Audio cuento 28-La nota vaga

Hola, hola.

¡Madre mía como va de rápido este mes de enero! Aunque igual son cosas mías… Esto del tiempo siempre resulta un misterio.

Hoy os traigo un cuento sobre una nota musical, una corchea. Pero no una corchea cualquiera. Ésta es extremadamente vaga y anda escondiéndose en todos los instrumentos para no trabajar, haciendo que el ensayo del concierto sea un desastre. Afortunadamente, el maestro de música encuentra la solución perfecta.

Os dejo el enlace al audio justo AQUÍ

la-nota-vaga

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Capítulo 11. Ser PADRES, con mayúsculas

Aunque Ray Bradbury en “Fahrenheit 451” (1953) y en “el Peatón” (1951), ya predijo el creciente sometimiento del hombre a la tecnología, la previsible desaparición del libro en papel y la dictadura de las pantallas, hasta el extremo de concebir la idea de que un bombero pudiera dedicarse a quemar libros o que un peatón fuera detenido por no tener un televisor o por pasear, dudo mucho que en aquel entonces, pudiera siquiera imaginar hasta qué punto sus predicciones iban a sobrepasarle.

Baste ir a casi cualquier hogar y encontrarlo equipado con varias televisiones (habitualmente encendidas), uno, dos y hasta tres ordenadores, toda suerte de electrodomésticos, una o dos tablets y, por supuesto, varios teléfonos móviles de última generación.

Nos pasamos la vida imbuidos en la cultura del cristal, absortos en la luz titilante de las pantallas, pendientes del mundo exterior. Grandes y pequeños, abuelos… Da lo mismo la edad, el sexo, la religión… La videocultura es hoy el opio del pueblo y pocos (poquísimos) son ajenos a tal droga.

Nuestros hijos también son sus víctimas. Cada vez son más los niños que viven pegados al ordenador, a las Tablet o al Whatsapp; que controlan los dispositivos electrónicos mejor que los adultos, que pasan el día con sus ojitos fijos en tal o cual juego, superando niveles. A veces, invierten horas estrujándose el cerebro para lograr marcas o ganar al compañero de clase que tiene no sé cuántos puntos… Puffff…

Hay que salir. El mejor espectáculo del mundo está en la naturaleza y no cuesta demasiado coger unos bocadillos o unos sándwiches de atún y millo y lanzarse a la aventura de pasar un día en la playa o en el campo, paseando, brincando por las rocas, haciendo que nuestros pequeños cojan oxígeno (nosotros también), que se les pongan los cachetes colorados, que suban y bajen por toboganes naturales, que beban agua del río… Es una pasada verles disfrutar y disfrutar nosotros, hacer de la excursión un placer conjunto y, al volver a casa, ver cómo se quedan dormidos, completamente agotados y satisfechos.

Hay que leer. El libro es un mundo en el bolsillo. Es una puerta amiga abierta a la aventura. Es un sabio que nos ofrece respuestas. Miles de posibilidades se encierran en sus páginas. Leyendo, se aprende a escribir, se amplían nuestro vocabulario y nuestros horizontes, se abre nuestra mente…

Uno de los mejores regalos que le puede hacer un papá a su hijo es su propio carnet de la biblioteca. Ir los sábados con ellos a escoger un libro o a devolver el que ya leyeron es abrirles una puerta secreta y compartir con ellos una actividad que potencia su responsabilidad, su amor por la lectura y su curiosidad…

Y hay que hacer cosas con ellos. Ir a museos, a teatros, a conciertos, a ver las luces de navidad; jugar en casa juntos al parchís o al trivial o al teléfono escacharrado; enseñarles a usar el diccionario; acometer recetas de cocina juntos, aunque el resultado no se parezca ni un poco a la foto del libro, fabricar cocodrilos de papel, pintar, hacer pendientes, volar cometas…

Sí señor. No solo hay que hacer cosas por y para nuestros hijos. Hay que hacer cosas con ellos

Capítulo 10. Poli bueno, poli malo.

Mal. Fatal. Descartado. Definitivamente no funciona.

Incluso si es una táctica persuasiva, hacer que uno de los papás se quede con el papel de ogro y el otro con las mieles, puede llegar a ser catastrófico, no solo para nuestros niños, sino para nosotros como pareja.

Amenazarles con que va a venir papá como si fuera el coco o decirles esa frase tan típica “se lo voy a decir a papá (o a mamá)”, creará en ellos un sentimiento encontrado de amor y miedo. Y es una faena para el que carga con el papel de malo de la película. El temor no es bueno. Es respeto lo que hay que inspirar en nuestros hijos. Respeto, confianza y amor.

