La suerte en el viento (III)

Se terminó el café. Iba a cerrar el periódico pero recordó el boleto. Lo miró. Aquellas cifras que no le decían nada de nada. ¿Quién dijo que los números tenía un algo poético?

Buscó la página de los juegos de azar. Mientras lo hacía, tropezó en la cartelera con una reposición de una película que les apetecía ver a ella y a un par de amigos desde hacía tiempo. Les llamó. Concretando con ellos el día para ir al cine, encontró los resultados de la lotería. Los miró ausente, mientras conversaba por teléfono. Realmente no los veía. De forma mecánica tomó el boleto mojado y comprobó los números. Coincidían todos. “Sí, sí, el miércoles a las nueve…Claro, tomamos algo y la vemos…”¡¡¡¡¡¡COINCIDÍAN TODOS!!!!!!

Colgó el auricular sin saber muy bien si había terminado de hablar. Observaba aquel trozo de papel, el periódico, otra vez el trozo de papel…Comprobó los números de nuevo……¡¡¡¡¡¡COINCIDÍAN TODOS!!!!!!

Mientras ella bailaba riendo como las locas en su salón, con el boleto pegado al pecho, exactamente en el mismo sitio al que había llegado en un golpe de aire sin que se diera cuenta, un hombre, calado hasta los huesos, volteaba cada uno de los papeles que encontraba en el suelo, revolvía los montones de hojas caídas, desesperado, corriendo por las aceras, buscando, buscando. Aquella mañana, su horóscopo era optimista “Cambiará tu suerte”. Se perdió en la noche en pos del ave de papel que el viento le había arrebatado de entre los dedos, llevándose tatuados en sus alas los números de la fortuna.

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La suerte en el viento (II)

Llegó a su casa empapada hasta los huesos.

Vio su enorme paraguas en el paragüero y le dio la sensación de que se reía de ella. Se lo tenía merecido, por desconfiada. Suspiró. Tenía que comprarse uno más pequeño, que cupiera en su bolso sin fondo. Así, tanto si acertaban los hombres del tiempo, como si no, estaría preparada.

Cogió sus plantas y las sacó al balcón sin mucha fe en que mejorase su aspecto…

Se desnudó, se dejó querer por el agua de la ducha y se puso el pijama.

Al recoger la ropa que se acababa de quitar, encontró en el suelo todo aquello que el viento le había regalado. Algún panfleto publicitario mojado y sucio, un billete de autobús, un montón de hojarasca húmeda, un boleto de la lotería… Tiró todo a la papelera del baño menos el boleto. Era del día anterior. Ella ya no compraba ninguno. Nunca los miraba. Los echaba al bolso y se olvidaba de ellos hasta que era demasiado tarde. Para esas cosas tenía memoria de pez. ¡Qué calamidad!

Vio su ordenador en la mesa de la sala y recordó sus cuentas pendientes con aquel cuento díscolo que no se dejaba terminar. Se preparó un enorme café caliente, cogió su libreta buscando las palabras prisioneras y colocó por fin aquel broche magistral a su relato.

Lo leyó y lo releyó complacida, con la satisfacción de haber trazado un círculo perfecto.

Relajada y risueña, tomó los periódicos y los ojeó por encima.

El mundo iba tan mal como ayer. Casi parecían los mismos titulares… Al llegar a los horóscopos, lanzó una imprecación. Predicciones contrarias para un mismo día. De creer en ellos, habría tenido un serio problema a la hora de decidir en cual confiar.

Se entretuvo en los anuncios por palabras…Vendo, compro, cambio…estoy solo, soy cariñosa… Siempre acababa sorprendida de la cantidad de vida, sueños, soledades, ilusiones e historias anónimas que se agazapaban tras la letra impresa. Llegó a los pasatiempos y le embargó un sentimiento de desagrado. ¿Qué demonios eran aquellos sudoku? Estaban por todas partes. Todo el mundo, en el metro, en los bares, en las paradas del autobús, los intentaban resolver…Los pasatiempos modernos de los diarios no le hacían gracia. Entendía que ocupaban mucho menos espacio en el periódico pero añoraba aquellos autodefinidos enormes en los que uno mismo se retaba, haciendo un ejercicio de memoria para acordarse de los símbolos químicos, del nombre del gorro de un soldado o de tal o cual filósofo griego…Daba igual que los hubieras hecho mil veces. El caso era conseguir recordar y en cualquier caso aprender algo. Ahora, aquellos cuadraditos con números que había que sumar para Dios sabe qué propósito, le daban alergia…

La suerte en el viento (1)

Buscaba en su cabeza la última frase de su cuento. Llevaba días con ella detrás de la frente, frunciéndole el ceño, burlándose, sin dejarse coger.

