Audiocuento 31. Caperucita Roja

Hola, hola, hola. Os traigo para Semana Santa una adaptación del súpermegarchiconocido cuento de Caperucita Roja. Este cuento popular de tradición oral, ha sufrido toda suerte de venturosas y desventuradas versiones. La mía es una adaptación de la de los hermanos Grimm.

Espero que os guste. Os dejo el enlace justo AQUÍ

Caperucita

¡Feliz descanso!

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Audio cuento La Cocodrila Camila

Este es un regalo especial. Escribí este cuento para mi nieta Susi, un día en que tenía que hacer un cocodrilo con un cartón de leche y ella quería que fuera chica y rosa. La profe no la dejaba. Tenía que ser verde, así que ella cogió un cabreo monumental. Me hizo tanta gracia, que para que se le pasara el disgusto le hice este cuento. Aún no he terminado todas las ilustraciones, pero ando en ello. Lo que sí he terminado es el audio cuento. Os dejo el enlace AQUÍ

la-cocodrila-camila

Mi papá

 

Antes de que yo naciera, mi papá no existía.

A mi papá le hice yo.

Antes, era un señor normal.

Ahora, parece un señor normal, pero no lo es. Es mi papá.

Mi papá ahora duerme con un ojo abierto. Vigila que todo esté en orden para que no me pase nada.

Y mantiene su radar activado, atento a cualquier mal sueño, dolor o fantasma que me ronde.

Mi papá es el chef de las papillas. Las prueba todas para convencerme de que están buenas. No es verdad. Algunas están horribles, pero me las como para compensar su esfuerzo.

Mi papá es un parque de atracciones. Me sube hasta el techo, me hace el avión, me deja saltar en su cama y se convierte en montaña por la que escalo y tobogán por el que bajo.

Mi papá es sabio. Conoce muchas respuestas a mis muchas preguntas y las que no sabe, las busca para poder explicármelas. A veces, mira en libros y otras, en algo que él llama San Google.

Mi papá es un contador de historias. Algunas me las lee. Otras se las inventa. Baja la voz y en susurros, me lleva a los lugares más asombrosos.

Mi papá es especialista en casar mis calcetines. Porque mis calcetines, a menudo quieren estar solos y huyen de sus parejas, pero eso no es en absoluto práctico, porque yo tengo dos pies.

Mi papá mantiene una guerra abierta con el caos de mi habitación. Se pone su uniforme anticaos y coge sus armas. A mí el caos no me molesta. Pero él va recogiendo juguetes mientras repite: “Un sitio para cada cosa y cada cosa en su sitio”, como si fueran palabras mágicas.

Mi papá ama las estrellas. Tiene un telescopio en el desván y me enseña a leer en el cielo.

Mi papá ama la música. Siempre hay música en su despacho, en la cocina, en el garaje… Música de todas clases. Jazz, clásica, étnica… Cuando suena algo de rock, mi papá baila por la casa haciendo el egipcio y yo le sigo por las escaleras.

A mi papá le gustan los animales. Tiene peces y ranas y construye acuarios y terrarios. Muchas veces, se queda mirando tras el cristal, observando. Me gustaría saber qué piensa.

Mi papá me hace reír y me abre caminos. A veces me da la mano para recorrerlos. Otras, deja que explore solo.

Mi papá aún no ha aprendido a tender bien la ropa, pero está en ello.

A veces, mi papá se enfada conmigo. Muy pocas… Pero cuando ve que tiro la toalla, que no intento ir más allá, que me rindo, que no busco otras maneras de resolver algún problema, se entristece y no me habla.

Él quiere que yo sea grande, que haga grandes cosas.

Yo, quiero ser como mi papá.

Mujer 3

Tuve un amante que tenía otras muchas amantes. A todas nos decía lo mismo. A todas nos escribía las mismas cartas. Y todas, como idiotas, suspirábamos por nuestro amante, que nos mandaba alegatos a favor de la mujer, la revolución, la honestidad  y la libertad.

Y resultó que el Casanova poeta, estaba casado.

Mujer 2

Yo tuve un jefe que veneraba a su madre porque  limpiaba la escalera de la casa todas las madrugadas con lejía  y a mano, arrodillada.

Esa era la imagen que tenía él de la mujer perfecta, de rodillas y fregando.

Si tan bueno era, me pregunto por qué nunca tomó su lugar y dejó que ella descansara un poco.

La paloma

—Ahí  viene.

El vendedor de libros dio un codazo a su vecino, que miró hacia donde indicaba su compañero.

—Me pregunto qué comprará hoy.

Bajaba el viejo, como cada domingo, por Ribera de Curtidores. Era temprano. Él prefería esa hora primera en que los puestos  ya están montados pero hay poca gente.

