Audiocuento 39 ¿Para qué sirve un paraguas?

Hola, hola hola.

Hoy os traigo un audio súper cortito. Apenas 3 minutos. Pero os puedo asegurar que en ese tiempo tan corto, uno puede aprender muchas, muchas cosas. Si queréis dejar volar un pelín vuestra imaginación, os dejo el enlace al audio justo AQUÍ.

A los que me seguís ¿Os acordáis del dibujo? Cuando lo colgué era sólo un bocetillo. Parece que voy terminando cosas 🙂

Para qué sirve un paraguas

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¿Para qué sirve un paraguas?

 

En el porche había un cubo

y en el cubo, dos paraguas.

Negro, muy negro era el uno

y el otro lleno de rayas.

El negro estaba enfadado

porque, como no llovía,

llevaba meses guardado

en el cubo y se aburría.

“¿Y un paraguas de qué vale

si siempre está soleado?

Cuando la familia sale

aquí nos deja olvidados.”

“Mi querido compañero…”

—Dijo el de rayas vistosas—

Paramos el aguacero

y hacemos otras mil cosas.

—“No se me ocurre ninguna”

—Piense, piense por favor.

—¿De parasol? —¡Esa es una!

—¿Bastón quizás?—¡Sí señor!

—¡Y vela de barco pirata!

—¡Y espada de caballero!

—Y cesta en las cabalgatas

para coger caramelos.

—Si nos ponen boca abajo,

en vez de parar el agua

damos la vuelta al trabajo

y vamos al pozo a sacara.

—Puede usted servir de cuna;

de peonza bailarina,

de lápiz sobre las dunas.

¡Puede ser cuanto imagina…!

El paraguas negro, negro

se quedó maravillado:

—No sabe cuánto me alegro

de que hayamos conversado.

—¡Qué hallazgo más portentoso!

¡Qué emoción maravillosa!

¡Estoy contento y dichoso

pudiendo ser tantas cosas!

Y así siguieron charlando

sin pausa los dos paraguas.

El que era negro, muy negro,

y el otro, lleno de rayas.

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Para qué sirve un paraguas boceto

El despertar IV

Está lloviendo.

Se plantea subir a por un paraguas. ¡Ni hablar! ¡Cualquiera sube con el mal fario que parece que le ronda!

Decide correr hasta el quiosco.

En el paso de peatones, una amable señora le ofrece la protección de su floreado paraguas. ¡Algo bueno! Le sonríe.

En la espera, un coche a toda velocidad, deja su estela en un charco y salpica de lodo y agua al joven y a sus vecinos.

¡Es la gota que colma el vaso!

El joven no cree lo que le pasa.

Está calado hasta los huesos, sucio, dormido… ¡Cabreado! ¡Cabreado!

Mira al cielo encapotado y húmedo para empezar a insultar a los santos por orden alfabético y entonces…LA VE…

Al otro lado, en la otra acera, una mujer increíble, con formas sugerentes, ojos fascinantes, labios besables, tiernos y caminar de junco, flota entre la gente como un ser celestial. Es sencillamente un ángel.

Medio sonríe. Seguro que ha tenido un despertar mejor que el del joven.

El semáforo sigue en rojo, impidiéndole, obstinado, acercarse a semejante maravilla.

Decide cruzar sin esperar el cambio a verde, y con la vista puesta en el ondulante caminar de la musa, sus pies comienzan a recorrer el embarrado asfalto.

Frenazos…Insultos de los conductores enfurecidos…Hipnosis total.

No ve nada, no oye nada más que el taconeo de las botas de ella contra el mojado pavimento.

El morro de un coche le golpea.

El conductor se baja y se dirige a él con evidentes instintos criminales.

¡Qué malas son las mañanas de lluvia para el tráfico!

Él se disculpa y se zafa del mortal abrazo en pos de la mujer de sus sueños que está a punto de doblar la esquina. ¡NO LO HAGAS!

Solo lo ha pensado, pero corre, corre hacia ella esquivando coches y viandantes.

No quiere perder el contacto visual con ella…No puede.

Ella se acerca irremediablemente a la esquina, con su impresionante silueta recortándose con descaro contra el edificio de enfrente.

Él jadea y corre sin dejar de mirarla.

Ella gira…Pero antes de hacerlo, le mira coqueta por encima del hombro levantando apenas el paraguas, le guiña un ojo, le sonríe…Desaparece.

Un paraguas en el desierto

¿Para qué sirve un paraguas? Seguro que pensáis que es una pregunta muy tonta. Es obvio que un paraguas, sirve para parar el agua.

¡Oh! Disculpadme por favor. No me he presentado. Soy Mr. Umbrella. Un elegante paraguas inglés.

Pues eso. Como os decía, un paraguas, sirve para parar el agua de la lluvia. Aunque a veces, no solo sirve para eso.

Hace años, yo vivía en la preciosísima ciudad de Londres. Y siempre llovía. Todo el mundo llevaba paraguas; paraguas de todos los colores y era un espectáculo espectacular cuando nos abríamos al mismo tiempo en plena calle al caer las primeras gotas de agua.

Un día, ¡Zas! Me encerraron durante horas y horas en una maleta que se movía para aquí y para allá ¡Pumba y dale y zaca!

Ni os imagináis el mareo y el dolor de varillas que tenía cuando me sacaron de allí.

¿Y a que no sabéis dónde me llevaron? Al desierto. ¡¡¡¡Al desierto!!!! ¿Por qué alguien se lleva un paraguas al desierto?

Supongo que esa misma pregunta se hicieron mis dueños porque me dejaron en la maleta días y días y días. ¡Qué aburrimiento!

Y no solo estaba aburrido. Estaba enfadado. Enfadadísimo. Porque yo soy un paraguas. Un elegante paraguas inglés. ¿Qué sentido tenía mi existencia si allí no llovía nunca?

Un día, alguien abrió la maleta y me sacó de allí.

¡Qué emoción! Seguro que estaba lloviendo a mares. Quizás algún chaparrón tropical…

Pero no. No llovía. Y sin embargo, estaba fuera de la maleta y aquellas manos femeninas me estaban abriendo.

Sonó ese clic que precede a la libertad. Mis varillas se estiraron, la tela se tensó y me abrí del todo.

Pero no llovía. No llovía nada. Hacía un sol tan terrible que deslumbraba. Y ni una sola gota de agua me tocó.

¡Qué vergüenza! Yo soy un elegante paraguas inglés y me usaban de sombrilla.

No quería mirar alrededor. Seguro que aquella persona estaba haciendo el ridículo más espantoso abriendo un paraguas bajo el sol ardiente. Abrí un ojo y de pronto me pareció que estaba en Londres porque la calle estaba cubierta de un mar multicolor de paraguas tan desconcertados como yo.

Y de esta manera tan particular, amplié mi curriculum. Además de un paraguas, era un parasol. Un elegante parasol inglés.