Solo se escuchaba el tic-tac del reloj de pared.

Pero no tardó en volver a oírse aquel murmullo dentro del ropero, como de voces y roces.

Se colaba por una rendija de la puerta del ropero la tenue luz de la luna, que dejaba adivinar cada prenda perfectamente colocada.

El bolso estaba abierto y de él salían vocecillas que parecían discutir.

-Estoy harta. Esa mujer no ha hecho otra cosa que abrirme y cerrarme durante toda la noche.

-No te quejes pitillera, porque yo me he quedado sin piedra y achicharrado de tanto encenderme y apagarme para prender tus dichosos cigarrillos.

-Vaya, mechero. Yo sí que estoy harto. Hoy ella ni siquiera se ha acordado de mí. Otras veces me saca y se pinta los labios con este color tan magnífico que poseo, pero hoy no. Solo fumaba por lo que se ve, aunque no he visto nada. ¿Sabéis algo vosotros, guantes? ¿Qué le pasaba hoy?

-Ni idea. A nosotros nos ha retorcido y estrujado. Sus manos estaban frías pero no nos ha utilizado para cubrirse.

-Yo tampoco sé lo que le pasaba. Se cubrió conmigo pero seguía temblando.

-No sé capa. No creo que esté preocupada por falta de dinero… Tengo la tripa llena de billetes y monedas.

-Conmigo escribió una nota en una servilleta, pero iba tan rápido que casi me mareo.

-Yo no creo que le pase nada. Es una mujer rica, sin preocupaciones ni problemas. Cuando me saca me doy cuenta de que soy el más vistoso y caro de todos cuantos nos alojamos en el guardarropa. ¿Qué puede pasarle a una dama que tiene un abrigo de visón? ¿Verdad, joyero? ¿Tú qué opinas?

-Yo estoy lleno de valiosas sortijas y collares…El sueño de cualquier mujer. Estoy contigo, visón. No puede sucederle nada grave. Tendría jaqueca…Jajajajaja. Es el mal de toda dama rica.

-No sé, no sé…Hoy caminaba insegura sobre nosotros ¿Verdad, hermano? Siempre taconea firme y decidida pero hoy sus pasos eran vacilantes, como si no supiera donde ir.

-Es cierto…Parecía perdida.

-A mí me ha llevado encima todo el día. A pesar de  de no hacer sol, no me ha apartado de sus ojos ni un momento…Y me ha mojado. Igual tenía mal la vista.

Así pasaron la noche, murmurando y opinando sobre el comportamiento de aquella mujer.

Discutieron todos y cada uno de los habitantes del armario sobre el extraño proceder de su dueña. A fin de cuentas ¿Quién mejor que ellos para hacerlo?

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El Lucero (6) Final

En estas cavilaciones estaba, con el humor más negro que el carbón, cuando sintió que le tocaban la cabeza.

Cuando levantó la mirada, se tropezó con los ojitos del bebé, inmensos y brillantes, que le observaban con expresión divertida.

Con su manita diminuta, agarró el dedo del Lucero y entonces sucedió.

¡¡¡¡¡Sucedió!!!!

El bebé resplandecía, su luz brillaba  y como por arte de magia, fue pasando por el dedo del Lucero hasta su corazón y de pronto, dejó de estar enfadado y triste.

Se llenó de una paz blanca y silenciosa que espantó todos sus nervios y su pena.

-“Funciona. ¡¡¡¡¡¡¡Funciona!!!!!!!!”

El Lucero bailaba alrededor de la cuna mientras el bebé sonreía.

Satisfecho, feliz, se despidió del recién nacido con la sensación de haber hecho bien su trabajo y se alejó de la Tierra en su Harley sideral, con una paz dentro de sí como nunca había sentido.

Al llegar a su taller, el aparato estrambótico de los encargos especiales, pitaba desesperado.

El Lucero estaba sorprendido.

-“Dos encargos en menos de un año… ¡Esto sí que es suerte!”

Salió disparado para revisar la lista de aquel nuevo pedido y allí se quedó, enredando entre botes y probetas, fabricando una nueva luz.

Un juego

La revista literaria Ensueño propuso ayer un juego muy divertido. Un poco como el que yo propuse en la sección El laboratorio de escribir una historia a partir de una serie de palabras dadas.

En este caso, es a través de unos dados. Os pongo el enlace. Es un reto divertido que pone a prueba nuestra imaginación.

Esta es la que yo he hecho a partir de esas palabras.

