Al cabo de los años

Al cabo de los años, uno se da cuenta de que sólo se merece lo que se  respeta, lo que se cuida, lo que se ama. De que es en el detalle pequeño donde se ve la talla del amor. De que las palabritas se las lleva el viento, como dice la copla. De que no sirve de nada pedir disculpas si uno vuelve a la carga una y otra vez cometiendo los mismos errores.

Al cabo de los años, paradójicamente, solo nos queda lo que damos de nosotros mismos a los demás. Eso, es lo que uno se lleva a donde quiera que se vaya cuando se va uno.

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Capítulo 36. Una habitación propia.

Esto lo escribí en este mismo blog hace tiempo, pero aprovechando el día, ahí va de nuevo

Papás novatos, héroes y todólogos

Pocas lecturas han inspirado tanto mi vida como “Una habitación propia”, de Virginia Woolf. Hace muchísimos años que la leí. Antes incluso de tener conciencia para entender plenamente su significado.

Pero todo se posa, todo crece, todo florece. Y las experiencias, duras, emocionantes, traumáticas, hermosas de la vida, son el abono que hace que esas semillas incandescentes prendan y germinen.

En el título va la conclusión. Para crear, para escribir una novela (el libro surgió de la preparación de una conferencia sobre “Mujeres y Novela”), para estudiar, es preciso, según ella, tener dinero y una habitación donde encerrarte y convertirte en dueña de tus pensamientos. Yo doy fe de ello. Solo cuando he sido dueña de mi vida, he conseguido crear. Dueña de mi vida en mi propia mente. Independiente, capaz de amar sin someterme, capaz de elegir. Y aunque tengo una pequeña habitación de adolescente, con los estantes…

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Mujer 3

Tuve un amante que tenía otras muchas amantes. A todas nos decía lo mismo. A todas nos escribía las mismas cartas. Y todas, como idiotas, suspirábamos por nuestro amante, que nos mandaba alegatos a favor de la mujer, la revolución, la honestidad  y la libertad.

Y resultó que el Casanova poeta, estaba casado.

Mujer 2

Yo tuve un jefe que veneraba a su madre porque  limpiaba la escalera de la casa todas las madrugadas con lejía  y a mano, arrodillada.

Esa era la imagen que tenía él de la mujer perfecta, de rodillas y fregando.

Si tan bueno era, me pregunto por qué nunca tomó su lugar y dejó que ella descansara un poco.

Mujer

Yo soy mujer. Desde que me levanto hasta que me acuesto, los 365 días del año (366 si es bisiesto).

Soy trabajadora. Desde que me levanto hasta que me acuesto. A veces incluso mientras duermo. Y entiendo por trabajadora aquella persona que se parte el pecho y la espalda por los demás, ya sea cobrando o no. Sí… Soy trabajadora los 365 días del año (366, si es bisiesto)

Me fastidia muchísimo esta concesión compasiva de la sociedad en la que vivimos, de hacernos un día protagonistas de grandes frases, intenciones y discursos, para olvidar nuestra situación y condición mañana.

¿Acaso hoy, por ser mi día, alguien me va a hacer el desayuno, o a planchar mi ropa, o a cambiarme el turno? ¿Acaso alguien va a escribir por mí? Acasos este 8 de marzo las mujeres podemos tumbarnos a la bartola y dejar que otros carguen con nuestras tareas? ¿Acaso hoy es un día de tregua y no se venderán niñas, ni se asesinarán esposas, ni se abusará de empleadas? Ojalá fuera así.

Este “regalo” de la sociedad es como decirnos: “Sí, se os sigue violando, se os sigue explotando, seguís cobrando menos que los hombres por el mismo trabajo, os seguís partiendo la espalda por la familia y fuera de casa, seguís siendo una bayeta ambulante, seguís siendo NADA  en algunos sitios no demasiado lejanos… Seguís muriendo a manos de vuestros maridos, porque SOIS SUYAS y pueden hacer con vosotras lo que quieran, incluso quitaros la vida…Pero ¿Por qué os quejáis? ¡Tenéis un día de gloria y reivindicación al año!

Supongo que estamos algo mejor que en tiempos de Olympia de Gouges, que tuvo que hacer una declaración propia de la mujer y la ciudadana tras la Revolución Francesa, porque a los Ilustrados (hombres, por supuesto) se les había pasado el pequeño detalle de considerar a la mujer una igual. El mismísimo Rousseau postulaba en contra de la participación de la mujer en la vida política. Olympia perdió la cabeza por litigar contra una sociedad machista e injusta.

Así que avanzamos, pero a veces demasiado despacio.

Que este día, sirva para recordar, que MUJER, no es sinónimo de bayeta, posesión o esclava.

 

La paloma

—Ahí  viene.

El vendedor de libros dio un codazo a su vecino, que miró hacia donde indicaba su compañero.

—Me pregunto qué comprará hoy.

Bajaba el viejo, como cada domingo, por Ribera de Curtidores. Era temprano. Él prefería esa hora primera en que los puestos  ya están montados pero hay poca gente.

—¿Quién sabe? Llevo viéndole bajar por esa calle desde que me acuerdo y aún no sé a qué se dedica ni por qué compra lo que compra. Igual tiene el síndrome de Diógenes.

Ambos sonrieron observando cómo el anciano deslizaba su vista por los puestos, a veces asintiendo, a veces rozando con los dedos alguna tela, a veces tomando un libro y acariciando su lomo.

Estuvo un rato deambulando, mirando allí y aquí sin que nada pareciera llamar su atención.

Se acercó a los dos hombres y les saludó. Luego se detuvo frente a un puesto donde una muchacha dibujaba. Había cuadros grandes y pequeños, hechos a carboncillo, al óleo…

Algunos eran realmente extraordinarios.

El anciano estuvo mirando las pinturas complacido, pero sin mostrar interés por ninguna en particular.

—Hoy se va de vacío.

—Eso parece.

La muchacha se levantó con un mohín de disgusto en su cara y dejó el dibujo que estaba haciendo sobre un montón de papeles desordenados. Era una paloma.

Ante la pregunta muda del anciano ella se encogió de hombros.

—No me sale. Hoy no me sale nada.

El anciano cogió el dibujo del montón y sonrió a la muchacha.

—Te lo compro.

—¿En serio?

—Completamente en serio. ¿Te parece bien que te dé quince euros por el dibujo?

—¿Le parece a Ud. bien que se lo regale? Ni siquiera está terminado.

—Yo creo que sí. —Miró atentamente a la paloma.—Parece que va a hacer algo.

—¿Algo como qué? ¿Poner un huevo? ¿Echar a volar? ¿Morirse?

—Algo, cualquier cosa. —El viejo sonrió a la chica— No hay nada mejor que un abanico de posibilidades.

El anciano puso en la mano de la chica los quince euros y se llevó el dibujo calle arriba, perdiéndose entre la gente que bajaba al Rastro. Empezaba a hacer calor.