Matilde mía (6) final

-“En las contadas ocasiones en él que la permitió visitar a su familia, la muchacha lloró amargamente contándole a su madre lo desdichado de su existencia. -“El que paga manda, hija. Hay que aguantar.” -decía su madre. Y ella regresaba a su cárcel aún más triste de lo que había salido. Y ocurrió que, a medida que el tiempo fue pasando, ella se fue haciendo más y más pequeña, hasta casi desaparecer y el hombre se hizo más y más grande, hasta convertirse en un gigante. La diminuta muchacha, estaba débil y fatigada. Platos, ollas, barreños… todo le parecía inmenso y cada vez le costaba más mantenerse despierta. Una mañana se quedó dormida mientras el gigante hablaba con ella. Él se enfadó, se enfadó como nunca antes y la zarandeó y la despertó enojado, gritando: -“¡Mírame!¡Mírame cuando te hablo! ¿Cómo te atreves a dormirte?” La muchacha, aterrada, abrió mucho los ojos…tanto, que no los volvió a cerrar… hasta que una noche pasó algo…”

Peralejo estaba expectante. Matilde parecía buscar en sus recuerdos con los ojos entrecerrados, escudriñando su memoria.

-“Sí… Pasó algo muy raro… Los relojes empezaron a volar por los aires estrellándose en el suelo, uno tras otro y el ruido despertó al gigante, que salió como una tromba de la habitación, lleno de furia. Pero vio algo que le detuvo y se quedó sin voz, inmóvil por un momento. En sus ojos había espanto y extrañeza. Luego quiso avanzar, hablar, pero retumbó un trueno en medio de la estancia y un rayo atravesó su frente. Y entonces…”

Matilde intentaba hilar sus pensamientos.

-“¿Qué pasó entonces, Matilde?” Matilde parecía estar allí, en el escenario del crimen, observando todo.

-“ Cayó para atrás, contra el aparador, muy despacio, murmurando “Matilde, Matilde mía.” Y se fue haciendo pequeño, pequeño …”

Matilde giró apenas la cabeza, como para observar alguna cosa con más detenimiento. Su rostro tenía una expresión entre apenada y sorprendida. Cuando volvió a hablar, lloraba sin ruido.

-“…Pero ella no creció…” La mujer miró a Peralejo sonriendo con tristeza:   -“Luego no se oyó nada más ¿sabe usted? Nada más… Nada más. Por primera vez en una eternidad, no se oyó nada.”

Matilde volvió a mirar por la ventana y no volvió a hablar. A Urbano Peralejo le faltaba el aire. Tenía que salir de allí. José Figueroa de Santa María, no había necesitado tocarle un pelo a Matilde para destruirla. Él estaba muerto. Ella, también. Cuando escapó del mundo acolchado y blanco que habitaba Matilde, con su confesión y su drama bajo el brazo, las lágrimas aun rodaban silenciosas por las mejillas de la mujer, que había vuelto a cepillar su larguísimo cabello, sumida en las brumas de la ausencia, mientras susurraba: “Matilde, Matilde mía.” “Matilde, Matilde mía.” “Matilde, Matilde mía.” ºººººººººººººººººººº

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Matilde mía (V)

Pero la muchacha no quería ser sirvienta y él, para no perderla, decidió desposarla.”

Matilde sonrió con tristeza.

“Los pobres no eligen ¿sabe usted?. La madre de la chica concedió la mano de su hija al relojero pensando que aquel hombre le daría un buen pasar. De nada sirvieron las protestas de la muchacha, que soñaba, como tantas, casarse por amor.

Y así ocurrió, que sus sueños se hicieron añicos y se vio presa de un hombre al que no amaba.”

Matilde hizo una pausa. Luego, clavando su mirada repentinamente en el inspector Peralejo, le dijo:

“-Suceden cosas extrañas ¿sabe? …Muy extrañas.”

Peralejo se sobresaltó al sentirse escrutado por Matilde. Seguidamente asintió con la cabeza, temeroso de que ella perdiera el hilo de su relato.

Matilde suspiró mientras volvía la cabeza hacia la ventana. Luego siguió hablando.

