Audiocuento 35. Jack y La Muerte

Hoy os traigo un cuento especial. Es una adaptación de “Jack y la Muerte”, un cuento tradicional inglés.Tiene como protagonista a Jack, un niño que, no queriendo perder a su madre enferma, tendió una trampa a La Muerte y la metió en una botella. Ese día, su madre se puso buena, pero empezaron a suceder cosas muy, muy extrañas.

Espero que os guste.

Os dejo en enlace al audio justo AQUÍ.

Jack y la muerte

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Capítulo 10. Poli bueno, poli malo.

Mal. Fatal. Descartado. Definitivamente no funciona.

Incluso si es una táctica persuasiva, hacer que uno de los papás se quede con el papel de ogro y el otro con las mieles, puede llegar a ser catastrófico, no solo para nuestros niños, sino para nosotros como pareja.

Amenazarles con que va a venir papá como si fuera el coco o decirles esa frase tan típica “se lo voy a decir a papá (o a mamá)”, creará en ellos un sentimiento encontrado de amor y miedo. Y es una faena para el que carga con el papel de malo de la película. El temor no es bueno. Es respeto lo que hay que inspirar en nuestros hijos. Respeto, confianza y amor.

Los padres, ambos, debemos ser un tándem blindado y sin fisuras. Una decisión que se tome, respecto a cualquier cosa que afecte a los hijos, debe ser consensuada entre los padres y una vez tomada, mantenida.

Los niños no deben sentir que hay una parte más débil en el binomio papá-mamá, a la que convencer con llantos o pucheros. Y aún menos que hay una parte amenazadora que castiga y reprende.

Su educación es cosa de los padres, de los dos y no vale escaquearse, acomodarse en la parte divertida y consentidora mientras el otro carga con el papel de malo.

Hace no demasiados años, proponer semejante modelo de familia, de pareja, se hubiese considerado una herejía. Era el padre el que tomaba las decisiones y la madre acataba y ejecutaba las órdenes del patriarca. Los hijos obedecían. Afortunadamente, cada vez son más las familias que se fundamentan en la igualdad entre los padres y las madres y en la necesidad de trabajar en equipo para bien de todos. Es a esas parejas que se quieren y se respetan a quienes va dirigido este capítulo. Sé por experiencia que hay casos excepcionales en los que hay que tomar medidas excepcionales. Casos de parejas con un desequilibrio brutal, con problemas de relación, de violencia, de dominio, de alcoholismo, de drogas… de miedo. Para estos casos, lo que escribo no tiene manera de aplicarse. Hay que tirar por la calle de en medio. Hay que huir. Huir para salvarse uno y a los hijos.

Pero pongamos que hablamos de una pareja “normal”, si es que eso existe.

Es posible que uno de los progenitores esté más tiempo con los pequeños, por cuestión de horarios y de trabajo, pero la “política” educativa, económica y organizativa del hogar, independientemente de quién esté cuánto tiempo con ellos, ha de ser pensada de forma conjunta, coherente y sobre todo, unánime.

Y si, por desgracia, los papás se han separado, aunque parezca un imposible, es aún más necesaria esta unión de pareceres, para hacer que  los niños se sientan seguros en medio del desastre que es una separación.

Es muy triste dejar de hacer algo por nuestros hijos, solo porque “le toca” al otro estar con ellos. ¿Qué es eso de “le toca al otro”? Nuestros hijos, son nuestros, de los dos. En absoluto son un paquete que va de una casa a otra y su equilibrio, su felicidad y su salud, dependerán directamente de cómo seamos capaces de gestionar los padres nuestra relación, aunque hayamos decidido no vivir juntos.

Que nuestros hijos se conviertan en el campo de batalla de nuestras guerras de pareja, es inhumano. Hacer que seres diminutos que se están formando, tengan que tomar partido o decidir “a quién quiere más”, es horrible. Que tengan que escuchar de labios de uno de sus progenitores cosas feas y malas del otro, es un misil contra su estabilidad emocional.

Les hacemos falta los dos. Les concebimos para darles lo mejor de nosotros, para hacerles crecer felices, para darles todo nuestro amor. Si la relación de pareja se deteriora, no deberían pagarlo los niños.

Es su interés el que debe primar sobre cualquier otro.

A veces, pensamos que nuestros hijos no se enteran de nada, que ni oyen ni comprenden lo que nosotros estamos diciendo y caemos en el tremendo error de discutir delante de ellos e incluso gritarnos acaloradamente sin pensar que hay ojos y oídos pendientes de nosotros y pequeños corazones que se rompen en pedacitos cuando sus papás, lo más importante de sus vidas, se pelean.