Se bajó del autobús completamente absorta.

Caminaba en aquel estado de semi trance, de forma prácticamente automática mientras su mente se afanaba.

Iba distraída, más pendiente de aquel final esquivo que de su entorno.

El sonido de un claxon la salvó de un atropello. El conductor gesticulaba como un enloquecido llamándola Dios sabe qué. Se disculpó y volvió a la acera, aun aturdida, dejando atrás los gritos que aquel hombre seguía profiriendo. Movió la cabeza pensando en cómo la ira, en algunas personas, se prolonga más allá del hecho que la produce…

En estas disquisiciones estaba cuando de pronto la halló. Su frase…Llegó a ella en un fogonazo, luminosa y extraordinaria. Odiaba que le sucediese aquello, pero siempre ocurría igual. Se rompía el cerebro buscando sin éxito las palabras mágicas y de pronto, en un descuido, en un instante de ausencia, aparecían ante sus ojos, burlonas. …Ajena al trajín de la calle, se paró, sacó su minúscula libreta y su pluma y las escribió temerosa de que se le volvieran a escapar.

El aire azotaba los toldos y las ramas, hacía volar los papeles y las hojas. Algunos se pegaron a su cuerpo mientras el vendaval la empujaba hacia atrás. Ella apenas se daba cuenta. Mirando su frase del derecho y del revés, sonreía. Empezó a llover. Como por encanto, un mundo multicolor de paraguas surgió de la nada.

Le fascinaban las tormentas. Con un poco de suerte, esa noche habría una descomunal. Rayos y truenos…Relámpagos…Nubes apelotonándose, agua empapando la tierra…Le encantaba la fragancia salvaje, recia, penetrante de la tierra mojada.

Debía acordarse de sacar sus escuálidas plantas a la terraza. Seguro que un poco de lluvia les haría bien.

Pasó un hombre corriendo por su lado, empujándola, mientras ella cerraba su abrigo y guardaba el cuadernillo. Mirándole distraída, le pareció desesperado. Se perdió entre la multitud.

Ahora que tenía aquellas palabras atrapadas, volvió a la realidad y apretó el paso. Tenía frío. (continua el miércoles que viene)

El dueño del zapato

Cuando voy conduciendo por la carretera que va a mi casa, me encuentro siempre un zapato abandonado sobre el asfalto y siempre, por un instante, me pregunto cómo habrá llegado allí; por qué su dueño no lo recoge. Pero la pregunta flota en mi mente sólo una fracción de segundo, justo lo que tardo en rebasarlo y seguir mi camino.

El viernes, saliendo de Madrid por la M-40 dirección Córdoba, encontré al dueño de ese zapato.

No me gusta conducir el viernes por la tarde, y menos si es saliendo de Madrid, pero no quedaba más remedio, así que me armé de paciencia y de buena música, y me dispuse a perder, como cada viernes, más de una hora en el eterno atasco del fin de semana.

No hubo caso. Increíble pero cierto. Los afortunados y asombrados conductores circulábamos a buena velocidad, incluso en los nudos donde generalmente uno cambia de color y de carácter en medio de un “arranca y para” constante.

Pasó algo raro…Un movimiento extraño de coches, algo que vuela, un frenazo…

Cuando uno se siente en peligro y ve que va a chocar  con el coche que está delante, focaliza instintivamente su atención en el paragolpes al que inevitablemente uno se acerca, siempre demasiado deprisa. Afortunadamente estaba a bastante distancia (mi profesor de autoescuela me enseñó muy bien) y me quedé a medio centímetro sin llegar a chocar. Temblando toda, miré alrededor a ver lo que pasaba. No se veía nada en absoluto. El coche que iba delante de mí se empezó a mover hacia el arcén. Pensé que había tenido una avería y que por eso había parado en seco. Me dispuse a arrancar mi coche, aún con el corazón en la boca, y seguir camino a mi casa…No pude.

La ausencia del otro vehículo dejó ante mí la visión de un hombre tirado en la carretera, absolutamente inmóvil que me dejó paralizada. Busqué el vehículo del que pudiera haber salido despedido…No lo encontré. Llamé al 112…Todos llamamos al 112.

Me bajé del coche sin ninguna seguridad de que me aguantaran las piernas. Una chica puso los triángulos. Yo dejé mi coche a modo de escudo, para que el cuerpo que yacía en la carretera, estuviese protegido de otros atropellos. Al otro lado del teléfono me decían que me acercara al hombre para ver si estaba vivo. No respiraba. Reconstruí mentalmente los segundos anteriores al frenazo “Movimiento extraño de coches, algo que vuela…” Se lo dije al hombre del 112. El golpe recibido por aquel pobre cuerpo le había levantado del suelo unos dos metros desplazándole dos carriles hasta dejarlo inerte allí donde ahora estaba. Las preguntas siguientes eran obvias. ¿Qué hacía aquel hombre en medio de la autopista? ¿Quién le había atropellado? Nos quedamos allí la chica de los triángulos, el muchacho con el que casi me choco y yo, esperando a que viniera la ambulancia, por si había que declarar o si se podía ayudar.