Los padres, ambos, debemos ser un tándem blindado y sin fisuras. Una decisión que se tome, respecto a cualquier cosa que afecte a los hijos, debe ser consensuada entre los padres y una vez tomada, mantenida.

Los niños no deben sentir que hay una parte más débil en el binomio papá-mamá, a la que convencer con llantos o pucheros. Y aún menos que hay una parte amenazadora que castiga y reprende.

Su educación es cosa de los padres, de los dos y no vale escaquearse, acomodarse en la parte divertida y consentidora mientras el otro carga con el papel de malo.

Hace no demasiados años, proponer semejante modelo de familia, de pareja, se hubiese considerado una herejía. Era el padre el que tomaba las decisiones y la madre acataba y ejecutaba las órdenes del patriarca. Los hijos obedecían. Afortunadamente, cada vez son más las familias que se fundamentan en la igualdad entre los padres y las madres y en la necesidad de trabajar en equipo para bien de todos. Es a esas parejas que se quieren y se respetan a quienes va dirigido este capítulo. Sé por experiencia que hay casos excepcionales en los que hay que tomar medidas excepcionales. Casos de parejas con un desequilibrio brutal, con problemas de relación, de violencia, de dominio, de alcoholismo, de drogas… de miedo. Para estos casos, lo que escribo no tiene manera de aplicarse. Hay que tirar por la calle de en medio. Hay que huir. Huir para salvarse uno y a los hijos.

Pero pongamos que hablamos de una pareja “normal”, si es que eso existe.

Es posible que uno de los progenitores esté más tiempo con los pequeños, por cuestión de horarios y de trabajo, pero la “política” educativa, económica y organizativa del hogar, independientemente de quién esté cuánto tiempo con ellos, ha de ser pensada de forma conjunta, coherente y sobre todo, unánime.

Y si, por desgracia, los papás se han separado, aunque parezca un imposible, es aún más necesaria esta unión de pareceres, para hacer que  los niños se sientan seguros en medio del desastre que es una separación.

Es muy triste dejar de hacer algo por nuestros hijos, solo porque “le toca” al otro estar con ellos. ¿Qué es eso de “le toca al otro”? Nuestros hijos, son nuestros, de los dos. En absoluto son un paquete que va de una casa a otra y su equilibrio, su felicidad y su salud, dependerán directamente de cómo seamos capaces de gestionar los padres nuestra relación, aunque hayamos decidido no vivir juntos.

Que nuestros hijos se conviertan en el campo de batalla de nuestras guerras de pareja, es inhumano. Hacer que seres diminutos que se están formando, tengan que tomar partido o decidir “a quién quiere más”, es horrible. Que tengan que escuchar de labios de uno de sus progenitores cosas feas y malas del otro, es un misil contra su estabilidad emocional.

Les hacemos falta los dos. Les concebimos para darles lo mejor de nosotros, para hacerles crecer felices, para darles todo nuestro amor. Si la relación de pareja se deteriora, no deberían pagarlo los niños.

Es su interés el que debe primar sobre cualquier otro.

A veces, pensamos que nuestros hijos no se enteran de nada, que ni oyen ni comprenden lo que nosotros estamos diciendo y caemos en el tremendo error de discutir delante de ellos e incluso gritarnos acaloradamente sin pensar que hay ojos y oídos pendientes de nosotros y pequeños corazones que se rompen en pedacitos cuando sus papás, lo más importante de sus vidas, se pelean.

La disparidad de opiniones es lógica y saludable. Hablando, exponiendo (no imponiendo) cada punto de vista, se suele llegar a un convenio sobre cualquier cosa. Dialogar, conseguir no enrocarse en una postura, transigir a veces, es la mejor manera de enseñar a nuestros hijos a tratar a los demás. Difícilmente podremos exigir a nuestros hijos que no se peleen si no les damos el ejemplo adecuado.

Si tenemos que discutir, que sea en un aparte, sin violencia, sin acritud, intentando poner como punto de mira el bienestar de nuestros hijos y la armonía de nuestra familia.

