Cuentos del Caos (2)

Fuimos colocando los libros en montones. Hasta que viniera el carpintero con las nuevas estanterías, un ejército de cajas perfectamente etiquetadas y milimétricamente distribuidas haría las veces de librerías. Algunos libros se habían roto. Recogí del suelo un tomo de cuentos infantiles. No lo recordaba así.

El dibujo de la tapa estaba diferente, como si la caída lo hubiese movido. Me lo llevé a mi cuarto con un poco de curiosidad. Empecé a leerlo.

El primer cuento era el de la Cenicienta, lo recordaba bien, pero ahora el título no estaba.

Miré el siguiente cuento. Sabía que era la Bella Durmiente, pero el título también había desaparecido.

Empecé a leer, intrigada.

“Érase una vez…” Vaya, por lo menos el principio era normal.

“Érase una vez una joven que vivía con su madrastra y sus dos horribles hermanastras. Todos la llamaban Cenicienta, así que se olvidó de su nombre. Se pasaba el día fregando y lavando, esclavizada por aquella mujer estirada y odiosa y por aquellas dos estúpidas muchachas, completamente inútiles y caprichosas.

Había llegado una carta del palacio indicando que se celebraría un baile al día siguiente porque el príncipe heredero buscaba esposa. Todas las muchachas del lugar estaban enloquecidas, murmurando “¿Seré yo?”

Cenicienta también lo pensaba, pero su madrastra le quitó pronto las ilusiones. Sabía que Cenicienta era hermosa, a pesar de ir hecha una pordiosera. Necesitaba eliminar a la competencia para que sus dos hijas, feas y antipáticas, tuvieran alguna posibilidad.

Cenicienta estaba cansada de aguantar a aquellas tres mujeres horribles. Iba furiosa por las habitaciones recogiendo el caos de ropa de aquellas molestas hermanastras.

Bajó al sótano, a buscar leña y en medio de la oscuridad, descubrió una luz escapando por la rendija de una puerta que no sabía que existía. Se acercó sigilosa. Su “familia” estaba de compras, así que tenía toda la casa para ella. Detrás de la puerta se oía un run run. La abrió y descubrió a una anciana con cara amable, hilando.”

Mientras leía el cuento me daba cuenta de que algo no funcionaba. ¿Una vieja en el sótano de Cenicienta?

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Cuentos del caos

Nos despertó un terrible estruendo de cosas cayéndose.

Cuando te despiertas de golpe por un susto, los ruidos parecen más ruidos y no sabes muy bien dónde estás.

Saltamos todos de la cama, parloteando asustados por los pasillos, intentando no demostrar a los demás que nos comía el terror. Seguimos el rastro del estruendo. Ya casi no sonaba, pero aun de vez en cuando, se escuchaba el caer de algo contra el suelo.

De la puerta de la Biblioteca salía humo. Al principio creímos que se estaba quemando, pero realmente era una nube de polvo viejo.

Entramos con cuidado, gesticulando y tosiendo, sin apenas ver.

No pudimos avanzar. Todos los libros de la librería grande estaban amontonados en el suelo, esparcidos por todas partes.

Mamá estaba perpleja. Todo su orden estricto era una anarquía de páginas e historias en equilibrio imposible. Ante la evidencia de que no había peligro, nos mandó a todos a la cama, terriblemente contrariada. “Mañana lo arreglaré”…

Por la mañana, con la luz del día y la nube de polvo posada por los rincones, nos asomamos a la Biblioteca para curiosear.

Había allí un hombre muy raro, con una máscara en la cara y un aparato como los de fumigar a la espalda.

“Termitas”, le decía a mamá. Mamá odia a los bichos. Mantiene con ellos una relación de cordial repugnancia. “Voy a exterminarlas. Tiene que sacar a los niños de aquí.”

Desayunamos en el jardín y todo el día nos mantuvieron lejos de la casa. A pesar de todo, el olor era terrible. Imposible que aquellos devoradores de madera, feos y pequeños, no murieran de asco.

El hombre raro tardó en irse. Ya que estaba, revisó toda la madera de la biblioteca, las puertas, marcos de las ventanas… Él mismo parecía una termita ante un festín.

Cuando desapareció con sus mascarillas y sus cachivaches, mamá suspiró.

Requirió nuestra colaboración como solo ella sabía hacerlo. No hay nada más persuasivo que una madre contrariada.

El lobo (3)

Apareció su figura menuda y colorada llenando el marco de la puerta.

“¿Y mi abuela?”

“Ni idea”

Había una nota apoyada sobre un jarrón lleno de flores marchitas. La niña la leyó.

“¡Se ha ido!”

¡Pobre abuela! Aquella anciana se pasaba los días sola, esperando alguna tarde al mes una merienda que no llegaba hasta la hora de cenar y cuando llegaba, lo hacía acompañada de la incesante y hueca conversación de su nieta y sus cánticos discordantes. Estaba cansada.

Había decidido hacía semanas irse a una residencia a la ciudad, a bailar por las tardes y a hacer viajes a Benidorm.

La niña empezó a hacer pucheros de nuevo y a hipar y a dar alaridos salvajes en medio de una llantina inacabable. Tanto alboroto atrajo a un cazador que se iba ya a su casa descorazonado por la ausencia de presas que cazar. No había encontrado ni una ardilla. No entendía qué pasaba en el bosque hasta que escuchó a Caperucita en pleno berrinche.

El lobo no sabía qué hacer. Se veía ya muerto y enterrado. Corrió a esconderse y terminó enredado entre las mantas de la cama de la abuela. Se quedó muy quieto, casi sin respirar, espiando lo que sucedía allí.