-“Después de la boda, la joven fue a vivir con su esposo. Aquel hombre taciturno nunca dejaba de requerirla. Casi no hablaba. Le bastaba apenas un gesto para transmitirle sus deseos. Siempre estaba pegado a ella. Si salía, ella le acompañaba. Si se quedaba en la casa, ella debía quedarse con él, día tras día… siempre a su lado, como una sombra, cada segundo de cada minuto.”

Matilde suspiró de nuevo.

Las noches no eran mejores que los días. Los relojes nunca callaban: Tic tac agudos, tic tac metálicos, tic tac secos, tic tac cantarines…tic tac tic tac tic tac tic tac.”

Matilde agitó la cabeza, como intentando sacarse aquel sonido de la mente.

-“Y además, el hombre, quizás por culpa de su nariz torcida, profería unos ronquidos tan ensordecedores que despertaban sobresaltada a la joven y ya no la dejaban dormir. De nada servía que se tapara los oídos o que metiera la cabeza debajo de la almohada. Llegó incluso a cobijarse en la bañera, pero la casa era tan pequeña que los ronquidos se colaban por todos los rincones.

Noche tras noche tras noche tras noche sucedió aquello. Mes tras mes tras mes tras mes tras mes. Y los ojos de la joven se nublaron y su piel se marchitó y el sueño y la alegría huyeron de su vida y su mente anduvo extraviada.

Luto por una librería

Hoy cierra una de las librerías más grandes de Pozuelo de Alarcón.

Es enorme, está muy,  muy bien situada, tiene montón de cosas chulas… Posee todos los ingredientes para ser un negocio de éxito… Todos menos uno.

No es mágica.

Ningún alma saltarina recorre sus rincones, nadie derrocha pasión, nadie sonríe tras las vitrinas.

Quizás los dueños se han cansado de luchar para que los libros sean un bien de consumo necesario. Se nota un poco al entrar. Es la inercia y no la pasión la que impregna las paredes.

Hoy me he llevado a mi brujita de allí. Los libros que quedaban en la tienda casi se han abalanzado a mis brazos pidiendo un cambio de aires, un lugar donde se respire algo de entusiasmo e ilusión.

De verdad lo siento. Lo siento porque un negocio más cierra. Lo siento porque cada vez se lee menos. Y porque seguramente en el lugar donde está ahora esta librería, podrán un “chino” o un “burguer” sin duda más rentables.

No dejéis de leer. No dejéis de comprar libros. Y por favor, inculcad en vuestros hijos esa pasión por las letras, por la palabra, por la cultura.

Y a los que tenéis un negocio, cualquier negocio, da igual si sois libreros o carniceros o vendedores ambulantes, haced que sea mágico para vosotros y para los que entran en vuestra tienda; que sea la pasión la que abra las persianas de vuestras locales todos los días…Y la esperanza.

Se contagia, os lo aseguro. Y cualquiera que entre en vuestro local, si percibe esa chispa, volverá.

Besos

Matilde mía ((IV)

En el hospital, Peralejo siguió a una enfermera a lo largo de pasillos y más pasillos, todos iguales, adentrándose en los mundos de la locura ajena. Las habitaciones, cerradas con llave, escondían toda suerte de delirios y manías. El inspector caminaba deprisa. Aquel lugar le daba frío.

Al final de uno de aquellos interminables corredores, había una sala blanca, acolchada, con un gran ventanal enrejado por el que entraba el sol. Allí, sentada, cepillándose una y otra vez el larguísimo cabello, esperaba una mujer.

Peralejo reconoció a Matilde. Tenía la misma expresión extraviada que la primera vez que la vio, la madrugada del disparo.

Al observarla, sus expectativas de averiguar algo de lo que pasó aquella noche, se desinflaron por completo. Ya el psiquiatra le había advertido de la inutilidad de intentar preguntarle algo a la paciente. Estaba enajenada de la realidad.

A pesar de todo, Peralejo se presentó a Matilde y le tendió la mano. No consiguió respuesta alguna. Ni un gesto, ni una palabra… Nada.

El mismo resultado obtuvo cuando empezó a hacerle preguntas sobre lo sucedido la noche de los hechos. Nada en absoluto.

Definitivamente aquella visita iba a ser tan infructuosa como le habían augurado.

Peralejo se acercó a la ventana, confundido. ¿Cómo se hacía para interrogar a una esquizofrénica catatónica?

