El despertar (1)

En el silencio más absoluto de la madrugada, ahí donde la luz y las sombras pierden sus perfectos límites, se halla un joven dormido.

Tan plácido es su sueño, que hasta sonríe.

….Y de pronto ¡EL APOCALIPSIS !¡EL CAOS!¡EL HORROR! EL DESPERTAR en la vorágine de la música, ( si es que se le puede llamar así), atronadora y diabólica , de su diabólico, insensato e impresentable compañero de piso, en adelante, el Energúmeno.

El joven se incorpora aturdido, con el corazón al galope y se golpea la cabeza con la litera de arriba… ¡Dios! Se toca el chichón.

Está confuso.

Intenta encender la luz y tira la lámpara y el vaso que hay sobre la mesilla de noche.

Se levanta.

La sábana se enreda en sus pies y cae al suelo.

A gatas, en una posición algo más que ridícula, consigue llegar al interruptor, mientras aquella música de los infiernos sigue martirizando sin compasión sus maltrechos oídos.

Llega al salón.

El Energúmeno, mantiene un duelo con la gravedad, borracho y semiconsciente, sobre el sofá, en una postura casi imposible.

Para asombro del joven, su compañero de piso lleva un walkman y unos cascos puestos, que le transportan a otro mundo de idénticos enajenados musicales y le aíslan de este, por lo que deduce que el hecho de encender el equipo de música del salón a todo trapo ha sido poco más que un acto reflejo.

No sabe si desconectarlo.

Duda mirando de reojo al Energúmeno, que sumergido en sus vahos etílicos y en su caos mental, no parece enterarse de nada.

Sigiloso, aprieta el mágico botón de Off, que le devuelve, casi, al primitivo silencio.

Solo el susurro que se escapa de los cascos del Durmiente, perturba la perfección.

El joven, algo más sosegado, decide hacerse el desayuno.

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Miércoles y cuento.

Nuevo miércoles. ¿Que tendrán los miércoles? Son el ecuador de la semana. Si va siendo mala, la mitad de lo malo ya ha pasado y si va siendo buena, lo mejor está por llegar. 🙂

En territorio de Papás novatos, los miércoles siempre hay cuento. Los miércoles pasan cosas

Empezamos con EL DESPERTAR.

Besos

Tertulias de armario (IV y final)

Cerró el armario con asco y aprensión ante la idea de que algún bicho repugnante saliera de allí.

Los pasos sordos de la asistenta se alejaron deprisa.

-¿Has visto lo que has hecho, pitillera? ¡Fuerte bocazas estás hecha!

-Lo siento mucho…Es que no me pude reprimir.

-¡Pues mira que bien! Por tu necia curiosidad la señora piensa que tu vocecilla es el sonido de bichos asquerosos y va a desmontar el armario. –

Si llevamos toda la noche y parte de la mañana diciéndote que te calles y tú nada, venga que dale a la lengua. ¿Y total para qué? La señora se ha llevado el pañuelo y ya no sabremos el final de la historia.

-¡Vaya faena!

Se escucharon nuevamente pasos, esta vez de dos personas.

-Que sí, que sí. Que se oyen ruidos dentro del armario.

-Si tú lo dices… Voy a sacar todos los abrigos. Tú ve mirando entre los pañuelos y los guantes. Luego le echamos un vistazo a las cajas de zapatos y cuando esté el armario vacío fumigamos.

Se abrió el armario y comenzó la debacle. La impecable armonía que reinaba habitualmente se estaba quebrando por momentos.

-Olerá todo a insecticida ¡Qué espanto!

-Pitillera…Si dices una sola palabra más, prenderé todos tus cigarrillos y cerraré tu preciosa tapa.

-Vale, vale. ¡Qué humos!

-Pero ni una ¿eh? Hasta que las cosas vuelvan a su ser, callada como una muerta. –

Está bien. Está bien…

Los abrigos fueron amontonándose sobre una mesa. Manos expertas los revisaban buscando cualquier viso de inquilinos indeseados. Las cajas de zapatos seguían el mismo camino, escrutadas hasta la última esquina. Prenda por prenda, todo fue sacado de su lugar y colocado en cajas para llevarlo a la tintorería. La asistenta le llevó el bolso a la mujer.

-Es lo último, señora.

-Muy bien. Asegúrese de que no queda ni un bicho.

-Sí señora.

El armario, con sus puertas abiertas de par en par, completamente vacío, se llenó de vapores insecticidas capaces de destruir cualquier rastro animal. Se llevaron las cajas de la estancia, los zapatos, los bolsos…Todo fue meticulosamente examinado. Curiosamente no apareció ningún pequeño ser peludo y con muchas patas. Tampoco polillas ni gusanos. Nada en absoluto.