—¿Quién sabe? Llevo viéndole bajar por esa calle desde que me acuerdo y aún no sé a qué se dedica ni por qué compra lo que compra. Igual tiene el síndrome de Diógenes.

Ambos sonrieron observando cómo el anciano deslizaba su vista por los puestos, a veces asintiendo, a veces rozando con los dedos alguna tela, a veces tomando un libro y acariciando su lomo.

Estuvo un rato deambulando, mirando allí y aquí sin que nada pareciera llamar su atención.

Se acercó a los dos hombres y les saludó. Luego se detuvo frente a un puesto donde una muchacha dibujaba. Había cuadros grandes y pequeños, hechos a carboncillo, al óleo…

Algunos eran realmente extraordinarios.

El anciano estuvo mirando las pinturas complacido, pero sin mostrar interés por ninguna en particular.

—Hoy se va de vacío.

—Eso parece.

La muchacha se levantó con un mohín de disgusto en su cara y dejó el dibujo que estaba haciendo sobre un montón de papeles desordenados. Era una paloma.

Ante la pregunta muda del anciano ella se encogió de hombros.

—No me sale. Hoy no me sale nada.

El anciano cogió el dibujo del montón y sonrió a la muchacha.

—Te lo compro.

—¿En serio?

—Completamente en serio. ¿Te parece bien que te dé quince euros por el dibujo?

—¿Le parece a Ud. bien que se lo regale? Ni siquiera está terminado.

—Yo creo que sí. —Miró atentamente a la paloma.—Parece que va a hacer algo.

—¿Algo como qué? ¿Poner un huevo? ¿Echar a volar? ¿Morirse?

—Algo, cualquier cosa. —El viejo sonrió a la chica— No hay nada mejor que un abanico de posibilidades.

El anciano puso en la mano de la chica los quince euros y se llevó el dibujo calle arriba, perdiéndose entre la gente que bajaba al Rastro. Empezaba a hacer calor.

 

 

Ensueño

Si por algún motivo ignoto la vida se me escapara, ¡cuánto sentiría que huyera tu aliento de mis labios!

Tu imagen me la devuelven los espejos y cada partícula del todo, del casi, hasta de la nada, se pinta con tus colores.

Sumergirme en un beso de tus labios rosados es perderme en tus remolinos. Floto, levito, me agito y me muero un poco, deseando que no termine.

Ningún soporte es más seguro que tu mano, ningún hogar más cálido que tu abrazo tierno.

No hay hoguera que se compare con tu fuego, que me dé tanta luz y que no queme.

Recorro con mis dedos tus mejillas,  tus párpados cerrados, y tu piel se desliza bajo mi palma temblorosa, que teme despertarte… que desea hacerlo.

Escuchas mi llamada silenciosa y sonríes. Sin llegar a verme me buscas, me atrapas , acortas las distancias y me besas.

Me siento amada, feliz, llena de luz.

Ojalá durara para siempre este ensueño…

Mis fantasmas

Anoche pillé a Finn hurgando en mi armario. Estaba más pálido que de costumbre, más flaco y decrépito. Su gabardina estaba raída y vieja y había partes de su ser que casi habían desaparecido. En cuanto me vio, se escabulló como una corriente de aire, por la rendija de la puerta.

En el pasillo, me tropecé con Oliver y tuve la sensación de que estaba muy desmejorado. Como Finn, flotaba más despacio, estaba desvaído y flojo y su ropa estaba toda arrugada.

No se movió al pasar yo a su través. Simplemente me miró con tristeza.

Entré en la cocina sin encender la luz. El motor de la nevera murmullaba y el sonido del goteo del grifo repicaba contra el fregadero regularmente. Había un tenue resplandor en la despensa. Cuando me acerqué, vi a John Silver rebuscando en los vacíos estantes, con evidente cara de fastidio. Su pata de palo ya no estaba y parte de su brazo derecho se había esfumado. No encontrando nada de su interés, salió volando como un ciclón, traspasándome.

Algo no iba bien. No sabía qué, pero algo no iba bien.

Fui al salón. La tele estaba encendida, para no variar. A pesar de tener la sensación de que debía hacer algo con respecto a mis fantasmas, me senté en el sofá y me sumergí en el delirio de luz y ruido que salía del aparato.

Al cabo de un rato, Don Aureliano se sentó junto a mí. Y Celia y Lázaro y Momo…Hasta un centenar ocuparon mi salón y lentamente, como si les costara un esfuerzo ímprobo, se dejaron caer sobre la alfombra. Todos parecían más pálidos y descoloridos. Algunos casi eran transparentes. Era como una epidemia espectral.