Miró largamente a Matilde. Se mecía mecánicamente y peinaba su pelo, mientras murmuraba algo para sí. ¡Pobre mujer! ¿Sabría lo que había hecho? Probablemente no. Seguramente seguiría inmersa en sus ensoñaciones y sus cuentos, huyendo de la realidad.

Movió la cabeza y decidió marcharse. El expediente se quedaría per saecula saeculorum en su despacho.

Estaba a punto de alcanzar la puerta cuando se le ocurrió una idea. Probablemente no serviría para nada pero, imbuido por una nueva inspiración, decidió probar suerte.

-“Matilde… ¿Querría contarme un cuento? ¿El del gigante quizás…?”

El inspector no albergaba demasiadas esperanzas de obtener respuesta, pero Matilde dejó de peinarse y quedó paralizada un momento. Luego, regresando de muy, muy lejos, sonrió al inspector como si acabara de darse cuenta de que estaba allí y mirándole sin verle, muy suave y bajito, casi en un susurro, comenzó a hablar:

-“Sucedió hace algún tiempo…No consigo recordar cuánto. Apareció en la ciudad un hombre maduro, silencioso, algo peculiar… Hubiera sido apuesto si no hubiese tenido la nariz torcida.”

Peralejo se acercó con cautela. Recordó el informe del forense (Antigua fractura del tabique nasal). Aquel hombre de la nariz torcida, era sin duda José Figueroa de Santa María. Aguardó a que Matilde siguiera su relato.

-“No era rico ni vestía con lujo, pero había en él un algo regio y su mirada era negra y aguda. Nadie supo nunca de su pasado. Nadie preguntó. El hombre alquiló una pequeña vivienda y puso allí un taller de relojes.

Tenía por aquel entonces una sirvienta que limpiaba su casa. Él no prestaba la menor atención a nada que no fuera su trabajo y la mujer fregaba y lavaba sin que el hombre se fijara en ella. Pero un día, ella enfermó y tuvo que mandar a su hija en su lugar. La joven olía a joven, se movía como joven y sus largos cabellos y su piel embriagaron al relojero que ya no quiso que volviera la madre a trabajar para él.

Mandalas

Cierto día a principios del otoño, andaba un hombre haciendo dibujos en el suelo con arena de colores. No parecía existir en el universo nada más importante.

La gente pasaba junto él. Muchos, la mayoría, intentaban no pisar el dibujo. Otros se paraban y admiraban su belleza y armonía. Alguno iba tan ensimismado en sus pensamientos, que no viendo más allá de sus narices, pisoteaba todo sin la menor consideración. El hombre, lejos de enfadarse o recriminar al despistado su descuido, colocaba arena nuevamente donde las pisadas habían desbaratado las formas y seguía su labor donde la había dejado.

Puñadito a puñadito, fue formando curvas, flores, estrellas, completamente absorto y entregado hasta que terminó.

Entonces el hombre, satisfecho, se sentó a contemplar su obra. Atardecía

Al cabo de un rato, la brisa comenzó a soplar. Primero muy suave. Luego con más fuerza.

El hombre, sin dejar de sonreír, contempló cómo el aire arrastraba la arena deshaciendo lo que con tanta paciencia y cuidado acababa de crear.

-¡Qué derroche! Dijo un ejecutivo que pasaba por allí.-Tanto trabajo y tiempo desperdiciados. Podría haber hecho su obra en un lienzo y venderla.

El hombre no contestó.

-¡Qué lastima! Dijo una mujer que venía de la compra. Era tan hermosa… Ya nadie podrá verla

El hombre no contestó.

La gente que pasaba, decía esto y aquello mientras la arena de colores se perdía por las esquinas. Ya no quedaba sino un leve rastro de color sobre la acera.

Un muchacho se sentó junto a él. Los dos contemplaban el suelo.

-¿Para qué lo hiciste si sabías que no iba a durar?

-Hacerlo era el propósito

-¿Para qué? No te sirve para nada. Ya no lo puedes contemplar ni te lo puedes llevar a tu casa ni se lo puedes regalar a nadie.

-Lo hice porque quise hacerlo en el momento en que quise hacerlo. Ese era mi deseo. Lo regalé mientras la gente quiso y pudo mirarlo.

-Pero es inútil, ¿no crees?

-A largo plazo, todo es inútil.

