Matilde mía (2)

Cuando el inspector Urbano Peralejo se personó en el edificio, solo tenía clara una cosa: Que la gente, demostraba muy poca caridad al elegir la hora de matar al prójimo. Aún estaba oscuro y hacía muchísimo frío.

Se abrió paso entre la muchedumbre que parloteaba en pijama aventurando conjeturas y subió como pudo hasta la tercera planta. Allí, un agente esperaba ante la vivienda de la que parecía proceder el disparo. Curiosamente, aquella puerta era la única del bloque que permanecía cerrada.

El inspector Peralejo se hizo una rápida composición de lugar tras apuntar en su libretilla lo que le iban contando los vecinos que se apelotonaban a su alrededor en un morboso y expectante círculo.

Cuando leyó lo que acababa de escribir, concluyó que, objetivamente, no tenía absolutamente nada. No había antecedentes de disputas, ni denuncias ni escándalos. Solo un grito en la noche, ruido de cosas cayendo, un disparo y silencio. Nada más. Habría que empezar desde cero.

Cerró molesto la libreta y resopló, mientras hacía un gesto al agente, que aguardaba para abrir la puerta. También esperaban los sanitarios (como mandaba el protocolo en aquellos casos) y los de la policía científica, para tomar fotos y huellas con sus brochas y su polvo de carbón. Peralejo, analizando las trazas de aquellos CSI castizos, sonrió al comprobar que no se parecían ni un poco a los polis de la tele, con sus “loock fashion” y sus sofisticados pincelitos de colores fluorescentes…

En fin… El procedimiento marcaba como primer paso, la indispensable inspección ocular.

Había luz en la estancia. Bastaba una ojeada para abarcar el conjunto de la diminuta vivienda. Olía a limpio a pesar del acre tufillo de la pólvora.

La única ventana de aquel chiribitil, estaba abierta de par en par y el frío inclemente de la noche se colaba libremente por ella. Debajo, había una mesa de trabajo llena de pequeñas herramientas, despertadores a medio armar y maquinarias. “La mesa de un relojero”, pensó Peralejo. Pero le dio la impresión de que había pasado un huracán sobre ella, porque los relojes estaban destrozados y muchos de ellos se hallaban desperdigados por el suelo. Un poco perplejo, tomó nota de todo aquello y siguió con su inspección.

Dos cuerpos yacían inmóviles, uno en la cocina y otro entre los restos del aparador del minúsculo comedor.

Peralejo se acercó al primero, consolándose al ver que respiraba. Era una muchacha morena, de pelo larguísimo, tez cetrina y mirada extraviada. No parecía herida por arma de fuego, ni golpeada, pero no respondía a estímulo alguno. Miraba sin ver. Había una pistola a pocos centímetros de ella, por lo que el inspector Urbano Peralejo, escribió en su libreta: “Hallada en estado de shock, la presunta autora del disparo.” Era importante poner “presunta”… Cosas de la legalidad.

Mientras los sanitarios atendían a la mujer, el inspector Peralejo se acercó al segundo cuerpo, el de José Figueroa de Santa María, que no había empezado precisamente con buen pie la jornada. Estaba todo cubierto de polvo, madera y pedazos de loza y tenía los ojos abiertos, un tiro limpio entre las cejas y una expresión de estupor e incredulidad bastante elocuente.

Peralejo tomó nota de todo cuanto consideró relevante. Antes de cerrar su libreta, echó un último vistazo al rostro del cadáver y escribió: “La víctima estaba en pijama y evidentemente sorprendida. No parece que esperase morir hoy.”

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Matilde mía (I)

José Figueroa de Santa María se desayunó aquella madrugada con un tiro en el entrecejo.

El tiempo se arrugó mientras la bala avanzaba hacia él.

Detrás del proyectil, vio como Matilde, aturdida y oscura, dejaba caer la pistola que siempre descansaba sobre el dintel de la puerta de entrada, “para por si acaso”, y salía despedida por el retroceso del arma, estampándose contra la pared de azulejos blancos y azules de la cocina y escurriéndose por ella hasta quedar desmadejada e inconsciente en el suelo.

José se puso bizco un segundo antes de que la bala atravesara su frente y le hiciera caer, incrédulo, hacia atrás.

Sentía en la piel el frío glacial que entraba por la ventana abierta y aquel otro frío negro que le trepaba desde los pies.

La nada le invadía deprisa, borrándole desde dentro. Se tambaleó un momento y cayó sobre el aparador con un fuerte estrépito de madera astillada y platos rotos, mientras llamaba a su esposa con un hilo de voz. “Matilde, Matilde mía.”

Después, se hizo el vacío.

El silencio se instaló sobre la pólvora un instante, hasta que el murmullo vecinal, inevitable, fue lamiendo el hueco de la escalera, creciendo, creciendo, convirtiéndose en clamor.

Tras la intempestiva detonación, el desconcierto pobló los rellanos. Voces, ladridos de perros y gritos… Nadie sabía nada, todos preguntaban… Alguien llamó a la policía.

Mañana

Mañana, mañana …

Mañana vuelve a ser miércoles de cuento, miércoles mágico.

Mañana llega la primera entrega de “Matilde mía”.

Y también os contaré las andanzas de la Bruja Calamidad. Está la mujer súper ocupada con la feria del libro. Ha ido a Arroyomolinos, a Móstoles, irá a Villalba… Está hecha una viajera.

Muchos besos. Hasta mañana

Cuando los miércoles dejaron de ser mágicos

No ocurrió nada especial. Simplemente la magia se fue haciendo costumbre. Todo se dio por hecho y lentamente la magia se fue diluyendo en la rutina.

La rutina vuelve gris lo extraordinario. Es como una inmensa impresora en blanco y negro. Los matices desaparecen.

Pero la maravilla de la magia es que no muere. Queda ahí, aletargada, esperando una chispa, un soplo. Solo es cuestión de cambiar los cartuchos de nuestra impresora. Usar millones de colores y volver a imprimir la vida.

En eso estamos.

Los miércoles vuelven a pasan cosas.

Para el próximo, empezaremos el cuento “Matilde mía” en la sección Parte a Parte.

Besos.