Capítulo 9. Mi rincón, mi tesooooooro

Durante mucho, mucho, muuuuuuucho tiempo, los papás sentimos que no llegamos, que la vida nos muerde el trasero, que nuestros niños y sus consecuencias nos ocupan cada minuto. Desayunos, colegios, trabajo (el nuestro, con el que sustentamos todo el tinglado), otra vez colegios, meriendas, piano, baile, deberes, baño, cenas, más deberes, casa…, preparar la ropa del día siguiente…Dormir… desayunos, colegios…

Los fines de semana, la cosa no es muy diferente. Dormimos algo más y no tenemos el trajín de ir a trabajar ni que llevar a los peques al cole, pero lo que se nos ha ido acumulando durante la semana, tenemos que hacerlo el sábado y el domingo. Y hay que ir a ver a los abuelos, quedar con los tíos, llevar a nuestros hijos a que cojan aire, al cine, a algún museo. Y ocuparnos de que hagan los deberes, meriendas, cenas, baño…

En fin… Qué voy a contar que no sepa un padre entregado. 🙂

Todas esas cosas que hacíamos antes de ser padres, han sido relegadas como por arte de magia al saco de “cuando se pueda”. Leer, escribir, dibujar, estudiar, ir al rocódromo, al gimnasio, volar en parapente, estar en silencio meditando, montar un acuario marino… Nuestras pasiones íntimas están guardadas en naftalina, como los abrigos en verano.

Aunque lo que voy a decir ahora parezca una obviedad, una perogrullada amén de un imposible, lo voy a hacer:

Los papás necesitamos sentir que seguimos siendo personas. Necesitamos un rincón, un espacio y un tiempo propios, íntimos, por mínimos que sean, para no fenecer.

Yo, como supongo casi todo el mundo, se lo robaba al sueño. Cuando mis niños estaban ya durmiendo y la casa había vuelto a ser un lugar silencioso, estudiaba, dibujaba, leía o escribía. A veces no mucho rato. El agotamiento me cerraba los ojos al cabo de apenas una hora. Pero una hora es un tesoro que da mucho de sí, si conseguimos aprovecharla.

Y está el tiempo de amar, de sentirse mimados y queridos. El tiempo de la pareja, de los padres, despojados por un rato de ese maravilloso título.

También la pareja se ve anulada, diluida al menos, por la maternopaternidad. Las conversaciones rondan siempre en torno a temas infantiles o familiares  (hijos,  cenas,  compras, lavadoras, facturas, coles, deberes, cumples, vacunas…………..).

El tú a tú, el arrebujarse el uno en el otro, el acariciarse y abrazarse porque sí, en cualquier lugar de la casa, cada vez se espacia más y terminamos la jornada desplomándonos en la cama sin mucha gana de nada más que dormir.

Ese pequeño espacio íntimo tenemos que protegerlo, cuidarlo, visitarlo asiduamente, porque los padres, necesitamos de nuestro compañero, de esa persona que ha formado junto a nosotros la familia que tanto nos preocupa y nos ocupa.

Es muy difícil, a veces imposible, dar prioridad a lo importante frente a lo urgente. Y cuando lo hacemos, tenemos un inexplicable sentimiento de culpa por no dedicarnos al 100% a nuestro oficio de papás. Sentimos que les robamos tiempo a nuestros hijos, pero no es así.

Nuestra intimidad es importante. Seguir creciendo como personas, amando, aprendiendo, acometiendo empresas propias, debe ser parte de nuestros deberes. Solo así podremos darles a nuestros niños lo mejor de nosotros.

Los hijos, crecen y vuelan. Forman sus propias familias y quedamos nosotros solos en el nido. Y de pronto, tenemos tiempo. Y no sabemos qué hacer con él.

Por eso, es imprescindible mantener siempre vivas nuestras pasiones, aunque sea al ralentí. Tenemos que estar llenos, felices, para poder retomar con éxito esa nueva etapa cuando llegue.

De momento, al tajo, pero sin perderse de vista.

Capítulo 7. El arte del mando

¿Cómo conseguir educar a los hijos sin morir en el intento? Mi hija Laura me pidió (por favor, por favor) que le contara el secreto de cómo lo logré yo, así que ahí va.

Empezar con una no fue demasiado complejo. Con dos fue algo más difícil… Con los cinco. Puffff. Acabé desarrollando toda una batería de tácticas y estrategias militares para lograr el objetivo, a saber:

La primera premisa, si no quieres acabar en un cotolengo, es no preguntar. Hay cosas obvias que no hay que someter a consenso. Digamos que los padres ejercemos una dictadura amorosa en la que vamos soltando cuerda, siendo más permisivos a medida que nuestros retoños son capaces de asumir esos espacios de libertad.

Mientras son pequeños, salvo ocasiones súper especiales, jamás, jamás de los jamases, hay que preguntarles “¿Qué te apetece cenar?” o “¿Qué quieres ponerte de ropa?” o “¿Vamos a dormir?”o “Podrías arreglar tu habitación?

