Ensueño

Si por algún motivo ignoto la vida se me escapara, ¡cuánto sentiría que huyera tu aliento de mis labios!

Tu imagen me la devuelven los espejos y cada partícula del todo, del casi, hasta de la nada, se pinta con tus colores.

Sumergirme en un beso de tus labios rosados es perderme en tus remolinos. Floto, levito, me agito y me muero un poco, deseando que no termine.

Ningún soporte es más seguro que tu mano, ningún hogar más cálido que tu abrazo tierno.

No hay hoguera que se compare con tu fuego, que me dé tanta luz y que no queme.

Recorro con mis dedos tus mejillas,  tus párpados cerrados, y tu piel se desliza bajo mi palma temblorosa, que teme despertarte… que desea hacerlo.

Escuchas mi llamada silenciosa y sonríes. Sin llegar a verme me buscas, me atrapas , acortas las distancias y me besas.

Me siento amada, feliz, llena de luz.

Ojalá durara para siempre este ensueño…

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Mis fantasmas

Anoche pillé a Finn hurgando en mi armario. Estaba más pálido que de costumbre, más flaco y decrépito. Su gabardina estaba raída y vieja y había partes de su ser que casi habían desaparecido. En cuanto me vio, se escabulló como una corriente de aire, por la rendija de la puerta.

En el pasillo, me tropecé con Oliver y tuve la sensación de que estaba muy desmejorado. Como Finn, flotaba más despacio, estaba desvaído y flojo y su ropa estaba toda arrugada.

No se movió al pasar yo a su través. Simplemente me miró con tristeza.

Entré en la cocina sin encender la luz. El motor de la nevera murmullaba y el sonido del goteo del grifo repicaba contra el fregadero regularmente. Había un tenue resplandor en la despensa. Cuando me acerqué, vi a John Silver rebuscando en los vacíos estantes, con evidente cara de fastidio. Su pata de palo ya no estaba y parte de su brazo derecho se había esfumado. No encontrando nada de su interés, salió volando como un ciclón, traspasándome.

Algo no iba bien. No sabía qué, pero algo no iba bien.

Fui al salón. La tele estaba encendida, para no variar. A pesar de tener la sensación de que debía hacer algo con respecto a mis fantasmas, me senté en el sofá y me sumergí en el delirio de luz y ruido que salía del aparato.

Al cabo de un rato, Don Aureliano se sentó junto a mí. Y Celia y Lázaro y Momo…Hasta un centenar ocuparon mi salón y lentamente, como si les costara un esfuerzo ímprobo, se dejaron caer sobre la alfombra. Todos parecían más pálidos y descoloridos. Algunos casi eran transparentes. Era como una epidemia espectral.

La tele llamó nuevamente mi atención girando mi cara hacia ella con su mano invisible y poderosa.

Por un momento, olvidé la extraña apariencia de todos aquellos espíritus, hasta que Don Aureliano se levantó moviendo la cabeza, hizo un gesto a los otros para que le siguieran y se marchó con ellos, dejándome sola.

Intrigada, me levanté y seguí a la peculiar comitiva hasta la biblioteca. Atravesaron la puerta como si tal cosa y se pusieron a hablar. Lo hacían en voz tan baja, que apenas podía escucharles.

Finalmente, entré. Allí estaba el cónclave de mis fantasmas al completo. Todos estaban como desdibujados. Y tristes.

Había polvo por doquier. No un poco, no. Había una gruesa capa cubriendo libros y muebles.

De pronto, John Silver saludó con la mano y se zambulló en La Isla del Tesoro. Momo me abrazó y también se fue. Y así uno tras otro, me dejaron. Don Aureliano, al que ya le faltaba un brazo, parte de su gabán y las botas, fue el último en abandonarme.

Me miró y movió la cabeza como decepcionado, antes de volver a su libro.

Yo me quedé un rato en la biblioteca, bastante desconcertada. Cogí “Cien Años de Soledad” y miré dentro. Era capaz de leer las letras, pero faltaba algo. Me faltaba algo. Con “Momo”, la “Isla del Tesoro” y todos los demás, pasó igual. Sentía una gran distancia entre mi alma y el contenido de aquellos libros que formaban parte de mi vida y que sin embargo, en aquel momento, me resultaban extraños. Era incapaz de pensar algo coherente, así que salí de la biblioteca, cerré la puerta con el firme propósito de limpiar al día siguiente y me fui al salón.