La disparidad de opiniones es lógica y saludable. Hablando, exponiendo (no imponiendo) cada punto de vista, se suele llegar a un convenio sobre cualquier cosa. Dialogar, conseguir no enrocarse en una postura, transigir a veces, es la mejor manera de enseñar a nuestros hijos a tratar a los demás. Difícilmente podremos exigir a nuestros hijos que no se peleen si no les damos el ejemplo adecuado.

Si tenemos que discutir, que sea en un aparte, sin violencia, sin acritud, intentando poner como punto de mira el bienestar de nuestros hijos y la armonía de nuestra familia.

Audiocuento: Laura y el Lagarto

Hola, hola, hola.

Hoy os dejo un audio cuento muy especial. Es una historia que nos habla de una amistad imposible y también  de pequeñas niñas que aprenden grandes lecciones. Esta es una historia real de una niña real y de un lagarto real. Lo sé porque yo estaba allí. La pequeña Laura, es mi hija.

Os dejo el enlace justo AQUÍ

¡¡¡¡Feliz super puente!!!! Besos

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Capítulo 36. Una habitación propia.

Pocas lecturas han inspirado tanto mi vida como “Una habitación propia”, de Virginia Woolf. Hace muchísimos años que la leí. Antes incluso de tener conciencia para entender plenamente su significado.

Pero todo se posa, todo crece, todo florece. Y las experiencias, duras, emocionantes, traumáticas, hermosas de la vida, son el abono que hace que esas semillas incandescentes prendan y germinen.

En el título va la conclusión. Para crear, para escribir una novela (el libro surgió de la preparación de una conferencia sobre “Mujeres y Novela”), para estudiar, es preciso, según ella, tener dinero y una habitación donde encerrarte y convertirte en dueña de tus pensamientos. Yo doy fe de ello. Solo cuando he sido dueña de mi vida, he conseguido crear. Dueña de mi vida en mi propia mente. Independiente, capaz de amar sin someterme, capaz de elegir. Y aunque tengo una pequeña habitación de adolescente, con los estantes llenos de libros, lápices, pinturas y papel y el ordenador siempre encendido, es mi habitación. Una habitación propia.

Virginia Woolf va más allá. Insta a las mujeres a la preparación, a la cultura, a elevar el espíritu por encima de esa labor intrínsecamente femenina (y en contadas ocasiones masculina) para la que se supone que estamos preparadas y a la que impepinablemente nacemos destinadas: Cuidar. Somos cuidadoras. Cuidamos de todo cuanto nos rodea. Padres, hijos, hermanos, jefes, amigos, plantas, casa… Todo pasa por nuestras manos. Ropa, cocina, plancha, deberes, colegios… Y aunque es una labor hermosa, necesaria y encomiable, somos más. Somos mucho más que eso. Somos alma, somos cuerpo, somos mente. Sí… somos más.

En los tiempos que corren, aún hemos de reivindicar nuestro derecho a pensar libremente, a actuar libremente, a decidir. Y todavía aquí, en el primer mundo, a pesar de que aún hay diferencias, discriminación y violencia de género, hemos de dar las gracias. Hay muchos, demasiados lugares donde la mujer es menos que una vaca o que un camello. Donde el hombre tiene derecho a pegarla, venderla, cederla y matarla si quiere. No pasa nada. Es suya.

¿Y sabeis por qué? Porque la cultura les es negada. Porque no pueden preparar su espíritu para que vuele. Porque no están completas. Otros deciden por ellas qué hacer y cuándo hacerlo y así viven. Así mueren. Víctimas del miedo masculino a ceder su parcela de poder.

Y qué pasa con nosotras, con  nuestras hijas, con nuestras nietas. ¿Acaso estamos mejor? Deberíamos estar mejor. Muchos hombres y mujeres han luchado y han muerto por defender unos derechos que aquí, en el primer mundo, parece que disfrutamos. A Olimpya de Gouges, le cortaron la cabeza porque tuvo la “osadía” de exigir a sus propios compañeros revolucionarios, la misma Libertad, Igualdad y Fraternidad para las mujeres, que ellos, los hombres, habían obtenido tras la Revolución Francesa, gracias en gran parte a la ayuda femenina. No deja de ser paradójico.

Así que, queridos papás novatos, en nuestras manos está guiar nuestros arbolitos con amor.(Capítulo 4. Guiar el arbolito), formar a nuestros hijos e hijas e inculcarles lo más importante que se puede inculcar a un ser humano, que es “RESPETO”. Darles la misma educación, las mismas herramientas, las mismas armas, independientemente de su sexo, para que puedan desarrollar su espíritu, su mente y su cuerpo en armonía y en libertad. Educar en todos los órdenes de la vida para que nuestros hijos e hijas, los seres humanos del futuro, sean dueños de su propia historia.

No es un trabajo fácil. Ser padre/madre aunque hermoso, nunca es sencillo. 🙂