Hay un noventa por ciento de posibilidades de que te contesten lo que no quieres oír.

Hacer esas preguntas y obrar según las respuestas, es abrir resquicios para la más absoluta anarquía. Y un hogar, por radical que parezca, no se puede sostener en la anarquía.

En mi casa había “rancho”. Lo mismo para todos. Yo decidía por la noche lo que iba a hacer al día siguiente, lo cocinaba y según iban volviendo mis hijos del colegio, iba sirviendo platos. Se ahorra mucho tiempo, esfuerzo y dolor de cabeza si uno prevé con tiempo y en consecuencia provee.

Y aunque en ocasiones seamos magnánimos y modifiquemos el menú para darles a nuestros pequeños lo que más les gusta o les dejemos un poco más de tiempo de ocio antes de dormir , debe prevalecer una cierta estructura normativa. Como decía un buen amigo mío, normativa de elasticidad controlada.

Yo no soy de carácter fuerte, pero sí soy inflexible en cosas como el orden, la puntualidad, el respeto…

Mis hijos se acuerdan ahora muertos de risa de mis medidas drásticas, pero en aquel entonces, no les veían el chiste por ninguna parte.

Y es que encontrar sus armarios patas arriba cuando iba a guardar la ropa recién planchada, después de un día de trabajo duro, me ponía mala. Avisaba con infinita paciencia dos veces. A la tercera tiraba el ropero catastrófico abajo. Sin piedad.

Lo mismo pasaba con los juguetes. Antes de la hora del baño, mi casa parecía el resultado de una batalla campal. Clics tirados por todas partes, coches, canicas, muñecos, ropa, calcetines… Les daba un plazo razonable para recoger, pasado el cual, recorría la casa de arriba a abajo  (cuatro pisos) mopa en mano, arrastrando a la basura cualquier cosa que estuviera en el suelo. ¡Vaya si corrían!

Al final, a la hora del baño estaba todo impoluto. Hasta hoy. Ahora que son grandes, mantienen sus casas limpias y ordenadas. 🙂

Tampoco podía con las peleas. Hubo un tiempo en que dos de mis hijas eran incapaces de hacer nada juntas. Para todo discutían. Así que tomé la decisión salomónica de atar el pie derecho de la una con el izquierdo de la otra toooooodo un día. No les quedó más remedio que ponerse de acuerdo hasta para andar.

Pero en realidad, lo que mejor me ha funcionado para educarles ha sido el amor. Ese amor que implica saber ser duro y exigente y también cariñoso y paciente. Guiarles, saberles, conocerles, hacerles reír, inventarles cuentos, ayudarles con los deberes, inculcarles la curiosidad, las ganas de aprender; hacerles sentir independientes pero parte de un todo; ESTAR,  ESTAR, ESTAR… Enseñarles a contar los unos con los otros, a ser piña frente al mundo.

Y lo son. Lo somos. Una piña. Y eso me hace sentir tremendamente orgullosa.

Capítulo 6. La Todología

He aquí el capítulo angular de este blog. El papá novato ha de entender que ésta, la Todología, es una carrera de fondo en la que no hay ni meta ni graduación. Es para toda la vida.

El oficio de padres nos aboca a la Todología impepinablemente; nos obliga a ser unos Da Vinci domésticos con la diferencia de que nuestras habilidades, revertirán directamente en el bienestar de nuestros retoños.

No nos haremos famosos licenciándonos en Todología. Ni ricos. No pasaremos a la Historia. Pero sí conseguiremos convertirnos en equilibristas de la vida, en los héroes y villanos de nuestros hijos. Y haremos junto a ellos su historia. Eso es grande.

Como decía en el primer capítulo, uno empieza a ser mamá/papá, cuando se enfrenta cara a cara a su pequeño y ha de ocuparse de él/ella personalmente; cuando tiene que tomar decisiones respecto a un montón de aspectos de esa pequeña personita, sin que nadie le diga cuáles. No son decisiones trascendentes, pero son tantas al cabo del día, que uno acaba sintiéndose como si elegir el pijama de su bebé fuera a cambiar el curso de la historia.

Los papás, nos encontramos de pronto ejerciendo la carrera de Todología sin haberla empezado. El plan de estudios es caótico y arbitrario, la nota nos la pone un bebé que no sabe hablar o un infante que ya sabe y cada vez nos puntúa más bajo. Y las asignaturas son tantas… Algunas aparecen y desaparecen. Otras son optativas, casi todas duran toda la carrera…Toda la vida.

