Audio 33. las enseñanzas del Señor de la Lluvia

Hola, hola, hola.

Hoy os traigo una vieja leyenda africana sobre un elefante egosita y soberbio que reta al Señor de la Lluvia hasta enfadarle. No es buena cosa retar a quien tiene más fuerza y poder que uno. 🙂

Espero que os guste.

Os dejo el enlace al audio justo AQUÍ. 

Las enseñanzas del Señor de la LLuvia

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Un paraguas en el desierto

¿Para qué sirve un paraguas? Seguro que pensáis que es una pregunta muy tonta. Es obvio que un paraguas, sirve para parar el agua.

¡Oh! Disculpadme por favor. No me he presentado. Soy Mr. Umbrella. Un elegante paraguas inglés.

Pues eso. Como os decía, un paraguas, sirve para parar el agua de la lluvia. Aunque a veces, no solo sirve para eso.

Hace años, yo vivía en la preciosísima ciudad de Londres. Y siempre llovía. Todo el mundo llevaba paraguas; paraguas de todos los colores y era un espectáculo espectacular cuando nos abríamos al mismo tiempo en plena calle al caer las primeras gotas de agua.

Un día, ¡Zas! Me encerraron durante horas y horas en una maleta que se movía para aquí y para allá ¡Pumba y dale y zaca!

Ni os imagináis el mareo y el dolor de varillas que tenía cuando me sacaron de allí.

¿Y a que no sabéis dónde me llevaron? Al desierto. ¡¡¡¡Al desierto!!!! ¿Por qué alguien se lleva un paraguas al desierto?

Supongo que esa misma pregunta se hicieron mis dueños porque me dejaron en la maleta días y días y días. ¡Qué aburrimiento!

Y no solo estaba aburrido. Estaba enfadado. Enfadadísimo. Porque yo soy un paraguas. Un elegante paraguas inglés. ¿Qué sentido tenía mi existencia si allí no llovía nunca?

Un día, alguien abrió la maleta y me sacó de allí.

¡Qué emoción! Seguro que estaba lloviendo a mares. Quizás algún chaparrón tropical…

Pero no. No llovía. Y sin embargo, estaba fuera de la maleta y aquellas manos femeninas me estaban abriendo.

Sonó ese clic que precede a la libertad. Mis varillas se estiraron, la tela se tensó y me abrí del todo.

Pero no llovía. No llovía nada. Hacía un sol tan terrible que deslumbraba. Y ni una sola gota de agua me tocó.

¡Qué vergüenza! Yo soy un elegante paraguas inglés y me usaban de sombrilla.

No quería mirar alrededor. Seguro que aquella persona estaba haciendo el ridículo más espantoso abriendo un paraguas bajo el sol ardiente. Abrí un ojo y de pronto me pareció que estaba en Londres porque la calle estaba cubierta de un mar multicolor de paraguas tan desconcertados como yo.

Y de esta manera tan particular, amplié mi curriculum. Además de un paraguas, era un parasol. Un elegante parasol inglés.

Estafa climática.

Lo anunciaron a bombo y platillo en todos los medios. ¡¡¡¡Previsión de nevada esta noche!!! ¡¡¡No salga sin cadenas!!! Sí…. Era la noticia de la semana. Y miles de toneladas de sal se esparcieron por aceras y autovías y se alertaron todos los servicios de emergencia, Samur, protección civil…

Todos con las caras pegadas a los cristales este domingo, esperamos la gran nevada, el paisaje blanco, la posibilidad de faltar al cole o al trabajo el lunes y dormir un poco más, calentitos.

El cielo estaba de nevar, gris y rosado. Las nubes gordas… Buenos presagios sin duda. Y por fin, cuando cayeron los primeros copos, la emoción nos embargaba.

-¡¡¡¡Chicos, venid!!!! Está nevando.-No llegaron a verlo. Sólo cayeron tres copos. ¡¡¡¡TRES!!!

Lo mismo pasó con el temporal de lluvia y con el de viento y con la tormenta de arena….

Toda una estafa climática.

Hay rumores que afirman que en el instituto Meteorológico, los carísimos equipos capaces de predecir hasta la levedad de la brisa, a causa de los recortes han sido sustituidos por kits escolares marca “nisu” y que en lugar de antenas parabólicas han puesto antenas hiperbólicas, que salían más baratas.

¡Vaya usted a saber!

10. Papelitos

Él escribe en papelitos amarillos, derramándose en letras y palabras.

Ella los recibe, los besa, se vierte en otros que le envía a él en botellas peregrinas.

Ella en una orilla del océano, él en la opuesta, oteando horizontes,

Él ya no resiste.  Tanto y tanto escribe, tanto teme perderla en la distancia, que su alma se disuelve por completo en los papelitos, en miles de ellos, gritando besos y amores que el viento arrastra a través del firmamento, cruzando el mar, hasta la playa donde ella aguarda.

Se vierte sobre ella. Parece haber llegado el otoño.

Ella siente caer las hojas, muy suavemente, miles, amarillas, sobre la arena.

Son hojas cuadradas y chiquitas.

Recoge la primera: “Te amo.” recoge la segunda: “Te deseo.” recoge la tercera: “Te necesito”… Brinca por la playa rescatando los mensajes, persiguiéndolos…

Besos, abrazos, susurros, caricias… Todo el amor en cuadraditos.

El viento los arrastra. Ella corre tras ellos, intentando que no se pierda ninguno.

Y de pronto, cuando ya los ha atrapado todos, un remolino de aire se los arranca de las manos y los agita y los sube hasta las estrellas y los vuelve a bajar, girando, girando, hasta que los deposita de nuevo en la arena, uno sobre otro, formando una figura…

Ella mira asustada, quieta… El remolino casi ha dejado de girar. Los últimos papelitos se posan del todo y entonces, él recupera su alma, su amor y su vida, guardados en aquellos papelitos amarillos tan hermosos, arrastrados por el viento y recupera su cuerpo amante y la abraza a ella, ¡a ella! que aun tiembla.