-No entiendo nada señora…Se oían ruidos raros en el armario.

-Ya lo sé…Yo también los escuché. No sé preocupe. Seguro que el insecticida ha terminado con ellos, donde quiera que se hayan escondido. ¿Ha mirado en mi bolso?

-No.

La mujer lo vació, examinando cada objeto. Abrió la pitillera y sacó un cigarro. Cogió el mechero y lo prendió dejando escapar una bocanada larga de humo.

-Ningún bicho. Se ausentó de la habitación dejando el contenido del bolso sobre la cama. Desde allí, todos podían ver el armario abierto de par en par, solo y vacío tras el tratamiento insecticida…Sobre la mesilla de noche, estaba el pañuelo, aun húmedo y arrugado. La pitillera se moría de curiosidad… ¡¡¡Con lo cerquita que estaba!!! ¿Qué tal una preguntita de nada?…Pero sintió cerca al mechero y se mordió la lengua acordándose de su amenaza. ¡Nada de hablar fuera del armario!

Tertulias de armario (3)

-¡Venga…cierra ya! La pitillera susurraba, pero hubiera gritado de puro nerviosa. El afán de chismorreo le hacía perder la compostura.

-Cállate ya. Nos van a pillar y verás…

La mujer estaba impasible e inmóvil, con la mirada perdida dentro del armario. Parecía distraída, como si sus pensamientos la hubieran arrastrado lejos, dejando su cuerpo allí, recorriendo con su vista las prendas sin verlas, más bien traspasándolas.

-Sí que está rara… ¿Qué está haciendo?

-Shhhhhhhh.

La mujer pareció escuchar algo y salió de su ensimismamiento.

Iba a cerrar las puertas…Solo faltaba echar la llave…

-Venga…Venga…

…Pero algo la hizo cambiar de idea. Abrió de nuevo y mirando fijamente un punto entre la ropa, sonrió.

-¿Qué le pasa ahora? ¿Qué hace?

-Ni idea. ¡Cállate ya!

La mujer miró hacia el bolso, como si hubiera escuchado a la pitillera. Movió la cabeza sonriendo y fijó nuevamente su atención en aquel punto.

Extendió la mano muy despacio y rozó con sus finísimos dedos la punta del blanco pañuelo. Aun estaba húmedo.

Lo sacó del bolsillo de la capa con cuidado infinito y se alejó del armario sin cerrarlo.

Mientras se perdían sus pasos sobre el parquet, la pitillera bufaba.

-¿Se puede saber qué pasa?

-Se ha llevado el pañuelo

-¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿Qué?????????????????¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡No me lo puedo creer!!!!!!!!!!¿Y ahora cómo nos enteramos de todo?

-¡Cállate! El armario está abierto.

-¡Me da igual! ¿Cómo se ha podido llevar el pañuelo? ¿Y ahora qué? ¿Eh? ¿Eh?

Se aproximaron unos pasos engomados.

Era la asistenta.

-¡Señora!

La mujer asomó por la puerta

-Dígame… ¿Ocurre algo?

-Pues… No sé. Se oyen ruiditos en el armario.

La mujer sonrió.

-Vaya… Pensé que era mi imaginación.

  • No señora…Igual son bichos.

-Encárguese de fumigar lo antes posible. Y quizá haya que llevar todas las prendas a la tintorería. No quisiera ponerme un abrigo y descubrir que tengo compañía.

Tertulias de armario (2)

Empezaba a amanecer. Los dedos del sol acariciaban suavemente el aire. Miles de motas suspendidas brillaban bailando en aquel vestidor.

Los murmullos del armario casi habían cesado.

La claridad se colaba furtiva posándose en aquellos curiosos contertulios. Todo estaba perfectamente ordenado, cada prenda, cada complemento, cada percha…Nada rompía la armonía extraordinaria que se le había impuesto al armario…Nada excepto la presencia de un pañuelo…

Asomaba su blanquísimo lino del bolsillo de la capa, finamente bordado. Había permanecido oculto y callado, escuchando la cháchara de sus vecinos.

-Vaya aspecto tienes. Necesitas un buen planchado, amigo pañuelo.

-Es posible.

-Y estás mojado. ¿Donde te has metido? Me has empapado el bolsillo

-Lo siento capa. No era mi intención.

-A este pobre sí que le han dado la noche. Pero…tú no eres de aquí ¿verdad? Hueles diferente.

-¡Es verdad! ¿Eres nuevo? La dama se compra cosas todos los días. Apenas nos da tiempo a presentarnos.

-No soy nuevo. Era de otra persona. La verdad es que no sé muy bien donde estoy.