Hay que armarse de paciencia. Paciencia y generosidad. Y de Amor.

Son vitales el sentido común y el sentido del humor. Ya sé, ya sé que es fácil hablar. Pero da muy buenos resultados armarse hasta los dientes de ambos.

Los papás Todólogos, terminarán siendo licenciados (sin título) en un montón de cosas, a saber:

·       Enfermer@s. (Toses, mocos, cuidado del ombligo, cólicos, fiebre, granitos, bronquitis, vacunas….)

·       Lactancia (Cuándo darle el pecho, cuánto, ¿a demanda, con hora? ¿Qué biberón? ¿Cuánto abro la tetina? ¿Uso el sacaleches? ¿Cooooomo????)

·       Dermatólogos, pedicuros, higienistas.

·       Chefs

·       Lavanderos y planchadores

·       Decoradores de interiores

·       Montadores de muebles infantiles

·       Arregladores de juguetes

·       Licenciados en lucha contra los ácaros.

·       Expertos en moda

·       Shopping assistant

·       Psicólogos

·       Pedagogos

·       Choferes

·       Conductores de carrito

·       Cantantes de nanas

.        Intérpretes de nubes

·       Cuenta cuentos

.        Dibujantes

·       Profesores múltiples

·       Ayudantes de deberes (lo que implica volver a estudiar geografía, historia, lengua…)

·       Dictadores (Con cariño ¿vale?)

·       Consentidores (Sin pasarse)

·       Inventor de tácticas para que coman. Vivan el Ketchup y mayonesa

·       Economistas y equilibristas del presupuesto

·       Costurer@s y sastres.

·       Experto en manualidades

·       Marcadores de ropa

·       Forradores de libros y cuadernos

·       Expertos en material escolar

·       Estrategas

·       Consejeros

·       Amigos (No colegas)

·       Redactores de cartas a los Reyes

·       Ratoncitos Pérez hasta que nos descubren

etc, etc, etc, etc…..

Licenciarse en Todología con éxito, es una garantía segura para afrontar cualquier problema en la vida.

Audio cuento: Dikú y el Tristún, de Elzbieta.

Hola, hola.

Hoy os traigo un cuento precioso. Lo he descubierto por casualidad, buscando otra cosa. Aunque bien es sabido que las casualidades no existen. Creo que este cuento se ha hecho el encontradizo. Si un día vais caminando por ahí y se empieza a poner todo gris, tened cuidado. Es casi seguro que hay un Tristún cerca.

Feliz audio 🙂

Os dejo el enlace al audio justo AQUI

Besos

diku-y-el-tristun

Capítulo 5. La Resiliencia

La resiliencia es una de esas cualidades que todos poseemos en mayor o menor medida aunque no tengamos ni idea de cómo se pronuncia. Es a las cualidades  lo que el esternocleidomastoideo a los músculos. Está, pero casi nadie sabe exactamente dónde y mucho menos por qué alguien se molestó en buscarle semejante nombre.

El caso es que existir, existe y resulta que es primordial para sobrevivir.

Hay muchas definiciones, pero vienen a decir que la resiliencia es la capacidad de hacer frente a situaciones adversas o complicadas, perseverar en la lucha con espíritu vencedor y salir fortalecido.

Ni que decir tiene que hay pocos desafíos tan desconcertantes y hermosos como ser padres. Y he aquí que nuestra cualidad fantasma, la resiliencia, se verá puesta a prueba una y otra y otra y otra vez.

Si la vida nos reta a diario convirtiéndose en un campo de entrenamiento en el que hacer pesas con problemitas, problemas y problemones, nuestros hijos (y nietos) son unos “personal trainer” capaces de hacer que nuestra resiliencia se encoja de agujetas. Peeeeeero nuestros locos bajitos nos educan, nos fortalecen y consiguen que terminemos siendo unos expertos en el arte de encajar los golpes, asimilarlos y resolverlos.

Para rizar el rizo, resulta que las resiliencias son siete (Equilibrio, compromiso, superación, autoestima, confianza, responsabilidad y creatividad), una especie de circuito de entrenamiento de élite para curtirnos.

En nuestra recién estrenada condición de padres, todos esos componentes de la resiliencia se irán estilizando, fortaleciendo, cogiendo fondo, tonificando y por fin, harán que nuestro espíritu sea como un gimnasta polivalente capaz de responder a los desafíos que nos lanzan nuestros pequeños y no tan pequeños retoños.

No hay que desesperar. Aunque a veces nos veamos desbordados, la resiliencia está ahí, en alguna parte, para echarnos un cabo.