La tele llamó nuevamente mi atención girando mi cara hacia ella con su mano invisible y poderosa.

Por un momento, olvidé la extraña apariencia de todos aquellos espíritus, hasta que Don Aureliano se levantó moviendo la cabeza, hizo un gesto a los otros para que le siguieran y se marchó con ellos, dejándome sola.

Intrigada, me levanté y seguí a la peculiar comitiva hasta la biblioteca. Atravesaron la puerta como si tal cosa y se pusieron a hablar. Lo hacían en voz tan baja, que apenas podía escucharles.

Finalmente, entré. Allí estaba el cónclave de mis fantasmas al completo. Todos estaban como desdibujados. Y tristes.

Había polvo por doquier. No un poco, no. Había una gruesa capa cubriendo libros y muebles.

De pronto, John Silver saludó con la mano y se zambulló en La Isla del Tesoro. Momo me abrazó y también se fue. Y así uno tras otro, me dejaron. Don Aureliano, al que ya le faltaba un brazo, parte de su gabán y las botas, fue el último en abandonarme.

Me miró y movió la cabeza como decepcionado, antes de volver a su libro.

Yo me quedé un rato en la biblioteca, bastante desconcertada. Cogí “Cien Años de Soledad” y miré dentro. Era capaz de leer las letras, pero faltaba algo. Me faltaba algo. Con “Momo”, la “Isla del Tesoro” y todos los demás, pasó igual. Sentía una gran distancia entre mi alma y el contenido de aquellos libros que formaban parte de mi vida y que sin embargo, en aquel momento, me resultaban extraños. Era incapaz de pensar algo coherente, así que salí de la biblioteca, cerré la puerta con el firme propósito de limpiar al día siguiente y me fui al salón.

Intenté analizar lo que acababa de pasar, pero la tele captó sutilmente mi atención y me sumergí de nuevo en el vértigo de anuncios, concursos, partidos y noticieros, que fueron llenando por completo mi mente.

Cuando fui a coger el mando a distancia, me di cuenta de que mi mano, había desaparecido.

El dueño del zapato

Cuando voy conduciendo por la carretera que va a mi casa, me encuentro siempre un zapato abandonado sobre el asfalto y siempre, por un instante, me pregunto cómo habrá llegado allí; por qué su dueño no lo recoge. Pero la pregunta flota en mi mente sólo una fracción de segundo, justo lo que tardo en rebasarlo y seguir mi camino.

El viernes, saliendo de Madrid por la M-40 dirección Córdoba, encontré al dueño de ese zapato.

No me gusta conducir el viernes por la tarde, y menos si es saliendo de Madrid, pero no quedaba más remedio, así que me armé de paciencia y de buena música, y me dispuse a perder, como cada viernes, más de una hora en el eterno atasco del fin de semana.

No hubo caso. Increíble pero cierto. Los afortunados y asombrados conductores circulábamos a buena velocidad, incluso en los nudos donde generalmente uno cambia de color y de carácter en medio de un “arranca y para” constante.

Pasó algo raro…Un movimiento extraño de coches, algo que vuela, un frenazo…

Cuando uno se siente en peligro y ve que va a chocar  con el coche que está delante, focaliza instintivamente su atención en el paragolpes al que inevitablemente uno se acerca, siempre demasiado deprisa. Afortunadamente estaba a bastante distancia (mi profesor de autoescuela me enseñó muy bien) y me quedé a medio centímetro sin llegar a chocar. Temblando toda, miré alrededor a ver lo que pasaba. No se veía nada en absoluto. El coche que iba delante de mí se empezó a mover hacia el arcén. Pensé que había tenido una avería y que por eso había parado en seco. Me dispuse a arrancar mi coche, aún con el corazón en la boca, y seguir camino a mi casa…No pude.

La ausencia del otro vehículo dejó ante mí la visión de un hombre tirado en la carretera, absolutamente inmóvil que me dejó paralizada. Busqué el vehículo del que pudiera haber salido despedido…No lo encontré. Llamé al 112…Todos llamamos al 112.

Me bajé del coche sin ninguna seguridad de que me aguantaran las piernas. Una chica puso los triángulos. Yo dejé mi coche a modo de escudo, para que el cuerpo que yacía en la carretera, estuviese protegido de otros atropellos. Al otro lado del teléfono me decían que me acercara al hombre para ver si estaba vivo. No respiraba. Reconstruí mentalmente los segundos anteriores al frenazo “Movimiento extraño de coches, algo que vuela…” Se lo dije al hombre del 112. El golpe recibido por aquel pobre cuerpo le había levantado del suelo unos dos metros desplazándole dos carriles hasta dejarlo inerte allí donde ahora estaba. Las preguntas siguientes eran obvias. ¿Qué hacía aquel hombre en medio de la autopista? ¿Quién le había atropellado? Nos quedamos allí la chica de los triángulos, el muchacho con el que casi me choco y yo, esperando a que viniera la ambulancia, por si había que declarar o si se podía ayudar.