Paró un médico que iba a su casa, le tomó el pulso al hombre y dijo que ya no se podía hacer nada. Se fue.

El tráfico se había restablecido en los carriles de la derecha. En el otro arcén había otros dos coches parados. El conductor de uno de ellos era el que había atropellado al hombre y estaba sentado en la valla, aterrado y sin saber qué hacer.

Paró un tercero, una furgoneta de fruta, de la que se bajó un chaval muy joven que vino hacia donde estábamos nosotros…

Y nos contó la historia.

El hombre bajito y menudo que se encontraba inerte en el asfalto, iba y venía entre los coches en medio de la autopista, desafiando a la muerte y al destino como un torero borracho, usando de capote su chaqueta. El chico de la fruta pudo esquivarlo de milagro, poniendo su furgoneta en dos ruedas, quedando a un paso de volcar. Otros dos coches antes habían esquivado al suicida. Cuando su furgoneta volvió a ponerse en cuatro ruedas, siguió su camino, pero al ver que se paraba la circulación detrás de él, regresó, temiendo que al final, alguien no hubiera podido evitar el choque con aquel ser que se jugaba su vida y la de los demás, un viernes cualquiera.

Dos chicos del Samur pararon para atender a aquel cuerpo. Llegaron dos ambulancias y dos coches de la guardia civil. Durante casi una hora, más de diez personas intentaron reanimar aquel cuerpecito al que se le había ido la vida.

Ahora que todo estaba bajo el control de manos expertas, nos agradecieron la poca ayuda que habíamos podido prestar, le devolvieron a la chica sus triángulos y nos dejaron ir.

Después de algo así, a uno le cuesta coger el coche. Todo el que viene o va parece enemigo. Los sentidos están extraordinariamente alerta, expectantes ante cualquier cosa rara que pueda caer del cielo o aparecer de improviso.

Llegué muy tarde a casa, pero llegué.

Recordando los sucesos de esa tarde, a aquel hombre diminuto que había dejado su último aliento sobre la carretera sin que nadie pudiera hacer nada por él, pensé que quizá alguien aún le estuviera esperando para cenar.

Lo último que vi de él fue su pie descalzo asomando bajo esa especie de papel dorado que ahora utilizan para tapar a los accidentados. Le faltaba un zapato.

Confesión

Cuando me comunicaron su muerte, me entró un ataque de risa. Juro solemnemente que no era mi intención, pero ocurrió exactamente así: Primero fue un relámpago de entendimiento. Después, un leve temblor interior; un estertor entre las costillas; un rumor sordo ascendiendo desde las tripas y estallando en la garganta y ¡zas! La risa se me escapó y no la atrapé hasta que, tres días después, las contracturas de todo mi cuerpo y la deshidratación por tanta lágrima hilarante, consiguieron bajar la intensidad de las carcajadas, dejándolas reducidas a una enorme y elocuente sonrisa.

“¡Qué mala persona!” Pensarán ustedes. Yo también lo pensaba, no se crean. Me daba cargo de conciencia sentirme tan bien… Es sabido que cuando alguien muere, de pronto se ve a ese alguien de otra manera, imbuido de un halo de santidad , y aun siendo el mismísimo Lucifer, todo son frases de alabanza.

Yo soy muy así. Siempre tiendo a disculpar y en este caso, por incongruente que parezca, no hubiera sido distinto si su muerte no me hubiera pillado tan por sorpresa después de años de desearla. Sí, si. Desearla.

Ya sé que contraviene toda moral y toda enseñanza cristiana. (Lo de no desear el mal al prójimo y todo eso) pero es que hay veces que aunque una intenta ser buena gente, el contrario se empecina en joderla a una.

Así que el tipo se murió. Después de años de acoso, abducción, extorsión y todos los “on” habidos y por haber; después de miles de llamadas, mensajes, cartas, amenazas, chantajes, anónimos y persecuciones; después de incontables días sintiendo la losa de su presencia sobre el alma y la vida, deseando liberarme sin poder… Después de tanta lucha sin cuartel para escaparme de su obsesión… Después de todo eso, va el tipo y se muere sin más.

Confieso que esperaba algo más acorde con el castigo divino. Un rayo o algo así que le fulminase ipso facto, pero no. El cabrón se murió durmiendo.