El experimento

El Dr. Fulano y el Dr. Mengano discutían acaloradamente. 
-¡No es así! ¡La fórmula no es así!
-¡Pues claro que es así!

-Le digo a Ud. que no. Si echa en la probeta esa joya y luego añade hipogorgorito de estrodio, no conseguirá la piedra filosofal.
-¡Y yo le digo que sí! Sólo hay que conseguir una temperatura de -30 grados centígrados en el laboratorio y una presión de tropecientas atmósferas y la fórmula funcionará.
-¿Está Ud. loco? El termostato del laboratorio ni siquiera llega a 5 grados. ¿Cómo piensa bajar tanto la temperatura? 
-Ya verá, ya verá.
El Dr. Mengano llamó a su ayudante por el móvil varias veces pero no obtuvo respuesta.
El Dr. Mengano estaba contrariado.
-Seguro que está escuchando música a toda pastilla. 
Optó por mandarle un mensaje y finalmente el ayudante pertrechado con su mp3 y sus auriculares apareció tarareando su música y empujando una caja descomunal. 
Dentro, había un aparato rarísimo.
-Esto es el refrigerador Silver Ice. El más potente del mundo. Saldremos del laboratorio y entonces, bajaremos la presión y la temperatura hasta los valores apropiados. En apenas 10 minutos se producirá la ansiada reacción y ¡¡¡¡EUREKA!!! Tendremos la solución a ese enigma milenario.
El Dr. Mengano preparó el refrigerador, la probeta con la joya y todos los prolegómenos para el singular experimento. Salieron todos del laboratorio y con un mando a distancia puso en marcha “la operación piedra filosofal”
En un abrir y cerrar de ojos, el refrigerador dejó escapar una niebla densa que se elevó hasta el techo. Empezó a caer una fina lluvia que se convirtió en nieve y en los diez minutos estipulados por el Dr. Mengano, el laboratorio estaba absolutamente congelado. 
Expectantes, con la nariz pegada al cristal, todos vieron cómo el ayudante melómano entraba en la estancia gélida y se acercaba al soporte de la probeta a comprobar si el experimento había salido bien.
El ayudante cogió la probeta con cuidado y se dispuso a salir del laboratorio y entregársela al Dr. Mengano, con tan mala fortuna que se escurrió en el hielo que se había formado en el suelo con tanto frío y dejó caer la probeta que se hizo añicos en medio de un humillo dorado.
-¡Qué has hecho insensato!
El Dr. Mengano entró como una tromba en el laboratorio y cuando comprobó que no quedaba nada de la joya salvo un rastro leve de polvillo áureo, se le inyectaron los ojos en sangre y salió látigo en mano tras su ayudante, que había puesto pies en polvorosa mientras la música sonaba a toda pastilla en sus orejas.

Besos

Estafa climática.

Lo anunciaron a bombo y platillo en todos los medios. ¡¡¡¡Previsión de nevada esta noche!!! ¡¡¡No salga sin cadenas!!! Sí…. Era la noticia de la semana. Y miles de toneladas de sal se esparcieron por aceras y autovías y se alertaron todos los servicios de emergencia, Samur, protección civil…

Todos con las caras pegadas a los cristales este domingo, esperamos la gran nevada, el paisaje blanco, la posibilidad de faltar al cole o al trabajo el lunes y dormir un poco más, calentitos.

El cielo estaba de nevar, gris y rosado. Las nubes gordas… Buenos presagios sin duda. Y por fin, cuando cayeron los primeros copos, la emoción nos embargaba.

-¡¡¡¡Chicos, venid!!!! Está nevando.-No llegaron a verlo. Sólo cayeron tres copos. ¡¡¡¡TRES!!!

Lo mismo pasó con el temporal de lluvia y con el de viento y con la tormenta de arena….

Toda una estafa climática.

Hay rumores que afirman que en el instituto Meteorológico, los carísimos equipos capaces de predecir hasta la levedad de la brisa, a causa de los recortes han sido sustituidos por kits escolares marca “nisu” y que en lugar de antenas parabólicas han puesto antenas hiperbólicas, que salían más baratas.

¡Vaya usted a saber!

El fabuloso pie de Fructu

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Es posible que parezca que este pie es un pie corriente y moliente, igual a otros miles de millones de pies, pero en realidad, es muy especial. Sabe hacer un montón de cosas.

Fructu también es muy especial. Es el propietario de ese pie fabuloso.