Intenté analizar lo que acababa de pasar, pero la tele captó sutilmente mi atención y me sumergí de nuevo en el vértigo de anuncios, concursos, partidos y noticieros, que fueron llenando por completo mi mente.

Cuando fui a coger el mando a distancia, me di cuenta de que mi mano, había desaparecido.

Tamara va al cole (Para mi hija Tami, que vuela a Inglaterra mañana)

Todavía hace calor…

Se acerca el otoño pero luce aún un hermoso sol en un cielo luminoso y azul.

Tamara ríe sin poder parar.

Mamá le ha traído un montón de bolsas llenas de cosas para ella, para el “cole” nuevo…

Cartulina, plastilina, barro, libros, libretas, colores….

Va como loca de un lado para otro mirándolo todo con sus inmensos ojos celestes, casi sin poder resistir tanta emoción:

-“¿Para mí?… ¿Para mí?”

Parece Navidad y mamá, Papá Noel.

Mamá sonríe divertida.

Tamara lo toca todo; hace montoncitos ordenados que se convierten en torres de difícil equilibrio hasta que caen estrepitosamente es el suelo del taller de costura de mamá, entre carcajadas cantarinas.

Mamá se marca todo ese tesoro.

Tamara, Tamara, Tamara…

Letras más grandes, letras más pequeñas, letras de colores.

Tamara ha crecido muy deprisa este verano…

Casi nada le sirve.

Mamá quiere que el primer día de “Cole” de Tamara sea especial, que lleve algo nuevo, bonito.

No puede comprarlo, así que se lo hace.

Le cose un pantalón vaquero con un retal de tela que le ha regalado una clienta.

Tamara es tan chiquita, que aún sobra un poco para hacer los bolsillos.

En uno de ellos, mamá pinta un gusano divertido, verde, brillante, con unos ojos grandes y lunares rojos por el cuerpo.

Luego, con un poquito de tela blanca, le hace una camiseta sin mangas y también le pinta a Max, el gusano del pantalón.

Tamara está tan emocionada, que no puede esperar al día siguiente para ponérselo. Lo estrena esa misma noche y no se lo quita ni para dormir.

Tamara no tiene bata para el cole. Mamá no puede comprarlo, así que se lo hace.

Le queda precioso, a cuadritos blancos y azules.

Le pinta un conejo asombrado, blanco, con una zanahoria y le pone cinco botones de colores.

Tamara lo estrena y tampoco se lo quita esa noche, ni siguiera para dormir.

Todo aquel revuelo agota a Tamara que se queda completamente dormida sobre la mesa de la sala, rodeada de ceras y lápices, con su ropa nueva y su babi de botones de colores. Mamá la acuesta en su cama sin que el traslado consiga agitar su sueño.

Es absolutamente feliz.

Amanece otro día de Otoño, aún cálido, aún brillante.

Tamara se despierta nerviosa…Quiere ir al cole.

Hace todo lo que se le dice: Se lava la cara y las manos y desayuna despacio, como siempre. A Tamara no hay manera de meterle prisa para nada.

Parlotea sin parar.

Ha cogido la bolsa de la plastilina y el barro y no la suelta. Es suya.

Pesa un montón pero ella la arrastra por todas partes sin soltarla.

Mamá le pone unos calcetines nuevos y unas botas negras y brillantes. Lleva su camiseta y su pantalón del gusano y su babi con botones de colores…

¡Está lista!

El cole esta muy cerca y van dando un paseo, cargadas con todas las bolsas y los trastos.

Se oye el ruido del plástico y del celofán y los lápices chocando unos contra otros.

Hay más niños esperando. Algunos están asustados, otros serios, expectantes.

Hay niños chillando, tirando de sus madres para escapar de allí y volver a casa.

Tamara está serena, observándolo todo y a todos con curiosidad y atención.

Por fin abren las puertas y padres e hijos entran.