La niña no dejaba de chillar. Se acordó del lobo y empezó a buscarle.

Por más que el cazador le preguntaba a la chiquilla qué era lo que le pasaba, Caperucita no podía más que farfullar entre hipo e hipo “Se ha ido…¿el lobo?…cogía setas…la abuela…”

Total que el cazador, atando cabos, dedujo que el lobo se había comido a la abuela y se había marchado mientras la niña cogía setas.

Y así se hizo la historia…

Pensó el hombre que no podía volver a su casa sin haber disparado siquiera su escopeta, y la excusa de cazar al lobo zampa abuelas era bastante buena, así que se marchó por el sendero disparando a diestro y siniestro a una fiera imaginaria. Ni siquiera su mujer le reprocharía no llevar un triste conejo a la mesa cuando había salvado a una niña indefensa del lobo feroz.

El lobo (2)

Estaba perdido. Tenía que pensar algo para librarse de aquella mocosa y comérsela, después de todo, empezaba a ser una opción…

“Está bien, está bien. Vamos a coger setas. Y para poder coger más entre los dos, tú irás por aquel camino y yo por ese otro, que es más largo y demasiado oscuro para una niña como tú. Nos encontraremos en casa de tu abuela”

Los hipos y los chillidos cesaron como por arte de magia.

“Muy bien, lobito, vamos a cantar. Te veo dentro de un rato”

Y se fue dando brinquitos y chillando algo parecido a una canción, mientras su voz estridente se iba alejando hasta perderse devolviendo el silencio al bosque.

Lo cierto es que el camino que le había indicado el lobo a Caperucita era mucho más largo y tardaría un tiempo considerable en recorrerlo. Esperaba el pobre tener suerte y poder cazar algo comestible mientras mantenía alejada a la niña. Realmente tenía hambre, pero parecía que todo viso de comida apetitosa andaba escondida en sus madrigueras. A lo mejor la abuela tenía alguna gallina o algún conejo. La idea hizo que apresurara el paso. El camino desembocaba en un claro del bosque en el que había una cabaña de madera. Alrededor había un huerto, pero todo estaba seco. Hasta los setos de flores, que parecían haber sido hermosos alguna vez, semejaban esqueletos espinosos sin apenas hojas.

La curiosidad sustituyó al hambre. Las abuelas suelen ser muy cuidadosas con sus plantas.

Dio una vuelta alrededor de la casa esperando encontrar algo más que abandono. Nada de nada.

Empujó con las patas la puerta semiabierta y encontró la misma desolación que fuera. Husmeó en la cocina por si había algo que comer. Solo mendrugos de pan mohoso, alguna patata…¡Qué fracaso de día!

Andaba aun perplejo, cuando la voz aguda y desafinada de la chiquilla le sacó de sus cavilaciones. Casi se había olvidado de ella.

EL lobo (1)

El lobo salió de la lobera con un hambre de mil demonios. Ni recordaba cuándo había comido la última vez.

Acechaba entre los arbustos buscando algún conejo perdido, pero sabía que a esa hora de calor sofocante y polvoriento, ningún ser peludito y jugoso saldría de su madriguera. Lo intentó de todos modos. Montó guardia un rato agazapado, entre esperanzado y aburrido…Nada. Ni siquiera las hormigas salían de sus hormigueros a buscar semillas.

Se iba a levantar ya para dormir sus hambres en la lobera oscura cuando escuchó algo…Pasos…La boca empezaba a hacérsele agua. Escuchó un poco más… Pasos que se acercan…Iba a saltar sobre la que creía su comida pero se quedó oportunamente petrificado. ¡Qué fatalidad! ¡Era Caperucita! De pronto se le quitó el apetito, cerró la boca y cayó pesadamente sobre el suelo. ¡¡¡¡Era ella!!! ¡Qué desastre! Si había existido alguna oportunidad remota de cazar algo, se acababa de esfumar de golpe. Aquella odiosa niña vestida ridícula y eternamente de rojo se había convertido en una pesadilla. Hacía tanto ruido y cantaba tan mal, que todo bicho viviente salía disparado hasta que ella se marchaba. Se la hubiera comido…Sus tripas le susurraban, como la mala conciencia “Cómetela” Puaj, ¡Qué asco! Los humanos le revolvían las entrañas, pero esta enana con caperuza roja le subía la tensión, hablando, hablando, hablando, y lo que era peor, cantando. Comérsela hubiera sido un acto de caridad para con el bosque, pero estaba casi convencido de que si lo hacía, aquella voz chillona y parlanchina, inevitable, interminable, insoportable, sonaría dentro de él de por vida.

-“Hola lobito” -Le había visto. Y encima no demostraba tener ni el menor respeto por su bien merecida reputación de depredador salvaje.

-“Hola lobito”

-“Hola” Saludó el lobo con desgana. Pero inmediatamente se arrepintió. Ahora nada en el mundo la haría callar.

-“¿Qué haces? ¿Por qué estás aquí? Tengo que ir a ver a mi abuela, pero tengo un rato libre. Podemos ir a cazar gusanos o saltamontes. ¿Quieres recoger setas conmigo? ”

-“¡Pues claro que no! ¿Dónde se ha visto que un lobo feroz recoja setas?”

La niña le miró con cara de puchero. Empezó a hipar y de pronto cogió aire y soltó un alarido lastimoso que retumbó en todo el bosque. A ese siguió otro y otro. Ni siquiera todos sus lobeznos hambrientos habían hecho nunca tanto escándalo. Si aquella fábrica de ruidos no se callaba, lo más probable era que llegase un cazador y le metiera un tiro a él en las costillas por no haber querido coger setas.