Fructu no puede andar. Y tampoco puede usar sus manos. Tiene que ir en una silla de ruedas a todas partes. Pero no está triste porque tiene un don.

Lo descubrió cuando aún era pequeño.

Tenía muchas cosas que decir y a veces no conseguía hablar. Sus manos no tenían fuerza para coger un lápiz… y las palabras se acumulaban, se acumulaban dentro de Fructu y no podían salir de ninguna manera.

Fructu estaba tan lleno de palabras, que un día le llegaron a los pies. Le hacían cosquillas por dentro. Querían salir.

Entonces, el fabuloso pie de Fructu cogió un lápiz entre los dedos para intentar sacarlas.

El otro pie de Fructu estaba avergonzado. “Los pies no sirven para escribir” le decía a su gemelo. Pero el fabuloso pie de Fructu no hizo caso.

Practicaba día y noche. Era muy difícil. A veces salía todo al revés. A veces se cansaba y le entraban calambres. Pero Fructu y su pie habían hecho un trato. Tenían que aprender a escribir juntos por más duro que fuera y sacar todas esas palabras que se habían amontonado dentro.

Fructu miraba de vez en cuando por la ventana y veía a otros niños jugar al futbol. ¡Qué difícil es tener amigos cuando no puedes salir!

Le gustaría contarles a esos chicos todas las historias que él y su pie habían escrito. Pero los muchachos no tenían ni idea de que Fructu tenía cosas que contarles. Nadie sabía de su maravilloso don.

¿Cómo hacer llegar las historias de Fructu a los demás? Fructu pensaba… La mamá de Fructu pensaba… Merche, la hermana de Fructu, pensaba… Toda la casa estaba llena de ideas que se escapaban de las cabezas y se escondían por los rincones.

Y un día, la solución al problema llegó a casa de Fructu en una caja gigante.

Era un ordenador. Aquel cacharro era enorme. Ocupaba toda la mesa del comedor. Y aunque todos estaban entusiasmados con el aparato y le decían a Fructu lo maravilloso que era, a primera vista, Fructu pensó que no le iba a ayudar en nada. No podía coger el ratón con su mano, no podía teclear con sus dedos… Ni siquiera podía dictarle porque a veces le costaba hablar.

Le explicaron como funcionaba, los programas que tenía, cómo navegar por internet… Pero a Fructu no le hacía ni pizca de ilusión aquella máquina que él consideraba inútil y la dejó apagada durante varios días.

El fabuloso pie de Fructu miraba al ordenador desde la silla. Al principio con la misma desconfianza que su dueño. Luego con interés. Pensó mucho en todas las explicaciones que había oído sobre su funcionamiento y de pronto se dio cuenta de que aquello era justo lo que necesitaban.

Tiró de Fructu hacia el ordenador, pero Fructu estaba tan desalentado que no quería hacer nada. Volvió a tirar de él y consiguió mover su silla un poco. Otro poco. Otro poco. Hasta que al fin, logró poner a Fructu frente a la máquina.

El fabuloso pie de Fructu la encendió con cuidado. Recorrió el teclado con sus dedos. Una tecla, otra tecla, otra más. Recordó que había un programa para escribir y lo buscó.

Fructu no hacía caso de su pie. Le miraba distraído tocar el ratón y el teclado, pero no ponía atención.

Hasta que se abrió una página en blanco en la pantalla y el fabuloso pie de Fructu escribió “HOLA”.

Fructu se espabiló y miró las letras asombrado. Y asombrado miró a su pie y se empezó a reír. Y entonces, él y su fabuloso pie comenzaron a investigar y a aprender y a probarlo todo y escribieron, escribieron miles de historias que compartieron con miles de personas que conocieron a través del ordenador.

Y así fue cómo Fructu y su fabuloso pie, sin salir del salón de su casa, se olvidaron de la silla de ruedas y del cuerpo inmóvil y viajaron por todo el mundo, soñaron, descubrieron gentes, pueblos, ciudades lejanas, volaron, y atravesaron felices tierras y mares derribando una por una todas las barreras.

Basado en la vida de Fructuoso Gil, un guerrero valiente.

Fructu

El Lucero (5)

Los minutos transcurrían deprisa. Apenas le quedaba media hora para llegar donde tenía que nacer el bebé y colocar la luz en su corazón. No podía demorarse más.

Metió la luz en la urna de nuevo y salió zumbando rumbo a la Tierra.