-En el armario de ella. ¿Dónde vas a estar si no?-La pitillera lo encontraba todo natural.

-Pitillera… ¿No has oído que no es de ella?

-¿No? ¿Cómo que no? ¿Y entonces cómo es que está aquí? ¿Eh? ¿Eh?

-Mi dueño me ofreció a ella para enjugarle las lágrimas.

-¿Lágrimas? ¿Quieres decir que estaba llorando? ¿Y cómo es que no me he enterado? ¡Jesús…!Con lo chismosa que soy y no me entero de nada… ¿Sabes por qué lloraba? ¿Eh? ¿Eh? ¿Por qué?

-Claro.

-¡Hijo mío, cuéntalo ya, que estoy que consumo mis pitillos sin lumbre!

-Pues…

Se escucharon pasos en la estancia y todo el mundo guardó silencio.

-¡Maldición!

-Shhhhhhhhh. Cállate, pitillera.

-¡Pero es que me muero de curiosidad!

-Shhhhhhhhh.

La pitillera aguantó la lengua como buenamente pudo mientras en el vestidor se abría la ventana.

Entró la brisa de la mañana refrescándolo todo.

Los pasos se acercaron al armario y las puertas se abrieron.

La mano de ella, con sus uñas brillantes y sus anillos lujosos buscaban en el bolso algo que se resistía a dejarse hallar.

A pesar de los esfuerzos de la pitillera por aplastarse contra el bolso para no dejarse coger, la mano finalmente tropezó con ella y se la llevó.

También tomó el mechero y cerró la puerta del armario.

-¡¡¡¡Será posible!!! ¡¡¡Justo cuando lo iba a contar!!!

-¡¡¡Cállate pitillera!!!

La mujer tomó un cigarro, lo prendió y cerró los ojos, quedándose un gran rato inmóvil en medio de la estancia. Luego volvió a abrir el armario, dejando la pitillera y el mechero en el bolso.

-¡Bieeeen! La pitillera estaba exultante e impaciente. Deseaba que la mujer cerrara las puertas para poder interrogar al pañuelo.

Un paraguas en el desierto

¿Para qué sirve un paraguas? Seguro que pensáis que es una pregunta muy tonta. Es obvio que un paraguas, sirve para parar el agua.

¡Oh! Disculpadme por favor. No me he presentado. Soy Mr. Umbrella. Un elegante paraguas inglés.

Pues eso. Como os decía, un paraguas, sirve para parar el agua de la lluvia. Aunque a veces, no solo sirve para eso.

Hace años, yo vivía en la preciosísima ciudad de Londres. Y siempre llovía. Todo el mundo llevaba paraguas; paraguas de todos los colores y era un espectáculo espectacular cuando nos abríamos al mismo tiempo en plena calle al caer las primeras gotas de agua.

Un día, ¡Zas! Me encerraron durante horas y horas en una maleta que se movía para aquí y para allá ¡Pumba y dale y zaca!

Ni os imagináis el mareo y el dolor de varillas que tenía cuando me sacaron de allí.

¿Y a que no sabéis dónde me llevaron? Al desierto. ¡¡¡¡Al desierto!!!! ¿Por qué alguien se lleva un paraguas al desierto?

Supongo que esa misma pregunta se hicieron mis dueños porque me dejaron en la maleta días y días y días. ¡Qué aburrimiento!

Y no solo estaba aburrido. Estaba enfadado. Enfadadísimo. Porque yo soy un paraguas. Un elegante paraguas inglés. ¿Qué sentido tenía mi existencia si allí no llovía nunca?

Un día, alguien abrió la maleta y me sacó de allí.

¡Qué emoción! Seguro que estaba lloviendo a mares. Quizás algún chaparrón tropical…

Pero no. No llovía. Y sin embargo, estaba fuera de la maleta y aquellas manos femeninas me estaban abriendo.

Sonó ese clic que precede a la libertad. Mis varillas se estiraron, la tela se tensó y me abrí del todo.

Pero no llovía. No llovía nada. Hacía un sol tan terrible que deslumbraba. Y ni una sola gota de agua me tocó.

¡Qué vergüenza! Yo soy un elegante paraguas inglés y me usaban de sombrilla.

No quería mirar alrededor. Seguro que aquella persona estaba haciendo el ridículo más espantoso abriendo un paraguas bajo el sol ardiente. Abrí un ojo y de pronto me pareció que estaba en Londres porque la calle estaba cubierta de un mar multicolor de paraguas tan desconcertados como yo.

Y de esta manera tan particular, amplié mi curriculum. Además de un paraguas, era un parasol. Un elegante parasol inglés.