Cuentos del Caos (3)

La anciana le indicó a la joven que se acercara.

—Ven pequeña, no tengas miedo. ¿Acaso no has visto nunca una rueca?

—No, señora.

—Yo te puedo enseñar a hilar. Ven.

Cenicienta se acercó despacio. Se sentó al lado de la mujer y al acercar la mano al huso, se pinchó.

Cayó como muerta y de algún modo misterioso, apareció tumbada en el sótano, con la leña esparcida por el suelo. Cuando llegó el hada madrina de Cenicienta y la vio así, se rascó perpleja la cabeza. Iba a ser un poco difícil ayudar a Cenicienta a ir al baile si estaba dormida como un ceporro.

Pensaba un modo de arreglar el cuento, que se estaba torciendo mucho, cuando sintió a alguien detrás.

Se volvió y descubrió a tres hadas, completamente trastornadas.

—¿Qué os pasa?

—¿Que qué nos pasa? Que nos falta un trozo de cuento. Nuestra Bella Durmiente está despierta y no podemos seguir.

—¡Vaya!… a mí me pasa igual. No puedo hacer que Cenicienta vaya al baile del príncipe porque está frita.

—¿Y qué hacemos?

Se escucharon ruidos arriba. La madrastra y las hermanastras de Cenicienta volvían.

—“¡Cenicienta! ¡Cenicienta! ¡Cenicienta!“ —Sonaban pasos bajando la escalera.—“¡Cenicienta! ¡Cenicienta! ¡Cenicienta!“.

El hada madrina y las pequeñas hadas se escondieron.

Al descubrir a Cenicienta dormida en el suelo, la madrastra la golpeó, la zarandeó, gritó su nombre a todo pulmón

—¡Cenicienta! ¡Cenicienta! ¡Cenicienta!

Cuando llegaron al sótano las hermanastras, casi se desmayan. ¿Quién iba ahora a preparar la cena y arreglar las camas y lavar la ropa y peinarlas? ¿Quién iba a planchar sus vestidos para la fiesta del príncipe? ¿Quién limpiaría sus zapatos, pondría cintas en sus peinados, las maquillaría? ¡Pobrecitas! Esa muchacha inoportuna… seguro que lo había hecho adrede para fastidiarlas.

Intentaron despertarla pero no había manera, así que subieron las tres la escalera muy ofendidas, sin siquiera preocuparse de si Cenicienta respiraba. Entonces, salieron las hadas de sus escondite

—Egoístas estúpidas, mala clase… ¡Pobre Cenicienta! ¿Qué podemos hacer? En el cuento Cenicienta consigue ir al baile y darles en las narices a sus hermanastras, pero no creo que pueda bailar dormida.

—¿Y si nos la llevamos?

—¿Dónde?

—Pues a nuestro cuento. La Bella Durmiente, aunque no se haya pinchado por culpa del hechizo de Maléfica, acabará igualmente dormida si hacemos el encantamiento del sueño de los 100 años. ¿Qué más da una princesa que dos esperando un beso de amor? Y francamente Cenicienta necesita un descanso”

—¡Qué buena idea! Vamos rápido. Aunque, antes de que durmamos a toda la corte, Cenicienta necesita un arreglo. No creo que ningún príncipe se enamore de ella con esas pintas.

—¡Eso está hecho!

El hada madrina de Cenicienta agitó su varita mágica y transformó a aquella muchacha sucia y desaliñada, con ojeras y manos ásperas, en una joven reluciente, peinada, lavada y vestida casi de novia.

Trasladaron a Cenicienta al cuento de la Bella Durmiente. Allí todos estaban desconcertados. Cuando los cuentos se cambian, la gente no sabe qué hacer.

Las hadas colocaron a Cenicienta en un lecho hermoso, lleno de flores y agitando sus varitas mágicas, lanzaron el hechizo del sueño. No fue el de los 100 años. Era una maldad. La condición para que la corte despertara, era que dos príncipes vinieran a besar a la Bella durmiente y a la Cenicienta.

Cuando todo el mundo estuvo dormido, la Cenicienta y la Bella Durmiente en sus lechos floridos y la corte sumida en un letargo profundo, las hadas volaron al palacio del príncipe del cuento de la Cenicienta… Todo estaba preparado para el baile. El príncipe estaba aburrido. Tirado en el trono, no le encontraba mucho sentido a aquello. Todas las muchachas del reino estarían allí, maquilladas, disfrazadas y sonrientes y él no sabría cual escoger, porque no las conocía. ¡Qué idea más tonta la del baile!

Las hadas se presentaron de sopetón. No tenían tiempo para presentaciones así que fueron al grano directamente.

Le contaron que había dos hermosas muchachas hechizadas, esperando que un príncipe valiente las despertara con un beso.

El príncipe se incorporó y escuchó con curiosidad. Cuando le hubieron relatado toda la historia, el joven se entusiasmó. ¡Por fin algo de acción en aquel palacio!

Y entonces, olvidando el baile, montó en su caballo y salió al galope siguiendo a las hadas, que volaban raudas hacia aquel otro palacio dormido.

Coincidió en el camino con el otro príncipe, el que iba a despertar a la otra princesa y ambos se dirigieron hacia allí. Cuando llegaron, todo el mundo dormía. Recorrieron el palacio de puntillas para no despertar a nadie y por fin encontraron la estancia donde estaban las princesas.

¡Y las besaron!

Nunca sabremos si el príncipe de la Cenicienta besó a Cenicienta o a la Bella Durmiente. El caso es que con aquellos dos besos de amor, las corte y las dos muchachas despertaron, las dos parejas se casaron y celebraron las bodas más sonadas que se hayan visto en los cuentos.

Se escuchaban los gritos de la madrastra y de las hermanastras protestando, pero a fin de cuentas, para ellas el cuento termina igual, compuestas y sin novio.

Y colorín colorado, este cuento se ha terminado.

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