Llegó justo a tiempo. Estaba nervioso, ofuscado y muy, muy estresado. ¿Y si aquella luz especial no había salido bien, con tantos impedimentos e inconvenientes?

Le temblaba el pulso.

Se acercó a la cunita y abrió la urna.

Nadie le vio. El Lucero, obviamente, era invisible, como todos los seres mágicos.

La luz, abandonó su prisión de cristal, voló hasta el corazón del recién nacido y desapareció.

Sudando y tiritando de los nervios, el Lucero observaba con los ojos como platos, atisbando cualquier cambio, cualquier resplandor, cualquier indicio de magia en aquel cuerpecito menudo tras recibir aquella luz especial, pero no pasó nada de nada.

-“He fracasado… Seguro… La luz de este bebé no funciona.”

Estaba abatido, con el corazón triste. También estaba enfadado.

Apoyó la cabeza sobre la cuna y se puso a llorar.

-“Debo estar viejo… Ya no me salen las cosas bien. Tanto trabajo y no ha servido para nada. Estos papás no tendrán el bebé que esperan.”

7. La azarosa vida de una pelusa.

Me ha pedido un amigo que rebloguee el cuento de la azarosa vida de una pelusa, así que ahí va. Besos

Papás novatos, héroes y todólogos

Mi papá dice que la aspiradora fue el comienzo del fin, la debacle, el Apocalipsis de nuestro mundo.

Ese artefacto rugidor y terrorífico, era para él el mismísimo demonio.

En nuestra casa al principio, no había aspiradora. La dueña era una anciana con artrosis que malamente podía barrer detrás de los armarios. Todo lo demás lo tenía limpísimo, pero la buena mujer no tenía fuerza para rodar los muebles ni para agacharse, por lo que los rincones oscuros y escondidos, nos mantenían a salvo.

El mejor lugar para jugar, era debajo de la cama. La colcha ocultaba nuestra presencia, pero dejaba pasar un ligero resplandor y era muy agradable dejarse llevar por la brisa.

Correr por el pasillo a otra habitación era peligrosísimo. A veces, la anciana cazaba a alguna de nosotras con un trapo húmedo o con la fregona y no volvíamos a saber de ella.

Un día, la…

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El Lucero (4)

Allí, había una mujer con un montón de chiquillos brincando a su alrededor. El anciano le dijo algo y ella, sonriendo, desapareció detrás de una cortina y apareció un minuto después con un tarro de cristal, que entregó al Lucero inclinando amable la cabeza.

Dentro del tarro, había una niebla blanquísima.

-“¡¡¡¡¡¡Es paz!!!!!!! Pero ¿Cómo?”

El Lucero miraba sorprendido a aquella mujer que había vuelto a sus quehaceres con sus hijos.

-“Ven.”

El Lucero siguió de nuevo al anciano por más y más callejas, hasta que se detuvieron en otra casa.

Era una escuela. El anciano le dijo al maestro algo y el maestro, como la mujer, salió y volvió a entrar en menos de un minuto con un tarro que le entregó al Lucero.

Y así, fueron recorriendo la ciudad.

Cuando regresaron donde El Lucero había aparcado su moto sideral, tenía entre sus brazos ocho tarros llenos de la paz que andaba buscando.

Estaba bastante confuso.

-No encontré paz en ningún sitio… Ni siquiera en la fábrica.

“No buscaste bien. La paz que se puede comprar, no vale para nada. Es frágil y efímera. La paz de verdad, se cultiva en los jardines privados de la gente humilde. La paz se regala, se comparte. Y no hay mayor regalo que ese.”

El anciano se despidió y El Lucero regresó a casa con su increíble tesoro.

Al bajarse de la moto y mirar el reloj de la entrada, se dio cuenta del poco tiempo de que disponía para terminar su trabajo.

-“¡¡¡¡Dos horas!!!! ¡Ay mi madre! ¡Tengo que darme prisa!

Entró como una exhalación en su taller y tras meditar un momento, cogió la pequeña urna donde había guardado la luz y empezó a trabajar.

Abrió los ocho botes de paz y tomó una generosa cantidad de cada uno. Eran paces de diferentes colores, pero todas resplandecían de una manera espectacular.

Las añadió poco a poco, mezclando bien cada porción con los ingredientes que ya tenía la luz. Cuando terminó, se quedó esperando.

No sabía muy bien lo que tenía que pasar, pero estaba seguro de que tenía que pasar algo grande. Sin embargo, no ocurrió nada de nada.