Capítulo 7. El arte del mando

¿Cómo conseguir educar a los hijos sin morir en el intento? Mi hija Laura me pidió (por favor, por favor) que le contara el secreto de cómo lo logré yo, así que ahí va.

Empezar con una no fue demasiado complejo. Con dos fue algo más difícil… Con los cinco. Puffff. Acabé desarrollando toda una batería de tácticas y estrategias militares para lograr el objetivo, a saber:

La primera premisa, si no quieres acabar en un cotolengo, es no preguntar. Hay cosas obvias que no hay que someter a consenso. Digamos que los padres ejercemos una dictadura amorosa en la que vamos soltando cuerda, siendo más permisivos a medida que nuestros retoños son capaces de asumir esos espacios de libertad.

Mientras son pequeños, salvo ocasiones súper especiales, jamás, jamás de los jamases, hay que preguntarles “¿Qué te apetece cenar?” o “¿Qué quieres ponerte de ropa?” o “¿Vamos a dormir?”o “Podrías arreglar tu habitación?

Hay un noventa por ciento de posibilidades de que te contesten lo que no quieres oír.

Hacer esas preguntas y obrar según las respuestas, es abrir resquicios para la más absoluta anarquía. Y un hogar, por radical que parezca, no se puede sostener en la anarquía.

En mi casa había “rancho”. Lo mismo para todos. Yo decidía por la noche lo que iba a hacer al día siguiente, lo cocinaba y según iban volviendo mis hijos del colegio, iba sirviendo platos. Se ahorra mucho tiempo, esfuerzo y dolor de cabeza si uno prevé con tiempo y en consecuencia provee.

Y aunque en ocasiones seamos magnánimos y modifiquemos el menú para darles a nuestros pequeños lo que más les gusta o les dejemos un poco más de tiempo de ocio antes de dormir , debe prevalecer una cierta estructura normativa. Como decía un buen amigo mío, normativa de elasticidad controlada.

Yo no soy de carácter fuerte, pero sí soy inflexible en cosas como el orden, la puntualidad, el respeto…

Mis hijos se acuerdan ahora muertos de risa de mis medidas drásticas, pero en aquel entonces, no les veían el chiste por ninguna parte.

Y es que encontrar sus armarios patas arriba cuando iba a guardar la ropa recién planchada, después de un día de trabajo duro, me ponía mala. Avisaba con infinita paciencia dos veces. A la tercera tiraba el ropero catastrófico abajo. Sin piedad.

Lo mismo pasaba con los juguetes. Antes de la hora del baño, mi casa parecía el resultado de una batalla campal. Clics tirados por todas partes, coches, canicas, muñecos, ropa, calcetines… Les daba un plazo razonable para recoger, pasado el cual, recorría la casa de arriba a abajo  (cuatro pisos) mopa en mano, arrastrando a la basura cualquier cosa que estuviera en el suelo. ¡Vaya si corrían!

Al final, a la hora del baño estaba todo impoluto. Hasta hoy. Ahora que son grandes, mantienen sus casas limpias y ordenadas. 🙂

Tampoco podía con las peleas. Hubo un tiempo en que dos de mis hijas eran incapaces de hacer nada juntas. Para todo discutían. Así que tomé la decisión salomónica de atar el pie derecho de la una con el izquierdo de la otra toooooodo un día. No les quedó más remedio que ponerse de acuerdo hasta para andar.

Pero en realidad, lo que mejor me ha funcionado para educarles ha sido el amor. Ese amor que implica saber ser duro y exigente y también cariñoso y paciente. Guiarles, saberles, conocerles, hacerles reír, inventarles cuentos, ayudarles con los deberes, inculcarles la curiosidad, las ganas de aprender; hacerles sentir independientes pero parte de un todo; ESTAR,  ESTAR, ESTAR… Enseñarles a contar los unos con los otros, a ser piña frente al mundo.

Y lo son. Lo somos. Una piña. Y eso me hace sentir tremendamente orgullosa.

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2 comentarios en “Capítulo 7. El arte del mando

    • Jajajjajajajaja. Muy propio. Los hijos a menudo quieren de lo que no hay. Pero se les quiere tanto. Solo que uno tiene que poner límites para seguir medianamente cuerda. Felices sueños.

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