La maestra de la clase de Tamara, reune a los niños en torno suyo intentando ganarse su confianza, con simpatía.

Tamara se queda un poco lejos, sentada en una silla, observando a los demás sin decir nada.

Se acerca a la maestra cuando esta empieza a repartir cuentos y recibe uno pequeño, lleno de coches de colores. Le gusta.

Luego la maestra les enseña dónde guardar los libros y todos, uno a uno, van a devolver aquel primer tesoro.

A Tamara no le hace ni pizca de gracia desprenderse del pequeño cuento, pero termina por dárselo a la maestra.

Luego, se sientan en un corro todos los niños.

La maestra les pregunta el nombre. Al que se lo dice, le regalaba un globo.

Tamara se va acercando poco a poco y se sienta.

No quiere hablar, pero le puede más su deseo de tener un globo grande y brillante que su desconfianza.

Así que por fin le dice su nombre a la maestra, que le da un enorme globo rosa haciendo aparecer en su carita una sonrisa espectacular.

La cosa va bien.

Los niños están a gusto y parlotean contándole a la maestra sus aventuras de verano.

Pero el colmo de la felicidad llega cuando la maestra anuncia el momento de coger la plastilina y hacer figuras con ella.

Un despliegue de colores, de caras felices, de risas, de manos amasando, dando formas; de figuras irreconocibles, de caracoles amarillos, de serpientes azules y gusanos naranjas y colorados, se instala en la clase y se adueña de ella.

Tamara no puede ser más dichosa.

Ensimismada, estirando y encogiendo la bola de plastilina que tiene en la mano, intenta que el Caracol Ramón tenga unos cuernos en condiciones y canta la cancioncilla de “Caracol col col…Saca los cuernos al sol”, hasta que suena el timbre que la saca de su artística labor, sobresaltándola.

“Se acabó el cole por hoy, peques” dice la maestra.

Los niños no se quieren ir, pero la maestra les promete que al día siguiente harán barro e irían al huerto a plantar semillas para que cada uno tenga una flor de la que ocuparse.

Las caritas de los niños son un poema…Nunca han tenido una flor propia.

Con esa promesa y la certeza de que tienen en su maestra una nueva amiga, se despiden de ella y salen del colegio.

Tamara se queda atrás.

La clase está vacía y la maestra, recoge las mesitas de colores.

Tamara se acerca despacio y le tira de la manga.

Ella la mira, se agacha y Tamara le planta un besazo en toda la mejilla. Es muy propio de Tamara hacer esas cosas.

Carmen, la maestra, le devuelve el beso y le da un trozo de plastilina para casa.

-“Ven mañana pronto y te daré una semilla para que tengas una flor”

-“¿Azul?”

-“Azul”

El camino de regreso a casa, después de aquella jornada tan especial, es muy divertido.

Tamara no puede dejar de hablar, de reír…

La idea de tener una flor y ocuparse de ella se le ha metido en la cabecita.

En su mente ya la está regando, como mamá hace con las de casa.

Pero esta será suya… ¡y azul!

Como siempre que Tamara recibe un regalo, nada en absoluto empaña su estado de total felicidad.

Cuando a la noche mamá la sienta en sus rodillas para contarle el cuento de antes de dormir (Cada noche tiene su propio cuento), Tamara le pide que le cuente uno sobre su flor.

Mamá sonríe

Cada vez se lo pone más difícil.

Pero no hay nada que mamá no intente para ver asomar la sonrisa de su niña y fabrica un cuento azul, con una bella flor celeste y brillante que amaba profunda y desesperadamente a un junco.

Mientras mamá hila las palabras para tejer aquella historia, Tamara va deslizándose en un sueño perfecto y tranquilo, posiblemente azul y mamá la deja acurrucadita bajo sus sábanas de estrellas, convencida de que a la mañana siguiente, su pequeña saltará de la cama y la perseguirá por toda la casa mientras ella hace el desayuno y recoge la ropa, tirándole de la falda para salir corriendo al colegio.

Pero eso será mañana.

Es tarde y ya todos duermen así que mamá pone un beso en cada frente, como cada noche y también se va a descansar.