Paró un médico que iba a su casa, le tomó el pulso al hombre y dijo que ya no se podía hacer nada. Se fue.

El tráfico se había restablecido en los carriles de la derecha. En el otro arcén había otros dos coches parados. El conductor de uno de ellos era el que había atropellado al hombre y estaba sentado en la valla, aterrado y sin saber qué hacer.

Paró un tercero, una furgoneta de fruta, de la que se bajó un chaval muy joven que vino hacia donde estábamos nosotros…

Y nos contó la historia.

El hombre bajito y menudo que se encontraba inerte en el asfalto, iba y venía entre los coches en medio de la autopista, desafiando a la muerte y al destino como un torero borracho, usando de capote su chaqueta. El chico de la fruta pudo esquivarlo de milagro, poniendo su furgoneta en dos ruedas, quedando a un paso de volcar. Otros dos coches antes habían esquivado al suicida. Cuando su furgoneta volvió a ponerse en cuatro ruedas, siguió su camino, pero al ver que se paraba la circulación detrás de él, regresó, temiendo que al final, alguien no hubiera podido evitar el choque con aquel ser que se jugaba su vida y la de los demás, un viernes cualquiera.

Dos chicos del Samur pararon para atender a aquel cuerpo. Llegaron dos ambulancias y dos coches de la guardia civil. Durante casi una hora, más de diez personas intentaron reanimar aquel cuerpecito al que se le había ido la vida.

Ahora que todo estaba bajo el control de manos expertas, nos agradecieron la poca ayuda que habíamos podido prestar, le devolvieron a la chica sus triángulos y nos dejaron ir.

Después de algo así, a uno le cuesta coger el coche. Todo el que viene o va parece enemigo. Los sentidos están extraordinariamente alerta, expectantes ante cualquier cosa rara que pueda caer del cielo o aparecer de improviso.

Llegué muy tarde a casa, pero llegué.

Recordando los sucesos de esa tarde, a aquel hombre diminuto que había dejado su último aliento sobre la carretera sin que nadie pudiera hacer nada por él, pensé que quizá alguien aún le estuviera esperando para cenar.

Lo último que vi de él fue su pie descalzo asomando bajo esa especie de papel dorado que ahora utilizan para tapar a los accidentados. Le faltaba un zapato.

Confesión

Cuando me comunicaron su muerte, me entró un ataque de risa. Juro solemnemente que no era mi intención, pero ocurrió exactamente así: Primero fue un relámpago de entendimiento. Después, un leve temblor interior; un estertor entre las costillas; un rumor sordo ascendiendo desde las tripas y estallando en la garganta y ¡zas! La risa se me escapó y no la atrapé hasta que, tres días después, las contracturas de todo mi cuerpo y la deshidratación por tanta lágrima hilarante, consiguieron bajar la intensidad de las carcajadas, dejándolas reducidas a una enorme y elocuente sonrisa.

“¡Qué mala persona!” Pensarán ustedes. Yo también lo pensaba, no se crean. Me daba cargo de conciencia sentirme tan bien… Es sabido que cuando alguien muere, de pronto se ve a ese alguien de otra manera, imbuido de un halo de santidad , y aun siendo el mismísimo Lucifer, todo son frases de alabanza.

Yo soy muy así. Siempre tiendo a disculpar y en este caso, por incongruente que parezca, no hubiera sido distinto si su muerte no me hubiera pillado tan por sorpresa después de años de desearla. Sí, si. Desearla.

Ya sé que contraviene toda moral y toda enseñanza cristiana. (Lo de no desear el mal al prójimo y todo eso) pero es que hay veces que aunque una intenta ser buena gente, el contrario se empecina en joderla a una.

Así que el tipo se murió. Después de años de acoso, abducción, extorsión y todos los “on” habidos y por haber; después de miles de llamadas, mensajes, cartas, amenazas, chantajes, anónimos y persecuciones; después de incontables días sintiendo la losa de su presencia sobre el alma y la vida, deseando liberarme sin poder… Después de tanta lucha sin cuartel para escaparme de su obsesión… Después de todo eso, va el tipo y se muere sin más.

Confieso que esperaba algo más acorde con el castigo divino. Un rayo o algo así que le fulminase ipso facto, pero no. El cabrón se murió durmiendo.