Hay lugares…

Mágicos… Lugares oasis, rincones acogedores.  No tanto por dónde están o por cómo se han decorado o por lo que venden… Hay lugares mágicos porque están impregnados de la esencia de alguien mágico, alguien apasionado, con brillo en los ojos y calor en el corazón.

Parafraseando al Capitán Tan, en mis andanzas a lo largo y ancho de este mundo, especialmente del mundo de los cuentos, me he tropezado, a veces literalmente, con algunos de esos seres luminosos que transmiten su energía y dan confianza.

Y he aquí que no hace mucho, conocí a una persona así. Se llama Cristina y tiene entre manos un sueño…Bueno… Muchos sueños. Porque después de ir y venir, de una vida de ajetreo y éxitos laborales, decidió anclar su barco entre sueños y papeles y ser dueña de su persona y de su vida.

Anda revoloteando en Sueños & Papel, en Arroyomolinos, derrochando pasión y simpatía. La tienda es preciosa. Tiene de todo, lo cual es francamente peligroso para alguien que, como yo y muchos de vosotros, tiene debilidad por las manualidades, los bolis, los rotuladores y los libros.

Mil gracias Cristina por acoger a nuestra bruja y por dejarnos entrar en tu pequeño paraíso.

Besos

Matilde mía (3)

 
Los vecinos seguían haciendo guardia en la puerta, murmurando.
Cuando se llevaron a José Figueroa de Santa María en una bolsa negra y sacaron en una camilla a Matilde de Sousa, completamente enajenada y ausente, toda suerte de hipótesis, comadreos y chismes sobre aquel suceso corrieron de rellano en rellano, formando un guirigay ensordecedor. Antes de que el inspector saliera del edificio, Matilde ya había sido juzgada y condenada por aquella amable vecindad.
El inspector Urbano Peralejo se subió en su coche y se alejó de allí, cavilando sobre lo arbitrario de la percepción humana y sobre la imperiosa necesidad de la gente, de culpar o exonerar con rapidez al prójimo, hubiera o no pruebas, motivos, eximentes o agravantes.
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El informe preliminar del inspector Urbano Peralejo, detallado y exhaustivo, mostraba como evidente el hecho de que, a pesar de no haber interpuesto denuncias previas de malos tratos contra su marido, ni existir vestigios ni evidencias de traumatismos, golpes o magulladuras en la exploración que le hicieron los médicos en el hospital psiquiátrico en el que la habían recluido, había sido Matilde Sousa, joven esposa de la víctima, quien había disparado. Tenía las manos llenas de pólvora y sus huellas estaban en la pistola. No había un motivo aparente.
La autopsia del cadáver no arrojaba luz alguna al respecto. “Varón, 58 años, complexión atlética, sin patologías ni hallazgos de interés, a excepción de una antigua fractura del tabique nasal. Herida de bala en la frente con salida por la región occipital…bla…bla…bla”.  En definitiva, nada.
El inspector Urbano Peralejo, no soportaba los casos nebulosos. Le embargaba una desesperación obsesiva compulsiva cuando algún expediente tomaba posiciones y se apalancaba en su mesa, a la espera de nuevas pruebas. 
Aunque no entendía muy bien la jerga de los loqueros, intentó encontrar algún móvil en el informe psiquiátrico de la homicida: “La paciente permanece desde el día del disparo en estado de esquizofrenia catatónica. Su mente salta bruscamente de la apatía intensa a la excitación extrema y obvia la realidad utilizando la figura del cuento para comunicarse, siempre en tercera persona, sin implicarse personalmente. Creemos haber identificado a uno de los personajes de sus relatos, “El Gigante”, con su esposo. Sufre trastorno emocional severo por transferencia de voluntad. El tratamiento consiste en administración de tranquilizantes, antidepresivos o ansiolíticos y psicoterapia a largo plazo. Es imposible determinar cuánto tiempo estará así.
El inspector Peralejo miró con aprensión la carpeta en la que había guardado el dossier del caso. Desalentado, subrayo la última frase del informe psiquiátrico “Es imposible determinar cuánto tiempo estará así.” y volvió a mirar la carpeta. Si no averiguaba el móvil del crimen, aquel expediente tenía todas las papeletas para instalarse sobre su escritorio a perpetuidad. 
¿Por qué mató Matilde Sousa a su marido? El inspector Urbano Peralejo, decidió ir personalmente a preguntárselo.
 
Susan Sutherland