Capítulo 14. Espejito, espejito.

En el vórtice atemporal del hogar, allí donde abundan chupetes, pañales, carritos de bebé, llantos nocturnos (y diurnos) , visitas al dentista, carreras para llegar a tiempo al cole, listas de la compra, coladas interminables… en fin… en ese mundo de realidades superpuestas como naipes de baraja que cualquier papá que se precie conoce al dedillo, allí, no existen los espejos.

Siguen colgados en las paredes, en el baño, en las puertas de los roperos, pero parecen haber sufrido un hechizo y no nos retienen.

Los papás, novatos o veteranos, sufrimos durante un laaaaargo tiempo una especie de vampirización que hace que los espejos no nos devuelvan la imagen.

Estamos delante de ellos. Nos lavamos la cara, nos peinamos e incluso nos acicalamos, pero realmente no nos vemos.

Y pasamos de ser pinceles a ser brochas. Nos descuidamos.

Digamos que el tumulto de quehaceres, la falta de tiempo, de fuerzas, van arrinconando a nuestra pobre vanidad hasta dejarla emparedada y casi sin aire. No muere, pero languidece  mientras observa cómo el tiempo no nos alcanza para nada y nuestra agenda rebosa de papelitos de todos los colores recordándonos tooooodo lo que nos queda por terminar e incluso por empezar. Curiosamente en ninguno de esos papelitos aparece nuestro nombre.

Ese ritual de baño, música, espuma, velitas… Esa parsimonia al hacer una deliciosa y elaborada cena para dos, ese ir a entrenar al gimnasio, diluirnos en el spa, pasear escuchando el silencio… Ese desparramar el ropero sobre la cama y probarnos esta o aquella prenda que tanto nos favorece… ¡Plasssss! ¡Despierta! La cena, la cocina, la colada, contarles un cuento, preparar las cosas para el día siguiente. 🙂

Ya sé que soy un poco hiperbólica, pero hay etapas en que casi es así.

En el capítulo 9, Mi rincón, mi tesoooooro, ya apuntaba la necesidad de reencontrarnos, de recuperarnos, de tomar un poco de aire para poder zambullirnos de nuevo en la vorágine cotidiana. Y así, igual que es vital hallar un espacio para el Nosotros, para la pareja, para amarse y resucitar, también es fundamental volver a recuperar los espejos, liberarlos del hechizo y sentirnos hermosos.

El tiempo no se va a estirar, no va a dar más de sí. Y las doscientas mil tareas que tenemos que enfrentar cada día no van a desaparecer.  Pero sí podemos tomar conciencia de nosotros mismos en esos mini instantes que tenemos. Renunciar al amado, cómodo, práctico chándal de vez en cuando; darnos el gusto de perder unos minutos en la intimidad del baño (¡¡¡¡Un hurra por el inventor del pestillo!!!!). Un poco de crema, un peinado nuevo, un atreverse a usar la báscula con los ojos abiertos, un decidirse a empezar esa dieta…

Dejar que nuestra vanidad salga de su prisión un ratito, aunque tenga que ser de noche, cuando nuestros angelitos duermen o en ese rato en que los abuelos o los tíos nos toman el relevo, nos hará mucho bien.

Hace no mucho, me dijo una joven mamá muy querida a la que no voy a nombrar, que había renunciado a la ropa interior bonita y que usaba algo llamado “bragasostenboina” porque le resultaba cómodo. ¡¡¡Por favor!!!

Anuncios

Capítulo 12. ¿Todos podemos ser padres?

Hay quien dice que sobrevaloro la labor de los padres, que cualquiera puede serlo.

Objetivamente hablando es verdad. Cualquier hombre que no tenga problemas funcionales, puede engendrar. Cualquier mujer sana puede parir.

Los animales lo hacen constantemente y nadie les prepara. Pero tienen el instinto que nosotros, los infalibles humanos, hemos ido perdiendo. Un instinto que hace que incluso maten y mueran por sus crías.

Me parece, como poco, curioso que hasta para barrer las calles tenga uno que hacer un cursillo y para construir y preparar a un hijo para la vida, no te den ni media asignatura en la escuela.

Un arquitecto, precisa de años de estudio para que le permitan diseñar una casa. Cualquier error en ese diseño, puede ocasionar que los cimientos fallen y que la casa se hunda.

¿Acaso no es más delicada la formación de un ser humano? ¿Acaso equivocarse en su crianza, en su educación, en su construcción, no puede ocasionar daños irreparables que le conviertan en un déspota, un delincuente o un desvalido?

Ser PADRE, MADRE, no es una pegatina que nos colocan en la frente cuando nace nuestro bebé. Ser PADRE o MADRE, con mayúsculas, es un título que hay que ganarse y que requiere generosidad, pasión, inteligencia, sentido del humor y sacrificio. Si uno ama a sus hijos, tiene que estar preparado para la ingratitud en ocasiones, el reto, la enfermedad, la angustia de no llegar, el estrangulamiento económico, la lucha. Y tiene que resistir la tentación de ceder, de tirar la toalla.

El oficio de padres es un constante ejercicio de malabares, de improvisación dentro de la planificación, que por alguna causa secreta, acaba desbaratándose. Es poner cientos de calderos al fuego todos los días y conseguir que ninguno se arrebate. Es enfrentarse a diario con la entropía y con el caos que amenazan e invaden el orden en los armarios. Es hallar la ecuación que nos explique por qué siempre hay calcetines desparejos en la colada. Es volver a estudiar el temario de primaria y el de secundaria para poderles ayudar. Es inculcarles valores, regalarles tu tiempo, pelear…Es estar ahí.

Y aunque uno sabe que lo que hace por los hijos está bien, ellos son tercos muchas veces y no quieren tomarse el jarabe o abrigarse cuando hace frío o ponerse las zapatillas o ducharse. Y de pronto deciden que no quieren estudiar o empiezan a tener amigos que no son buenos para ellos. Y uno anda preocupado por las salidas nocturnas cuando crecen, por el alcohol, por las drogas… Cuando llega esa etapa en que son grandes, si lo has hecho medianamente bien, tus hijos salen vencedores y consiguen ser personas. Grandes personas. Los míos lo son.

Así que sí. Para mí ser madre es una profesión, una vocación que me acompañará toda la vida y la sublimo porque me he entregado a ella en cuerpo y alma y no me arrepiento ni un poco. Ahora tengo tiempo de hacer lo que no hice entonces. Tiempo de estudiar, de escribir y de ser yo también, persona. Pero sigo siendo madre, sigo ocupándome de mis niños aunque sean ya adultos. Y me encanta.

Hoy sé dónde acerté, dónde me equivoqué, cómo podría haberlo hecho mejor y como el tiempo no vuelve, lo único que puedo hacer es contarlo. Esta es mi experiencia. No soy psicóloga ni pedagoga. No pretendo sentar cátedra. Mi objetivo es compartir con los nuevos y futuros papás, entre ellos, mis hijos, cómo me fueron a mí las cosas. Igual pueden sacar algo de provecho. 🙂